En 1979, asentada en una amplia y poderosa movilización política y social, se produce una Revolución Islámica en Irán que derrota al Sah Mohammad Reza Pahlevi, que a principios de la segunda década del siglo XX había tomado la conducción de ese país con el decidido apoyo de los Estados Unidos y que en tres décadas violó sistemáticamente los derechos humanos.
Al celebrarse el 12 de febrero el 34 aniversario de esa revolución islamista y profundamente antimperialista, el gobierno del presidente Ahmadineyad y la mayor parte de los iraníes pidieron “Muerte a los Estados Unidos” en un contexto de agresión militar mercenaria contra el régimen de Siria y de amenaza de extender la desestabilización hasta Irán. Obviamente, con los Estados Unidos como financiadores y promotores de la desestabilización.
Las millones de personas que se concentraron en la Plaza Azadí de Teherán reflejaron el gran respaldo del que goza el gobierno revolucionario de ese país a pesar de las duras sanciones impuestas por las Naciones Unidas —a pedido del Consejo de Seguridad—, los Estados Unidos y Europa por la acusación, hasta ahora no probada, de que Irán está desarrollando experimentos nucleares con fines militares.
Las sanciones imperiales, que provocan momentos de desabastecimiento de alimentos, no han logrado, sin embargo, quebrar la resistencia de los iraníes, quienes más bien han desmoralizado en más de una vez a los militares estadounidenses al tomar el control de los aviones no tripulados (drones), hacerlos aterrizar en su territorio y luego, sobre la base de un grupo de jóvenes altamente capacitados, poner ese tipo de tecnología en la defensa de la revolución.
Tal como sucede con el bloqueo contra Cuba, la agresión estadounidense contra Irán desconoce tratados internacionales que prohíben usar el hambre como instrumento de guerra y atentar contra los derechos de la población civil, particularmente de mujeres, niños y ancianos. Pero también como ocurre en la Mayor de las Antillas, las medidas abiertas y encubiertas de desestabilización lanzadas contra la revolución islámica han fracasado.
Estados Unidos tiene intereses políticos, geopolíticos y económicos muy profundos en su empeño de derrocar la revolución iraní. Por un lado, instalar un gobierno más dócil a los mandatos de la Casa Blanca como se registró durante casi tres décadas con el régimen del Sha, disminuir la influencia creciente de Irán, China y Rusia en esa parte del mundo, liquidar el mal ejemplo que representa esa revolución en países de la región y volverse a apoderar de los recursos naturales, principalmente petroleros, para provecho de las transnacionales.
En los últimos años el malestar de Estados Unidos ha crecido por las visitas del presidente Ahmadineyad a varios países de América Latina, donde el gobierno iraní ha logrado concretar varios negocios y acuerdos de cooperación.

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