octubre 20, 2020

El Higalgo Quijote

Era una niña cuando por obligatoriedad en el colegio me asignaron la lectura y resumen de una obra maestra literaria espectacular —un relato por much@ conocido, pero no por tod@s leído— la leyenda del caballero de la triste figura: “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Y fue esa primer lectura, la que me guió —desde ese lejano tiempo hasta la fecha— a asomarme a las maravillas de la creación literaria humana.

Si bien la obra admite varios niveles de lectura e interpretación a decir: relato de humor, novela fantástica, imposible, fastidiosa y disparatada; sátira a las historias de caballerías, burla del idealismo humano, canto a la libertad, y otras; es innegable que es un libro inmortal, que al unísono enlaza situaciones muy graciosas que conllevan un contenido muy profundo y absolutamente serio, que permiten que la historia del hidalgo caballero —tan traducida como la Biblia— siga siendo, después de cuatro siglos el primer clásico de la literatura castellana.

Es tan portentoso Don Quijote de la Mancha, tan arrollador y profundo el pensamiento de Miguel de Cervantes Saavedra que un profano o neófito lector/a debe pisar con muchísima prudencia y cautela cuando se adentra en el sendero cervantino; y es que Don Quijote es un personaje extraordinariamente humanizado, verosímil e inmortal.

Miguel de Cervantes en su obra —escrita entre los años 1605 y 1615— nos sintetiza el sentir de la esencia humana característica de la época: el realismo (aventura, desventura, incomprensión, penuria) y el idealismo (sueños de éxito, fama y fortuna). Y de esa lucha entre estos dos mundos tan opuestos “El Manco de Lepanto” crea un personaje idealista, soñador, ascético, servicial y lleno de una sabia ironía que rompe con los monótonos esquemas de la época.

Y es que nadie le puede arrebatar al caballero de la Mancha que su victoria es la revancha de la persona que reivindica el valor del esfuerzo, el mérito del sacrificio, la fe en el ideal y el triunfo desinteresado de la justicia.

Don Quijote se atreve a enfrenar al destino para conseguir llegar a la meta (molido a palos y pedradas) pero manteniendo incólume una vida que reclama la plenitud, se rebela ante la nada y el vacío; rechaza la contingencia y la muerte; se afirma en su fe católica; reivindica la honestidad y se aferra en su utópico amor por la dama destinataria de sus hazañas: Dulcinea del Toboso.

Es irrefutable que por debajo de las aventuras del hidalgo Quijote podemos encontrar las permanentes vicisitudes que enfrentan el hombre y la mujer en la actualidad, como a su vez también podemos buscarnos a nosotr@s mismos o buscar una vía menos conflictiva para los problemas existenciales de la humanidad del siglo XXI.

Por su parte, la presencia y el sentido que adquiere el bachiller Sansón Carrasco, quien es protagonista clave en el caminar de don Quijote hacia su último destino: la muerte, conlleva en sí la antítesis del hidalgo caballero de la Mancha, puesto que el enmascaramiento y el encantamiento del universitario evidencian el carácter burlesco, malicioso y socarrón de las almas cobardes, de los mediocres con conciencia de tal y de los espíritus infecundos.

Y, dado que el contraste permanente entre lo real y lo imaginario-literario es una constante, me permito dejar —para algún día que estará por venir— la reflexión sobre el aporte de Sansón Carrasco (apoyado por el cura y el barbero) al epilogo de los días de Don Quijote -quien ya recuperado entra en razones y muere cuerdo.

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