octubre 27, 2020

El TPNIS y el dolor de los demás

por: Pilar Uriona Crespo

En 2003, la desaparecida ensayista y novelista estadounidense Susan Sontag realizaba una serie de reflexiones respecto al impacto que desde el siglo XIX hasta hoy genera en el público la documentación visual de los procesos bélicos a través de la fotografía. Todas esas meditaciones terminaron componiendo las páginas de una de sus últimas obras ensayísticas titulada “Ante el dolor de los demás”. En ella, Sontag intenta responder la pregunta de qué podemos hacer para prevenir la guerra, tomando como referente justamente qué implicancias tiene hablar de un “nosotros” cuando encaramos un conflicto.

Así, en las páginas de “Ante el dolor de los demás”, la escritora neoyorkina elige hilvanar sus argumentos desentrañando lo que la brutalidad de las imágenes fotográficas captadas por los reporteros de guerra suscita en cada persona cuando las observa, intentando descifrar si la provocación que representa mirarlas conduce a generar otro nivel de conciencia colectiva, cruzado por la compasión o tan sólo da cuenta de que se trata de escenas hiperfamiliares en una época en que la crudeza ya no genera shock en nadie. En suma, a lo que Sontag apunta es a responder la pregunta de si podemos o no comprender la devastación que viven quienes están en los frentes de batalla o al medio del fuego cruzado tan sólo con imágenes.

En mi caso, al seguir las noticias y las manifestaciones públicas de miembros e instituciones de la sociedad civil sobre la marcha de los indígenas del TIPNIS, me planteo otra interrogante: ¿es posible conocer lo que cada una de las personas que participa en la medida lleva dentro, experimenta y comprende con cada paso que da remitiéndonos tan sólo a las palabras?

En el último mes, las palabras expresadas desde el Poder han conjugado desdén (los indígenas son calificados como “salvajes”), paternalismo y falta de contacto con la realidad (cuando se habla del “uso de mujeres y niños”, sin pensar que las mujeres que marchan lo hacen por decisión propia y sus hijos las acompañan porque ambos aspiran a seguir cobijados en un hábitat que sienten como parte de su ser) y el uso de palabras enredadas (la “impostura” de las dirigencias).

Todas estas palabras, al igual que sucede con las fotografías, poseen un encuadre, una intención de uso, una demarcación de lo que se quiere resaltar y de lo que se está dispuesto a creer y se espera que otros crean cuando se enarbola como argumento justificativo “el desarrollo” y “el bien de la mayoría”. A través de ellas, quienes no marchamos ni participamos de lo común que vincula a los habitantes del TIPNIS, no llegamos a entender ni a imaginar lo que se vive en la marcha, pues no estamos ahí compartiendo con estas personas lo que hay dentro de sus cabezas y corazones.

Sin embargo, son también palabras las que nos ofrecen la posibilidad de encontrar una salida redentora: podemos animarnos a emplearlas desde un sentido solidario y negarnos a alinearnos con aquellas que nos desvinculan de la humanidad de estos “otros” embarcados en un sacrificio válido y legítimo, porque ha sido libre y valientemente elegido. Quizá así podamos asomarnos al desconsuelo abierto y expectante del TIPNIS y encontrar las herramientas para comprender en algo el dolor de los otros.

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