octubre 27, 2020

Peripecias de autor de libros

Publiqué un voluminoso texto sobre Tamara Bunke y la guerrilla del Che. Los editores decidieron enviarme una decena de ejemplares. Allí comenzó mi desgracia. El courier no cumplió con el contrato e hizo lo que quiso; es decir hizo todo mal. Los libros fueron presos al insondable depósito de la aduana de Cochabamba. Para tramitar su rescate, tras un viaje de ocho kilómetros hasta sus oficinas, debí llenar formulario e inscribirme como importador ocasional. Aunque los funcionarios se portaron eficientes, el peregrinaje recién comenzaba. Debía pagar un impuesto del 30% del valor presunto de los libros; es decir casi 100 dólares. El trámite no podía hacerlo yo mismo. Se imponía contratar a una agencia aduanera, como castigo por no retirarlos a tiempo. Un absurdo, pero así nomás era. Los de la agencia me advirtieron que además de impuestos y sus honorarios tenía que cancelar el almacenaje cuyo valor aumentaba día por día. La cifra se hizo exorbitante. Calculé que era más barato ir a la Feria Internacional del libro de Buenos Aires, adquirir la decena de libros y regresar a Cochabamba. Incluso me quedaría para una pizza y una copa de vino. Finalmente los de la agencia me convencieron que lo más barato era dejar que languidecieran en el almacén. En unos meses, cuando se remate la mercancía no recogida, será la oportunidad propicia para adjudicármelos y liberarlos. Aguardo no me gane un librero astuto, adquiera mis libros y, en un giro infausto, se los tenga que comprar.

Bolivia es uno de los pocos países donde importar y vender libros supone trabas burocráticas e impuestos tan altos como si se trataran de un whisky escocés o un perfume francés. No es de extrañar que sus precios se eleven para el lector como si efectivamente se tratara de botellas espiritosas. En seis años de “revolución cultural” el Ministerio de Culturas nada consistente hizo por modificar la situación. Tampoco emprendió una política agresiva y masiva de publicaciones. Quizá sus anteriores titulares no apreciaban o temían la rectangular figura del libro, más preocupados de armar tribunas o pulsar guitarra y templar la voz. ¿O suponían que descolonización es contraria a la cultura libresca? ¿Por qué entonces nos vanagloriamos de eliminar el analfabetismo, si los ojos no tienen donde posar la vista? Espero que la nueva Ministra, y vecina de columna, redima la palabra escrita y le permitirá, libre de grilletes fiscales, volar por la diversa geografía en decenas de idiomas y combinaciones múltiples.

*     Gustavo Rodríguez Ostria. Es historiador y autor de libros.

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