junio 9, 2026

Luces y sombras de dos siglos de libertad

Tras ser víctima de un “cuartelazo” al ingreso del cuartel de San Francisco, en abril de 1828, cuando aún ejercía la presidencia de la joven República, justo al lado de donde todavía se ubica la campana que llamó a arrebato el 25 de mayo, 19 años antes, y adelantar su retorno hacia tierras del norte, el Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, el verdadero fundador de Bolivia, dejó un mensaje que aún retumba en la mente de los bolivianos: “aún pediré otro premio a la nación, el de no destruir la obra de mi creación, el de conservar por sobre todos los peligros la independencia de Bolivia”.

El joven Mariscal, tras vencer a los realistas en la batalla de Ayacucho, en 1824, ingresó triunfante al Alto Perú, y fue quien convocó a los representantes de las cinco provincias para reunirse en lo que vendría a ser la Asamblea Constituyente fundacional que hace 200 años, un 6 de agosto de 1825, suscribieran en la Casa de la Libertad el Acta de la Independencia de Bolivia.

Queda todavía la duda si fue por instrucciones de Simón Bolívar, por influencia de Casimiro Olañeta y sus amigos, criollos realistas de cepa pero venidos a patriotas ante la derrota española, o por decisión propia que José Antonio de Sucre, dar paso a la creación de una nueva República bajo en nombre del Libertador, echando por la borda en parte el sueño bolivariano de la Gran Colombia.

Lo cierto es que tras 15 años de una encarnizada lucha de los criollos y mestizos por romper el yugo colonial español y constituir un gobierno propio, la nueva República quedó en manos de un pequeño grupo de criollos ajenos a la lucha independentista, peo casi como una señal existencial marcaron el rumbo de los siguientes 180 años de su Historia. Desde ese mismo momento, los principales actores de esa lucha liberadora, los guerrilleros de las distintas regiones, Juana Azurduy, Padilla, Eustaquio El Moto Méndez, los hermanos Lanza, Warnes, José Manuel Mercado Cañoto y otros que desde mucho antes habían enarbolado las banderas anticoloniales, como Calatayud, Tomás Katari, Julián Apaza y Bartolina Sisa, habían sido ignorados y puestos en el olvido en ese episodio fundacional.

Los caudillos bárbaros

Tras la partida del Mariscal de Ayacucho el país se vio envuelto en una constante pelea intestina por el poder. La nación había nacido sin recursos, la minería estaba en crisis y no se vislumbraba otra alternativa para alimentar la burocracia estatal que reponer el impuesto indigenal, que fue una de las primeras medidas instruida por Bolívar, pero que no pudo mantenerse en el tiempo. Los jefes militares se consideraban todos elegidos para presidir el país y pretendieron, por turno, cuartelazo tras cuartelazo, entrar a Palacio de Gobierno, cual si fuera su feudo para hacer y deshacer lo que mejor les pareciere.

En este mismo período el país fue víctima de agresiones de sus vecinos ávidos de expandir sus territorios. Perú, a la cabeza de Gamarra, invadió la zona occidental; Argentina trató de tomar el sur y Brasil penetró hasta la Chiquitanía. Un país sin recursos y con un débil Ejército apenas pudo hacer frente a estas situaciones; sin embargo, logró salir adelante. Los nombres de José Ballivián y de Andrés de Santa Cruz destacan en esta inicial etapa de la vida republicana, particularmente a partir del intento de constituir la Confederación Perú-Boliviana.

El siglo XIX estaría marcado por la Guerra del Pacífico, que es así como se denomina a la invasión chilena a los puertos bolivianos, el posterior conflicto entre ese país y la alianza Perú-Boliviana, que concluyó en el marco del Acuerdo de Paz y Amistad de 1904, por el cual Bolivia perdió su presencia sobre las costas del Pacífico.

Una de las causas a las que se atribuye esa derrota militar se refiere a las acciones poderosas de los mineros de la plata que mantenían relaciones e intereses importantes con la oligarquía chilena y que en determinado momento ocasionó que el Ejército boliviano se viera desojado de urgentes y necesarios recursos económicos.

El fin del siglo marcaría no solo la declinación de esa oligarquía de la plata, sino el advenimiento de otra, la del estaño, cuyo centro de poder debía ubicarse necesariamente al norte del país. El liberalismo con José Manuel Pando encabezó la denominada Revolución Federal, con el apoyo de sectores indígenas del Altiplano paceño, a la cabeza de Zarate Willca, posteriormente traicionados, tras lograr el traslado de la sede de gobierno (no la capital) desde la ciudad de Sucre a la ciudad de La Paz.

Dos décadas de liberalismo iniciaron el siglo XX, pretendiendo un nuevo país que ingrese a la modernidad, que supere el desastre heredado del siglo anterior. La minería del estaño arrancó con un proyecto distinto, constituyendo una oligarquía nueva que, al igual que la de la plata, no tenía una mentalidad de patria, pensaba y miraba al extranjero, principalmente a Europa y Norteamérica, política, económica y culturalmente.

La generación del Chaco

El conflicto bélico del sureste boliviano, originado por los intereses imperialistas detrás de los recursos naturales petroleros de aquella zona, ha marcado un quiebre histórico en la historia. Una Bolivia nueva salió de las arenas del Chaco tras los tres años de enfrentamientos entre bolivianos y paraguayos. Después de más de un siglo de existencia de Bolivia, por primera vez, se habían encontrado detrás de las trincheras bolivianos de distintos lugares y lenguas, de distinta condición social, de diferente color de piel; todos nacidos en esta tierra, pero que casi todos desconocidos entre sí.

A esa generación de jóvenes, miles de los cuales dejaron sus cuerpos en esas ardientes arenas sin saber exactamente por qué estaban peleando allá, con un Ejército pobre sustentando solamente por el valor y el coraje de sus soldados, les tocó la inmensa responsabilidad de encarar una nueva Bolivia.

Y así sucedió. Desde aquellas lejanas tierras, hasta entonces desconocidas y abandonadas por la Bolivia oficial, surgió la nueva nacionalidad, decidida a cambiar para siempre la historia de la patria.

La conciencia social traducida en partidos políticos y movimientos sociales se transformó en propuestas fundamentales para cambiar el rumbo de la Historia. La Revolución de abril de 1952 fue el momento cúspide de esta avalancha social. La nacionalización de las minas, la reforma agraria, el voto universal, entre otras medidas, fueron la manifestación, la materialización de aquella conciencia y, desde luego, que marcó el nuevo rumbo de la patria, con el reconocimiento de millones de bolivianos que durante más de un siglo habían permanecido invisibilizados, ocultos, explotados, cuya naturaleza incluso fue puesta en entredicho por las clases dominantes que habían administrado y controlado el país desde la fundación.

La noche negra de las dictaduras

Los poderes antinacionales, desde dentro y desde fuera, los intereses imperiales, se dieron a la tarea de deslegitimar, primero, y derrocar, luego, la Revolución Nacional, para de inmediato proceder a desvirtuar los avances logrados por dicho proceso. Fueron los militares quienes se prestaron a llevar adelante este proceso de desmantelamiento de los logros de la Revolución.

En noviembre de 1964 Bolivia vivió “un funeral de cuarta para una revolución de rodillas”. A ese extremo había llegado la contrarrevolución, iniciando en este momento, con pequeños intervalos, una larga, penosa y sangrienta noche de dictaduras que ocasionó luto y dolor a miles de familias.

Barrientos, Ovando, Banzer, Pereda, Natush, García Meza, son los nombres de quienes se llenaron las manos de sangre boliviana, solo para servir y defender los intereses del Imperio, de las transnacionales y de las oligarquías criollas.

El retorno de la democracia

La movilización del pueblo, el despertar nuevamente de la conciencia nacional, a partir de la huelga de hambre de las mujeres mineras, se arrancó de la dictadura, se recuperó para el pueblo el derecho de gobernarse, el de elegir a sus gobernantes y de definir los destinos de la patria.

Con todo, el breve y débil gobierno progresista de la Unidad Democrática y Popular (UDP), encabezado por Hernán Siles Suazo y Jaime Paz Zamora, no pudo ante la embestida fascista y por la vía electoral, supuestamente democrática, la derecha retomó el gobierno y el poder. Impuso su modelo neoliberal, con todo lo que significó para los sectores sociales más desprotegidos.

Durante dos décadas se remató el país, se entregaron los recursos naturales a las grandes corporaciones, se liquidó el Estado, se regalaron las empresas públicas, se condonó deudas a los grandes deudores pseudoempresarios, en fin, se hizo todo lo que estaba previsto siguiendo la receta neoliberal, con total sometimiento del Estado a intereses transnacionales.

El proceso de cambio

Tuvieron que pasar 180 años desde aquel 6 de agosto de 1825 para que, finalmente, el pueblo boliviano determinara asumir las riendas del país por su propia cuenta y bajo su propia responsabilidad y con un proyecto histórico propio, un Estado Plurinacional, anticolonial e inclusivo, con todas y todos las bolivianas y bolivianos.

Por primera vez en la Historia el poncho, la ojota y la pollera se sintieron bolivianos. Tras la Asamblea Constituyente, con verdadera representación, no solo se aprobó una nueva Constitución Política del Estado, sino que se inició la construcción de un nuevo Estado.

El proceso de transformación histórica, social y cultural ha sido objeto de los más duros ataques de parte del fascismo, del Imperio y de todos los sectores que fueron desplazados del uso y abuso del poder al que estaban acostumbrados. Sin embargo, ha quedado claro que este proceso no es propiedad de un partido, ni de unos cuantos dirigentes, sino de todo el pueblo.

Futuro incierto

De manera coincidente, 200 años después, la patria se encuentra en una encrucijada. Ya decían antes que los bolivianos podíamos llegar hasta el borde del precipicio, pero que jamás nos embarrancamos. Eso fue evidente en muchos momentos de nuestra bicentenaria vida; pero todas las fuerzas antinacionales, enemigas de la patria, parecen haber unido fuerzas no solo para poner fin al proceso de transformación histórica que vivimos desde 2006, no solo eso, sino para retroceder la Historia, retornando al Estado republicano, colonial, discriminador y racista.

El fantasma del fascismo y la antipatria está rondando por el territorio, con un enorme financiamiento extranjero, con un impresionante aparato mediático, tanto comercial y tradicional, en redes sociales, con el objetivo no solo de destruir la patria, sino de apropiarse de sus recursos naturales, particularmente del litio y del oro.

Nuestra Historia ha transitado por períodos muy oscuros, como también ha tenido la oportunidad de atravesar momentos luminosos, como los que se han vivido en los últimos 20 años y han sido esas luces y sombras las que han construido la patria que hoy tenemos: un Estado propio, inclusivo y plurinacional, que ha costado sangre, luto, sacrificios y lágrimas a los bolivianos, principalmente a los sectores más empobrecidos y marginados, aquellos que siempre han luchado y que suelen ser los que realmente sienten a la patria como suya dentro de ellos.

El mejor homenaje que puede esperar la patria en este bicentenario debe ser el compromiso y la voluntad de no permitir que nunca más se pierda lo avanzado, lo construido, y bajo ningún motivo se retroceda a ese pasado ominoso al que hoy nos quieren llevar quienes se sienten los salvadores de la patria.


  • Diego Portal

     

     

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