
La Paz (ABI).- Clara, una adolescente del campo que ayuda a su madre adoptiva en su trabajo de partera, está sentada en un columpio de Totorani, en el valle cochabambino. Despacio desliza su cuerpo adelante y atrás, es como si jugara con su presente y pasado hasta que comienza a cantar en quechua, su voz rompe el silencio y la monotonía del día.
Frente a ella hay una vagoneta de un grupo de música chicha, el coche está pintado con colores luminosos, abre la puerta del coche una joven cantante cholita, sonriente invita a Clara a acercarse. De pronto la película “La hija cóndor” parece que va a presentar la transformación de Clara, de oruga a mariposa.
La noche del martes 5 de mayo fue la premier del filme nacional que salta a la pantalla grande esta semana. La película ya fue vista y ovacionada en 40 festivales internacionales y reúne una veintena de premios fuera del país.
Clara, interpretada por Marisol Vallejos Montaño, es la joven sobre la cual gira la historia escrita y dirigida por el cineasta nacional Álvaro Olmos. Ella busca sus sueños entre la ciudad y el campo, así comparte en la ficción un pedazo de su realidad. El centro de la trama está en María Magdalena Sanizo, quien da vida a Ana Lindaura, la mujer cuya misión es traer niños al mundo. La mujer de rostro arrugado conoce del oficio porque vio a su abuela hincarse y ayudar a las embarazadas de su pueblo. Es, como muchas madres, un personaje tierno, pero que no tiene dificultades para mostrar su cariño.
“La hija cóndor” cuenta con actores naturales, aquellos que no estudiaron actuación, pero muestran su vida en el cine y por eso son tan reales ante la cámara, que le dan el realismo a la historia. Esta es una cualidad de la escuela nacional cinematográfica que data de las inolvidables obras de Jorge Sanjinés, como “La nación clandestina” o “El coraje del pueblo”.
Totorani también cumple su rol en el cine. Montañas con cielos limpios, casas de adobe, cementerios abandonados, habitantes con el rostro ajado y la vida monótona que los atormenta y los acurruca al mismo tiempo. Otro tesoro es la fotografía porque ofrece una película repleta de postales. Ahora, monotonía no es sinónimo de aburrimiento; eso sí es parte de la dualidad que hay en la vida misma porque lo que pasa en el campo no es sinónimo de bondad y lo que pasa en la ciudad no es igual a maldad.
Es que el campo está repleto de costumbres y las costumbres no son siempre buenas… ahí tenemos a la anciana que aconseja a una joven: La mujer siempre va a sufrir… la mujer tiene que respetar y acostumbrarse. Y por eso hay mujeres con sueños frustrados a quienes la vida se les parte.
La música es protagonista principal de la historia. Desde el proceso de parto, pasando por el grito de la partera y las tonadas quechuas hasta las canciones chichas del valle cochabambino. Todos los sonidos mezclados casi en las dos horas del filme son un manjar que se disfruta con los oídos… y es una gentileza de Cergio Prudencio quien, junto con Marcelo Guerrero, obtuvo la Biznaga de Plata a la Mejor Música. Esto entre los muchos reconocimientos del filme.
“La hija cóndor” ya está en Bolivia y su vuelo intenta conquistar al público nacional. Quiere confrontarnos desde el machismo silencioso, pasando por el cariño familiar hasta el amor a la tierra y los sueños que no se cumplen.


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