octubre 30, 2020

¿Me gustan los estudiantes?

Un gran letrero anuncia en la puerta de la UMSS, de Cochabamba, que gracias al FUL en el campus existe zona Wi Fi. Más adentro un cartel, más pequeño, se vanagloria de otros logros de la dirección estudiantil: Mejoras en el gimnasio, guarderías, campañas de recolección de vituallas y donaciones de equipos. Salvo por la suciedad que lo inunda por doquier, el campus está tan limpio de posiciones políticas, como las asépticas instituciones privadas. Por más que se (re)busque nada, ni una leyenda, pintada o afiche nos alerta de su posición frente a un país donde bullen, mal que bien o bien que mal, profundos cambios estructurales.

Pertenecí, allá en 1974, a la dirección del Comité Interfacultativo que enfrentó con denuedo y entereza a la dictadura de Hugo Banzer que creía que las universidades debían ser una prolongación de su mente autoritaria. Levantamos, paralelamente al deseo de plasmar una nueva sociedad, las banderas de la autonomía y el cogobierno. El discurso reformista, que nació en Córdoba en 1918 y se expandió a Bolivia en 1928, se vino al suelo. El Manifiesto Liminar cordobés es apenas un papel del que nadie sabe de su existencia. La irrupción en la cultura estudiantil de un sentimiento meramente corporativo fue paralela a la perdida de todo referente político o doctrinal. El ethos, la ciudadanía estudiantil, se ha esfumado. Atrás quedaron, —espero que no para siempre—, las agitadas asambleas donde cada orador exhibía capacidad oratoria, manejo de teoría y reflexión sobre lo que ocurría en su entorno seguro que podría tomar el cielo por asalto.

Los actuales dirigentes, salvando escasas excepciones, son parte de un entramado del poder universitario. Las direcciones estudiantiles usufructúan la historia pero la han convertido en un ejercicio de poder prebendal. Operan como intermediarios electorales y aglutinando masas de votantes que ejercen un derecho con total ausencia de debate. Se comportan frente a sus electores como proveedores de servicios, no de ideas, como correspondería a una entidad que se proclama autónoma y pública. Coludidos con las autoridades, se han constituido en una burocracia conforme que gozan de una educación gratuita pagada con los impuestos de la sociedad, de la cual se alejan día a día, como seres extraños y extraviados. Cantaba Violeta Parra, el himno de una generación: Me gustan los estudiantes, porque son la levadura del pan que saldrá del horno con toda su sabrosura. ¿Qué tortas saldrán de nuestras universidades públicas?

*     Historiador. Fue dirigente estudiantil y Decano en la UMSS

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