octubre 28, 2020

Orletti y el vuelo del Cóndor

Floresta, barrio de Buenos Aires, una esquina inocua, junto a la línea del tren. Si no estás advertido, pasas de largo. Salvo por una placa y grafitis de denuncia, nada diferencia la casa de dos pisos de las residencias de la cuadra. Salvo que allí en 1976 escondió el terror, camuflado de garaje de automotores. Centro de captura del Plan Cóndor, un conciliábulo represivo de las dictaduras militares, la boliviana entre ellas, cobijó dentro sus muros tormento y muerte para decenas de integrantes de las organizaciones político-militares integrantes de la Junta de Coordinación Revolucionaria (JCR).

Subo, a principios de año, las angostas escaleras de madera que conducen de la explanada de cemento de la cochera al segundo piso. Aquí los torturaban, dice mi guía. Paredes plomas, aire pesado, gritos contenidos; condensación de la infamia.Los colgaban de ganchos, los sumergían en toneles de agua, aplicaban picana y violaban a las mujeres. Como fondo se oigo risas infantiles del colegio contiguo. Estaba allí en 1976. La inocencia colindante con el horror, a solo una pared de ladrillo de por medio. Pienso en las condenadas y condenadas, quizá aferrados a este único y último halito sonoro de vida; deseando que su día de encierro pudiese, al estallar los cerrojos, volver a la normalidad salpicada de blancos guardapolvos sobre calles empedradas.

El dictador Hugo Banzer y su ministro del Interior Juan Pereda operaban la sucursal local del Cóndor. El infame 1976 enviaron como presente a sus pares a cuatro argentinos, capturados por órganos bolivianos de seguridad: Luis Stamponi; Efraín Fernando Villa Isolda, Oscar Hugo González de la Vega y Graciela Artés, integrantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores-Bolivia (PRT-B). Todos desaparecieron, quizá arrojados a aguas del turbulento mar. Artés fue conducida hasta la Quiaca, —sede del intercambio de prisioneros— con su hija Carla de nueve meses. El represor Eduardo Ruffo se la apropió. Luego de una dramática búsqueda, su abuela Sacha, Matilde Artes, la recuperó de su secuestrador en 1985. Fue la primera victoria de las Abuelas de Plaza de Mayo.

Este 31 de abril, Ruffo fue condenado a 25 años de cárcel por la justicia argentina. Dos operadores de Orletti recibieron condenas de 20 y 25 años y perpetua el ex general Eduardo Cabanillas, responsable del campo de exterminio. “Justicia y no venganza”, tronó la multitud al conocer el fallo. Una lección para el mundo. Nosotros en cambio dejamos morir a Banzer con olor a democracia.

*     Gustavo Rodríguez Ostria es historiador. Sus opiniones son personales.

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