octubre 23, 2020

Pensando los feminismos en Bolivia: El feminismo autónomo de las mujeres de los pueblos de Abya Yala

por: Francesca Gargallo *

En esta edición y continuando con la preparación de las Jornadas de Octubre, desde “Diversidades” queremos ir delineando algunos de los aspectos en torno a los cuales polemizan dos de las corrientes feministas más conocidas, la autonómica y la institucional, recuperando para ello la voz de Francesca Gargallo, que asistirá y estará aportando con su rica mirada latinoamericanista en estos diálogos desde la primera perspectiva, y de Susana Gamba, quien ha trabajado largos años en el posicionamiento del concepto de género, categoría central del enfoque institucionalista.

Desde hace unos cinco años, el diálogo entablado desde ámbitos no institucionales del feminismo blanco-mestizo con intelectuales indígenas sobre el racismo de la academia y el colonialismo de la concepción de cultura de un mundo que se expande e invade todos los ámbitos de vida, nos ha llevado a cuestionarnos sobre algunas pretensiones universalistas del feminismo latinoamericano y su coincidencia con los proyectos modernizadores de las políticas públicas de estados que rasgan los tejidos comunitarios de los pueblos, introduciendo preceptos individualistas, instrumentales de la razón neoliberal.

En particular, con amigas e interlocutoras de los pueblos zapoteca de México, lenca de Honduras y maya queqchí y maya kiché de Guatemala, nos preguntamos si el feminismo es básicamente una teoría moderna de la emancipación de las mujeres y su liberación individual o puede ser un proyecto autónomo, propio de la vía de liberación de mujeres diversas, que descansa en diversas formas de búsqueda de una buena vida por las mujeres.

Preguntas a cuestas

Si el feminismo se reduce a la acción de un grupo de expertas que busca imponer una agenda o lista de demandas consensuadas entre aquellas que tienen el poder de autodefinirse como intérpretes del proceso de liberación de todas, defendiéndola como la exigencia de una normativa necesaria para el ejercicio de los derechos humanos de todas, entonces el feminismo no es sino un instrumento más del afán universalizante de la modernidad capitalista e interviene de forma colonizadora en el proyecto de vida de las mujeres indígenas.

Cuando la feminista aymara Julieta Paredes afirma que todo esfuerzo de las mujeres para el mejoramiento de las condiciones de vida de las mujeres se traduce en castellano como feminismo, ¿está describiendo una realidad histórica o enuncia un deseo de que la autonomía de las mujeres indígenas en la búsqueda de su bienestar sea reconocido como un proceso de liberación válido?

Con estas preguntas a cuestas y desde acercamientos muy propios a la necesidad de liberar a las mujeres que participan de la defensa de los territorios y los derechos de su pueblo a la producción de un proyecto colectivo autónomo de la violencia física y simbólica tanto del mundo blanco-mestizo como de los hombres indígenas, llegué a visualizar el feminismo de las mujeres de los pueblos indígenas como un elemento indispensable para la restauración del tejido comunitario agredido por cinco siglos de colonialismo racista, depredador y misógino.

Si el feminismo negara o redujera la fuerza transformadora que generan las mujeres de los pueblos originarios al asumir un proyecto comunitario, garante de una deliberación colectiva, entonces incurriría en el mismo reduccionismo que las demás ideologías universalistas en su afán de dominio del resto del mundo. No obstante, si las acompañara asumiendo los aportes de la diferencia originaria de las mujeres desde las cosmovisiones y las prácticas de identificación y liberación propias de sus pueblos, podría dialogar con ellas y aportar los conocimientos que ha generado en 200 años de crítica al sistema patriarcal que se ha instalado en Occidente a partir del mercantilismo moderno que convirtió a las mujeres en desposeídos instrumentos para la reproducción del trabajo, negándoles el control sobre sus cuerpos y el reconocimiento social de su trabajo, y subordinándolas a los hombres.

La misoginia como producto histórico

En el presente inmediato, las feministas tienen la oportunidad de pensar las relaciones de poder entre mujeres y hombres que se están estableciendo en la nueva acumulación de capital impulsada por el neoliberalismo, así como de intervenir en el debate sobre la descolonización de los proyectos históricos de los estados latinoamericanos.

Si las feministas persisten en el dogma de la dominación universal masculina, perderán la posibilidad de visualizar la misoginia moderna como un producto histórico, fruto del proyecto de conversión de la reproducción del trabajo en trabajo femenino no pagado. Es decir, asumirán como suya la idea de la natural o total subordinación de las mujeres. Pero si aceptan que las mujeres pueden asumir (y, de hecho, asumen) roles diversos en diferentes ámbitos históricos, podrán dialogar con las mujeres de los pueblos originarios para que, en su lucha por el reconocimiento de la diversidad cultural, no se reproduzca la negación de sí mismas, de su especificidad social y de sus derechos. La enorme indisciplina ante el propio sistema normativo, esos usos y costumbres percibidos por el mundo blanco-mestizo como estables y permanentes, hace de la búsqueda de derechos comunitarios y libertad colectiva un vector histórico de la liberación personal de muchas mujeres indígenas.

Un diálogo de reflexiones, descripciones y propuestas

Como historiadora de las ideas quiero encontrar el lugar, la fuerza y la fecundidad del diálogo de reflexiones, descripciones, conceptos y propuestas que provienen de mujeres de pueblos cuyos procesos históricos son diferentes. El diálogo entre mujeres que, en el mundo actual, por un lado están acorraladas por el incremento global de la violencia misógina y, por el otro, desarrollan proyectos autónomos de liberación, locales, propios, ajenos a la metafísica de la política occidental y sus bases modernas institucionalizadas, pero en contacto con los de otros pueblos, me parece fundamental para percibir las relaciones entre personas sexuadas como el resultado de experiencias históricas, y no como elementos fijos e inamovibles de una cultura.

Sólo en diálogo, y no desde la pretensión de poder interpretarla desde un conjunto de ideas propias del sustrato cultural occidental, puedo llegar a entender, por ejemplo, la base conceptual de la dualidad, propia de un sustrato cultural americano tan difuso que toma nombres, formas, aplicaciones diversas en los diversos sistemas y corrientes de pensamientos del continente. Y en diálogo, a todas las mujeres nos serviría entender la dualidad no tanto para negar la teoría de la complementariedad entre los sexos, que como se verá es enarbolado por todos los pueblos indígenas, sino para que ésta no sirva —como de hecho sirve— para enmascarar relaciones de inequidad o dominación en los diversos ámbitos en los que se viven las relaciones entre las mujeres y los hombres.

Volviendo a la idea propuesta por Julieta Paredes, si el feminismo occidental acepta que en todas las lenguas de Abya Yala el esfuerzo de las mujeres para vivir una buena vida en diálogo y construcción con otras mujeres en sus comunidades se traduce en castellano como “feminismo”, entonces será capaz de poner en crisis la hegemonía cultural del colonialismo interno, entendido como característica epistémica de la condición colonial que ha llegado a nuestros días.

La pregunta sobre los feminismos no occidentales de Nuestra América, por lo tanto, debe asumir el lugar desde donde se formulan las preguntas. Más aún, el lugar y el tiempo desde donde los sujetos mujeres lo hacen.

*     Escritora, feminista italo-mexicana y profesora universitaria. Fundadora de las carreras “Filosofía e Historia de las Ideas”, donde sigue enseñando e investigando, y “Literatura y Creación Literaria”, de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Co-fundadora y colaboradora del suplemento “Todas” del diario Milenio, de la Ciudad de México. El texto aquí publicado ha sido parcialmente tomado de la página web de la autora, denominada “Textos Libres”.

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