octubre 26, 2020

¡Me gustan los estudiantes!

La Educación Superior chilena, considerando estándares como la formación de sus docentes, su número con dedicación a tiempo completo, infraestructura, laboratorios, investigaciones y publicaciones, es una de las mejores del continente. Desde los años 90s el país apostó por una estrategia de formación de sus recursos humanos, que, paradójicamente, no fue sustentada por el gasto público sino por los recursos de las familias o por modalidades competitivas de acceso universitario al subsidio gubernamental. En ningún otra parte de América Latina y quizá el mundo, con excepción de algún país asiático, se introdujo con tanta fuerza el capitalismo académico y la mercantilización de la educación. El subsidio a universidades públicas para conservarlas gratuitas, simplemente desapareció. Con este giro los rectores y docentes tuvieron que sacar a relucir su veta de negociantes y mercachifles para agenciarse el soporte monetario que el Estado no les otorga. Estudiar en la centenaria Universidad de Chile puede costar incluso más que en una privada, que tampoco son baratas. Estudios revelan que un estudiante tras contraer un crédito hasta graduarse, puede terminar gastando en su licenciatura tanto como el costo de una vivienda o quedar endeudado por largos años. “Las universidades nos dejaron en pelotas” decía en cartel de unas universitarias chilenas que semidesnudas participaban en la reciente y masiva marcha de protesta en Santiago.

Su presencia y la de otros miles en las calles pone en jaque no solo al gobierno de Piñeira sino a un enfoque donde la educación, que debería ser un bien público, se trastocó en una mercancía que se vende y se compra, y donde las universidades privadas, que controlan ya cerca del 70s% de la matricula, disfrazadas de instituciones sin fines de lucro, lucran sin fin (situación no muy distinta a nuestra geografía). Estudiantes, autoridades, profesores y familias, desean una enseñanza de calidad, con buenos profesores y sistemas de certificación y regulación pero también capaz de acoger a todos y todas, de modo que deje de ser excluyente o un privilegio de pocos afortunados y donde la única distinción sea el mérito y no el bolsillo.

El movimiento estudiantil ha despertado en Chile. Lo trascendente de su movilización, que sobrepasará sus fronteras, es reposicionar el debate sobre la privatización de la universidad. Esta vez qué justa es Violeta: ¡Que vivan los estudiantes. Jardín de las alegrías! Ojalá sus voces de protesta retumben en nuestras silenciosas aulas.

*     Gustavo Rodríguez Ostria es historiador. Ha sido profesor visitante en universidades chilenas.

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