La crisis financiera internacional experimentada, con mayor rigor, por la economía norteamericana y otras economías industrializadas ha logrado cuestionar seriamente a las políticas diseñadas y ejecutadas en los periodos previos. Políticas que se identifican con una visión liberal dogmática denominada neoliberalismo, enfoque que sobredimensiona el funcionamiento automático de los mercados y las responsabilidades que deben desempeñar los organismos reguladores para el mejor desempeño de ese automatismo. ¿Se podrá entender algún día semejante paradoja?; ¿regular lo que es automático?
Algunos economistas del pensamiento de economía burguesa, premios Nobel como Stiglitz y Krugman, han expresado críticas al manejo de las agendas macroeconómicas con las que se manejaron las economías en las últimas décadas. Los modelos y teorías que se impulsaron y se premiaron, fueron incapaces de pronosticar las crisis y cuando esta llegó no tenían soluciones para resolverla. Tanto que la salida que se pretende viabilizar en las economías como la norteamericana, va por la vía de salvar a los ineficientes y corruptos sistemas financieros. Factura que luego pretenderán pasar a las economías dependientes. Las críticas de las distintas fuentes al manejo de la política económica apuntan a un serio cuestionamiento a la teoría económica en su versión macroeconómica o de la bautizada como síntesis neokeynesiana y la expresión de sus indicadores.
La duras críticas al estado actual del conocimiento y utilización de la macroeconomía y las agendas de trabajo que están dominadas por ella, en países dependientes como el nuestro, puede explicarse en una suerte de triunfalismo que prevalece cuando se visualizan los principales indicadores que en los trasfondos de la realidad suelen ser muy engañosos. Ese es el caso del pib-percápita (producto interno bruto por persona) resultado de dividir el producto total entre el número de pobladores, si este indicador marca una tendencia creciente y por ello creer que estamos mejorando el nivel de vida de todos los bolivianos es un engaño, cuando en los hechos no se han modificado las estructuras de la distribución de la riqueza y que un PIB creciente más bien está logrando una mayor concentración en pocos sectores de la población y por lo tanto un crecimiento en las brechas de la desigualdad.
Los indicadores macroeconómicos son eso, macros, agregados que esconden las realidades concretas, la micro-realidad de la mayoría popular, de las economías de los excluidos, de los marginados, de la economía comunitaria y social, de los pequeños y micro productores. Sirven para encandilar las ilusiones de aquellos que no pueden salir de la herencia instrumental de las ortodoxias del pensamiento económico anglosajón (de los gringos).
La mayoría de los críticos de la investigación en macroeconomía han coincidido en observar la excesiva construcción de modelos abstractos con una cantidad de supuestos irreales, estos productos ayudan poco a resolver y anticipar situaciones de crisis económica en general. Estos modelos irreales solo sirven de alimento balanceado para las reacciones triunfalistas de las aquellas burocracias “maximizadoras” que no pueden salir de sus encasillamientos teóricos donde fueron “académicamente” formadas.
Los tiempos actuales se muestran propicios y necesarios para cuestionar esos modelos y en general la teoría económica de origen anglosajón. Tarea pendiente para el pensamiento crítico y agudo existente en las sociedades que más han sufrido los embates de salvaje capitalismo y de su encandilamiento teórico. Dicho trabajo debe permitir a un cuestionamiento de los cimientos básicos de la “ciencia económica”, como la supuesta existencia del agente optimizador y la indiscutible e irrevisable eficacia de los mercados como herramientas máximas para asignar recursos y precios.
Dado que en nuestros aparatos ministeriales pertinentes no se dan tiempo ni lugar a cuestionar los indicadores macroeconómicos y menos las teorías que las sustentan. Menos se darán espacios de debate y construcción de nuevas visiones integrales en las que esté inserta una economía para la vida, tampoco se retomaran los intentos fallidos de la construcción de indicadores para el Vivir Bién. Lo mínimo que se deberían exigir a estos equipos conformados por economistas de formación y convicción neoclásica es el diseño y cumplimiento de una agenda económica que contemple los aspectos siguientes:
- Encontrar las causas de la tendencia creciente de la economía boliviana en los últimos años.
- Entender el grado de dependencia que está causando esta manera de vínculo a la economía regional y mundial.
- Realizar una prognosis del comportamiento de sus indicadores favoritos y realizar simulaciones en caso de que la crisis de la economía real se produjera en el mediano plazo.
- Simulaciones para la utilización de las reservas internacionales “históricamente y realmente existentes” en sectores productivos creadores de empleo.
Habiendo realizado dichos ejercicios, los mismos deben ser cotejados con los objetivos del Plan Nacional de Desarrollo, donde se plantea el cambio de las estructuras y la transformación de la Matriz Productiva. Habrá que recordar que el PND presentado el 2006 proyecta un crecimiento para el PIB del 7,6%; tasa de desempleo del 4%.
En la misma lógica del paradigma de la macroeconomía es necesario recordar que el crecimiento del PIB es real sólo cuando se logra afectar a los siguientes indicadores: a) Pleno empleo; b) Una moneda estable; c) Equilibrio en la balanza de pagos.
Para una mejor comprensión de la relación anterior explicamos brevemente en qué consiste la misma: En primer lugar, el “pleno empleo” significa que mínimamente el 97% de la población económicamente activa tiene un puesto de trabajo relativamente estable, tal que le permita satisfacer sus necesidades principales para vivir; según la lógica de la economía neoclásica el restante 3% corresponde a desempleos temporales, gente que busca mejores ocupaciones o está cambiando de empleo. Sin embargo, en nuestra sociedad la realidad de la ocupación se desenvuelve en un constante deterioro.
En segundo lugar, una moneda estable se da cuando el nivel de inflación no sobrepasa del 2 o 3% anual. Esta condición es una discusión permanente y el asunto se ha flexibilizado lo suficiente como para dudar de muchas afirmaciones que hicieron los neoliberales cuando diseñaban metas de baja inflación y los resultados eran mucho más elevados.
El tercer aspecto, la balanza de pagos equilibrada es un aspecto más técnico y complejo, no nos extenderemos en su desarrollo por el espacio limitado.
En suma, en la misma lógica del pensamiento neoclásico de nuestra burocracia estatal, el PIB podrá crecer o recuperarse de una caída anterior, en un lapso no mayor a cinco o seis años, sin conectarse con objetivos de mediano y largo plazo, que se refieran sobre todo al pleno empleo, se enfrentará con serios problemas de crisis económica. La magia financiera y los optimismos engañosos sirven de muy poco si no se hace un esfuerzo por volcar estos resultados a objetivos de desarrollo integral.
Abril / junio de 2008
*Docente investigador titular del IIE_UMSA, economista subversivo


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