octubre 25, 2020

Scientia sexualis o ciencia de la sexualidad

A partir del siglo XIX, la scientia sexualis (ciencia sexual), aumenta los controles sociales en torno de las distintas especies de perversión (homosexualidad), al producir un conjunto de discursos médico-psiquiátricos en torno de estas perversiones. Estos discursos constituyen verdaderos bloques de poder-saber, cuya legitimidad estaba dada por el discurso científico.

Desde este punto de vista, el sexo va a designar un segmento denso de intersecciones de relaciones de poder instrumentables y manipulables por las más diversas estrategias; de ahí que, no exista una política sexual única y uniforme para toda la sociedad, emanada desde un centro de poder. En este sentido, Foucault logra identificar, en el siglo XVIII, cuatro conjunciones estratégicas, con sus respectivos dispositivos de saber-poder: la histerización del cuerpo de la mujer, la pedagogización del cuerpo del niño, la socialización de las conductas reproductivas y la psiquiatrización del placer perverso.

La madre biológico-moral, inserta entre el espacio familiar y social, y la contraparte de ésta, la mujer como objeto patológico del orden médico, sería la doble figura de esa histerización del cuerpo femenino, saturado enteramente de sexualidad, analizado y descalificado como tal. Esta paradoja de un sexo natural pero contranatura, normal y anormal a la vez, se vuelve a encontrar en la pedagogización del niño onanista, cuyas inclinaciones sexuales a la vez naturales y perniciosas lo tornan en un híbrido, peligroso y en peligro. La socialización de la pareja procreadora, por otra parte, es triple: económica (frenos o incentivos a la fecundidad), política (responsabilidad biológico-moral y social) y médica (control de nacimientos). A su vez, las perversiones son psiquiatrizadas al aislarse el sexo como instinto biológico y psíquico, autónomo, susceptible de anomalías capaces de alterar la conducta, y a las cuales se las corrige con tecnologías y procedimientos normalizadores.

A partir de estos dispositivos, que consolidan la presencia del adulto perverso, de la mujer histérica, del niño masturbador y de la pareja malthusiana, la sexualidad se produce en la historia. No a partir de una realidad sexual profunda y salvaje, sino como producto histórico de una red superficial de poder-saber-placer que estimula los cuerpos, intensifica los placeres, incita al discurso sobre el sexo, promueve controles y resistencias y da lugar a una scientia sexualis, siguiendo encadenamiento al servicio de grandes estrategias: el dispositivo de sexualidad, liga el cuerpo en su función-útil productiva-reproductiva a la economía capitalista. El dispositivo de sexualidad, se origina y tiene su base en la alianza matrimonial y en la familia heterosexual, como soporte de las relaciones marido-mujer y padres-hijos.

Sin liberarse de la pecaminosidad, el sexo deja de ser un asunto eclesiástico para transformarse en objeto médico, pedagógico, económico y estatal. La razón de Estado involucra a toda la sociedad, en esta nueva pastoral del sexo, que procede según líneas de normalización, aislando un instinto sexual y una medicina específica de éste del resto del aparato médico. El sexo se vuelve autónomo del cuerpo, y las patologías que lo acechan o lo trastornan funcionan como elementos de una moral biológica respecto de la especie. Esta eventualidad patológica del sexo, capaz de comprometer la biología del organismo humano tanto por transmisión o herencia de enfermedades, estaría en conexión directa con la medicalización de las perversiones y los programas de eugenesia como las dos grandes tecnologías del sexo, en la segunda mitad del siglo XIX, las cuales se fundamentan por igual en esa serieperversión-herencia-degeneración que atenazan al sexo. Todo ello, junto con las prácticas de control social (médicas, psiquiátricas, pedagógicas, jurídicas) que insume, alcanzaría su perfección en el racismo de Estado, tan vigente aún, en nuestros días.

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