octubre 27, 2020

La “crisis Libia” y los movimientos del imperio

El ritmo de los hechos es mucho más rápido respecto del tiempo que se tiene para procesar y escribir. La “crisis libia” es una prueba de ello. Pero una cosa es segura: lo que está ocurriendo en el Medio Oriente no es todo lo que nos informan las grandes trasnacionales de la información, cuyo papel las convierte, una vez más, en actores políticos e incluso militares de otro de los desplazamientos militares más importantes que Estados Unidos desarrolla, a través de la OTAN, en la “era Obama”.

La determinación del Consejo de Seguridad de la ONU de crear una “zona de exclusión aérea” contra Libia implica en los hechos una declaratoria camuflada de invasión y es, desde una mirada más amplia, la demostración de que la dominación imperial puede estar en crisis pero que su derrumbe no es ni será un acto de deseo. ¿Qué se ha producido? Varios hechos: capacidad de reacción ante situaciones adversas (no pudieron evitar la salida de los presidentes de Túnez y Egipto, pero ahora no solo que no están dispuestos a perder más, sino también decididos a recuperar la estabilidad de esos dos países y de toda la región), inmediato desplazamiento de las fuerzas de la OTAN sin condena internacional, salvo el retroceso parcial que en algún momento tuvieron Alemania, Rusia y China, lo cual detuvo varios días la medida buscada por EE.UU. en términos operativos y, finalmente, la habilidad de mostrar a la Liga Árabe como al motor de las acciones contra Gadafi.

Una pequeña aclaración: cuando se dice el desplazamiento militar a través de la OTAN, que además le marca el paso a la ONU, haciendo eco del viejo sueño estadounidense, se hace referencia a una noción de lo militar más amplia y directamente relacionada con estrategias, tácticas, planes operativos y unidad de mando.

¿Qué se puede anotar como balance preliminar de lo que pasa en esa parte del mundo?

Primero, que Estados Unidos -el gran actor tras bambalinas- busca aprovechar la “crisis libia” para poner en práctica el nuevo concepto estratégico de seguridad que ha sido formulado por la OTAN y que, hablando en términos sencillos, es tener la capacidad de intervenir simultáneamente en varias partes del mundo (léase bien, en cualquier parte del mundo).

El alcance de este concepto ha sido subrayado reiteradas veces por el líder histórico de la revolución cubana, Fidel Castro, quien -a diferencia de una falta de mirada global de muchos intelectuales de izquierda-, no se ha perdido en la naturaleza del gobierno de Gadafi (al que con inteligencia y elementos contundentes no le asigna el carácter revolucionario con el que nació a fines de los 60), sino que no le ha perdido ni pista ni huella al movimiento imperial y sus afanes políticos y militaristas. El gran estratega, que supo labrar con su pueblo la primera independencia real ante el imperialismo nunca visto en la historia de la humanidad, ha insistido en que las acciones de Estados Unidos contra Libia, en realidad son acciones contra los pueblos árabes.

Segundo, que Estados Unidos aprovecha la “crisis libia” para realizar una serie de movimientos táctico-estratégicos con el objetivo de alcanzar tres objetivos casi simultáneos: empezar a meterse más activamente en el África, retomar y consolidar posiciones en el Medio Oriente y mantener su hegemonía en Europa.

La ubicación geográfica de Libia le permite ese ambicioso plan, ya que no es entonces ninguna casualidad los tres papeles que EE.UU. y Europa le dieron a Libia al iniciar el siglo XXI: ser una “muralla” de contención de los movimientos emigratorios hacia los países europeos, sobre todo de los procedentes de los países más pobres de África; segundo, “cortar” cualquier irradiación anti-estadounidense y anti-israelita de los movimientos islámicos que existen en Medio Oriente y, tercero, ser parte activa del bloqueo a la causa palestina. A todo eso se prestó Gadafi en los últimos años, además de los negocios que hizo con transnacionales y jefes de gobierno que ahora lo quieren fuera.

El pronunciamiento de la Unión Africana contra la “zona de exclusión aérea” que se pretende imponer a Libia y el anuncio de la visita de una delegación para abrir un espacio de diálogo, representa un duro revés a los planes imperiales, pero al mismo tiempo una constatación -desde la mirada imperial- de la necesidad de controlar la complejidad africana. La posición de los países africanos hace homenaje a las raíces del Movimiento de los No Alienados, del que han sido sus principales actores en el pasado

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A la inversa, el respaldo de la Liga Árabe para poner en marcha la zona de exclusión es una demostración que EEUU y Europa pretenden retomar el control de las posiciones puestas en peligro por las salidas de Ben Ali en Túnez y Mubarak en Egipto, así como de no tolerar el desplazamiento de ningún monarca árabe más. Tanto por razones de acceso a recursos naturales (petróleo fundamentalmente) como de índole geopolítico, el Medio Oriente es parte del “primer anillo” que Estados Unidos no puede perder.

Y sobre mantener su hegemonía en Europa, como otro de los objetivos de la jugada político-militar, nada más partir del reconocimiento de que la actual crisis del capitalismo ha aumentado el riesgo de fisuras inter-centro o dentro de la “tríada” (EE.UU., Europa y Japón) como caracteriza al actual sistema mundial de dominación el intelectual egipcio Samir Amin.

Lo que ha sucedido en los últimos días, cuando Alemania y Rusia no allanaron rápidamente el camino a la estrategia estadounidense operada por Inglaterra y Francia, es una prueba contundente de las contradicciones en el capitalismo central. Los alemanes no lo quieren a Gadafi, pero al mismo tiempo buscan evitar una mayor avance de EE.UU. en Europa pues alejaría la idea de una “Europa no Americana”.

Tercero, que la ola expansiva de rebeldía iniciada en Túnez, expresada luego en Egipto y que hoy se ha generalizado en el mundo árabe contra la naturaleza corrupta y antidemocrática los gobiernos monárquicos de Medio Oriente no es homogénea. Así como es posible identificar corrientes progresistas y de izquierda en la lucha del pueblo tunecino y egipcio, no solo que se carece de información sobre la naturaleza de las fuerzas sociales y políticas en movimiento en Libia y otros países de la región, sino que en algunos casos existen elementos suficientes para no ser muy optimistas.

En el caso de Libia la situación es preocupante. El reconocimiento de EEUU, Francia e Inglaterra al Consejo Nacional de Transición libio, la reunión de la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, con los líderes rebeldes en París y el anuncio de la “ayuda humanitaria” (armas, dinero y medicamentos) a los alzados contra Gadafi levantan miles de dudas sobre los intereses de clase que tiene la dirección rebelde. Ahí no puede respirarse nada de progresista o de izquierda, salvo que a título de izquierda se le tienda la cama a la intervención militar estadounidense como ha ocurrido en América Latina, en la década de los 80, cuando una invasión liderada por EEUU dio fin al gobierno progresista de Maurice Bischop en Granada.

Cuarto, que el abandono de principios y posiciones no constituyen la suficiente garantía para que Estados Unidos deje de aprovechar, llegado el momento y sobre determinadas condiciones, la oportunidad para cobrarse deudas pasadas. Este también el caso de Libia, al que Reagan colocó en la lista de países terroristas. Si hay algo que Gadafi debe estar procesando es la inutilidad que le he dado, en el corto plazo, sus altos niveles de coordinación con Washington y la OTAN desde principios de siglo.

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