
¿Es posible pensar que a partir de una encuesta, o varias de ellas, se puede definir qué le conviene o no al ciudadano, o si a través de ellas se puede definir quién o quiénes son los candidatos más idóneos para acudir a una contienda electoral democrática?
Esa es una pregunta que está en el ambiente desde diversos flancos, cuando se anuncia que son estas herramientas técnicas de opinión pública las que podrían determinar los nombres de los candidatos a la Presidencia del Estado en las elecciones previstas para el próximo mes de agosto.
Es posible imaginar que el electorado, del campo y las ciudades, admitirán los resultados de las encuestas como verdades irrefutables y que, colocados en el altar de las deidades sobrehumanas, deben ser acatadas de manera inapelable en el momento de emitir el voto. Pareciera, para decir lo mínimo, profundamente aterrador y antidemocrático.
Desde la oposición conservadora se está pretendiendo acudir a este mecanismo con la finalidad de establecer quién sería el mejor candidato de la derecha, supuestamente para poner fin al proceso de transformación histórica que vive Bolivia desde 2006 y marcar el retorno, antihistórico, a la vieja República, colonial y dependiente.
La lectura opositora pasa por la constatación de su debilidad para encarar las justas electorales, de manera individual, aun cuando sus programas (si es que lo tienen), sus propuestas y sus intereses particulares difieran enormemente entre ellos y su personalismo e inocultable espíritu caudillista no pueda ser relegado sin una justificación válida y otro propósito que no sea el vencer al proceso revolucionario boliviano.
Poco a poco, incluso antes de las encuestas, pero mucho más con las primeras de ellas, generadas desde algunos medios de corporación mediática, los precandidatos, autoproclamados, van buscando acomodo detrás de aquellos precandidatos favorecidos por los primeros sondeos de opinión. Es así que ya se han dado alianzas sui géneris, incluso entre quienes semanas antes se combatían y se acusaban de ser útiles al Gobierno y al Movimiento Al Socialismo (MAS). Marincovic, Cuéllar, Soliz, Del Granado, Borth y otros más, han empezado a arriar sus banderas para tomar en su lugar los estandartes de los más fuertes o de los que más recursos cuentan para llevar adelante la campaña. Obviamente estos retiros estratégicos de la campaña se negocian con promesas de incluirlos entre los candidatos a senadores y diputados, dentro de la franja de seguridad, desde luego. Nada es gratis en política, ¿verdad?
¿Qué es una encuesta?
Las encuestas son herramientas complementarias para analizar el clima político y social, pero no pueden reemplazar los mecanismos de consulta democrática. La participación ciudadana a través del voto y otros procesos electorales siguen siendo la base de la legitimidad democrática.
Dícese que las encuestas son una fotografía, una instantánea, en un determinado momento, acerca de la opinión de la ciudadanía o de un grupo en particular sobre un determinado tema, pero que no es posible a partir de ellas generar afirmaciones acerca de lo consultado en la misma encuesta por diferentes razones.
En materia electoral, particularmente en el último cuarto de siglo, se ha pretendido consagrar a las encuestas como la representación casi absoluta de la voluntad ciudadana, expresada no a través del voto, sino de una subrepticia consulta a una pequeña muestra que pretende obtener el certificado de generalización a partir de determinados intereses.
La experiencia en América Latina
En América Latina, diversos actores políticos, asesores de campaña y periodistas han expresado preocupaciones sobre el impacto negativo de las encuestas en los procesos electorales.
El escritor y analista político Eduardo Ascarrunz señaló que las encuestadoras pueden engañar a los candidatos, influyendo en sus estrategias y percepciones sobre el electorado. Mencionó casos en los que las encuestas fueron utilizadas para manipular resultados y favorecer a ciertos candidatos.
Los consultores políticos Roberto Izurieta y Jaime Durán Barba han criticado la práctica de algunos políticos latinoamericanos de desacreditar las encuestas cuando los resultados no les favorecen. Señalan que, aunque muchos dirigentes desconfían de las encuestas, en realidad dependen de ellas para comprender el panorama electoral. Además, advierten sobre el uso de encuestas como herramientas de propaganda en lugar de instrumentos técnicos para medir la opinión pública.
El politólogo paraguayo Marcos Pérez Talia ha alertado sobre la desinformación generada por lo que denomina la “democracia de encuestas”. Argumenta que la publicación de encuestas sesgadas puede afectar la movilización del electorado, influir en la financiación de la oposición y distorsionar la percepción pública sobre la competencia electoral. Pérez Talia destaca que, en varias elecciones paraguayas, las encuestas han mostrado consistentemente un sesgo a favor del Partido Colorado, lo que podría desmotivar la participación de votantes opositores.
Durante la campaña electoral ecuatoriana de 2025 se observó una “guerra de desinformación” en la que las encuestas jugaron un papel significativo, desarrollada principalmente por el candidato de la derecha Daniel Noboa. Se utilizaron estrategias para consolidar votos indecisos y manipular la percepción pública, lo que propició un ambiente de incertidumbre y desconfianza en el proceso electoral, con la infaltable ayuda de los medios de comunicación.
La politóloga Jimena Costa ha apuntado que las encuestas de intención de voto, tanto las técnicamente confiables como las manipuladas, suelen ser protagonistas en las campañas electorales bolivianas. Advirtió que algunos partidos políticos fabrican encuestas con el propósito de influir en la decisión de los votantes, utilizándolas como instrumentos de propaganda más que como herramientas informativas. Costa enfatizó la importancia de que los ciudadanos evalúen la calidad y la fuente de las encuestas presentadas durante las campañas.
En Costa Rica, durante las elecciones generales de 2022, el candidato Eduardo Cruickshank denunció ante el Tribunal Supremo de Elecciones a la encuestadora OPol Consultores por utilizar una papeleta falsa con los candidatos reacomodados de manera diferente a la oficial. Estas acciones produjeron cuestionamientos sobre la credibilidad y la ética de algunas encuestadoras en el país.
En Argentina, durante las elecciones presidenciales de 2019, las encuestas no lograron predecir con precisión los resultados de las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO). El especialista Daniel Schteingart atribuyó este fracaso a la manipulación política por parte de ciertas empresas encuestadoras y a deficiencias técnicas como el uso de llamadas telefónicas automatizadas que no representaban adecuadamente a la población votante.
Estas opiniones reflejan una preocupación común en América Latina sobre el uso indebido de las encuestas en los procesos electorales, señalando la necesidad de mayor transparencia y regulación en su elaboración y difusión.
Esta herramienta puede también producir movilización del electorado y efecto psicológico, generar el fenómeno del “voto útil”, donde los votantes optan por el candidato con más posibilidades de ganar para evitar que su voto se diluya en opciones con pocas chances. Pero también pueden provocar el efecto “bandwagon” (cuando los votantes apoyan al candidato que lidera las encuestas) o el efecto “underdog” (cuando un candidato rezagado causa simpatía por estar en desventaja).
Tiene igual su influencia en la atracción de financiamiento y alianzas. Los candidatos mejor posicionados en las encuestas pueden recibir más apoyo de empresarios, sindicatos o grupos de interés. También pueden negociar alianzas estratégicas con otros actores políticos.
Desde luego que hay repercusiones en la corporación mediática, ya que los medios de comunicación suelen dar mayor espacio a los candidatos con mejores cifras, amplificando su presencia pública y reproduciendo narrativas de “ganadores y perdedores”, influyendo en la percepción del electorado.
Riesgos y limitaciones de las encuestas
Entre otros riesgos se pueden identificar la manipulación de datos, ya que con mucha frecuencia algunas encuestas suelen estar sesgadas o diseñadas para favorecer a ciertos candidatos. Traen consigo un alto margen de error y volatilidad y no siempre reflejan el resultado final en tanto que el voto puede cambiar en pocos días, y mucho más en las etapas finales de las campañas, y se genera una dependencia excesiva de algunos candidatos que se aferran más a enfocarse en las encuestas en lugar de trabajar en propuestas reales.
Son enormes estos riesgos y generalmente son utilizados de manera discrecional por quienes pueden pagarlas, es decir, por aquellos que cuentan con el financiamiento, no siempre claro, suficiente para gastar o invertir, como quieran considerarlo en estas consultas de opinión.
Una oposición desorientada buscando justificación
La única opción que tiene la derecha para poder disputar en condiciones favorables las elecciones de agosto es llevar un candidato único. Aun cuando ni siquiera esta estrategia puede garantizarles absolutamente nada, parecen (tal vez sea solo apariencia) aferrarse a ella como tabla de salvación, curándose en salud, para luego justificar cualquier revés electoral, totalmente previsible, con la sola presencia de otro candidato fuera de su pacto de unidad.
La lluvia de encuestas, desde las promovidas por Marcelo Claure, o las de la corporación mediática hasta la anunciada por los unitarios opositores, apuntan únicamente a manipular la opinión ciudadana tratando de mostrar, de manera por demás mentirosa, que la población ya no apoya al proceso revolucionario y que cualquiera que fuese el candidato de la izquierda siempre será rechazado por el electorado.
La encuesta hecha pública esta semana, promovida por el empresariado mediático cruceño, los dejó mal parados. Aunque seguramente sintieron satisfacción al mostrar como el gran perdedor al presidente Arce, quien ni siquiera es candidato. Si hubiesen tenido la honestidad de mostrar todos los resultados de esta encuesta, por ejemplo la primera pregunta, aquella que de forma abierta consultaba por quién votaría usted si las elecciones fueran hoy, sin mencionarles los candidatos, el fiasco hubiese sido mayor, por eso prefirieron ocultarla.
Lo cierto es que las encuestas son herramientas que se las debe entender a partir de quién las manda hacer (quién las paga), quiénes la realizan, la calidad de la muestra, en cuanto al número de encuestados y los lugares donde se lleva a cabo y otros detalles técnicos. Pero siempre estarán diseñadas para favorecer a unos y perjudicar a otros. Ese no es ningún secreto.
Los unitarios de derecha, aun antes de llegar a su encuesta, ya sostienen una guerra interna que no vaticina nada bueno. Más allá de sus declaraciones altisonantes de respetar los resultados de su anunciada encuesta, todo parece indicar que antes o después de ella patearán el tablero. Es que está claro que los intereses que están detrás de cada uno de sus candidatos son más fuertes que su voluntad unitaria y no les van a permitir resignar ni un milímetro de poder, por ejemplo, en la composición del Legislativo, porque con seguridad están conscientes de que más allá no llegarán.
Lo que está claro es que la única encuesta que cuenta es la que los bolivianos responderán con su voto el 17 de agosto, en las urnas, como lo han hecho en 2020, bajando a los golpistas al lugar que les correspondía, y como ha sucedido durante los últimos 20 años. El pueblo, más allá de los candidatos, votará a favor de la consolidación del proceso revolucionario, acechado por la derecha lacaya y fascista. (Por Diego Portal).


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