octubre 24, 2020

Pensando los feminismos en Bolivia: ¿Para qué nos sirven las Identidades?

por: Yuderkis Espinosa *

A una semana del inicio de las Jornadas de Octubre, posicionamos en el semanario otro de los ejes que darán pie a un rico diálogo en torno a la politización de la diferencia étnica y de clase abordada desde el feminismo de color. Recogemos por ello la visión de Yuderkis Espinosa y la de María Luisa Femenías que a su vez rescata los planteamientos de María Lugones en torno a la política de las identidades y el mestizaje.

La identidad ha jugado un papel fundamental en la formación de los movimientos sociales contemporáneos, sobre todo en los movimientos feministas y en el movimiento de lucha contra el racismo.

La identidad ha sido, ayer igual que hoy, un concepto clave que ha tenido presencia dentro de nuestras estrategias. Por eso, al hacer cualquier intento de análisis de nuestros movimientos y de las luchas emancipatorias será necesario retomar el tema de la identidad, enfocando la mirada hacia lo que hemos entendido por ésta, el papel que ha jugado y las implicaciones de este quehacer identitario para el logro de esa sociedad de libertad, justicia y respeto por la que pretendidamente trabajamos.

Cuando yo digo soy mujer o soy negra o soy las dos cosas, ¿a qué sistema de representación de mí misma estoy apelando? ¿Qué mecanismos de inteligibilidad estoy poniendo en marcha? ¿Qué significado tiene para quien me escucha el ser negra, el ser mujer? ¿Hay como tal un ser “negro”, una esencia negra? ¿Podemos, en República Dominicana, en El Caribe, hablar de una identidad negra? Ciertamente, el quién soy, el quiénes somos, ha sido objeto de grandes preocupaciones ontológicas desde el principio de la construcción del pensamiento filosófico occidental.

La construcción de la identidad

Las subordinaciones han producido sistemas de diferencia artificial, estática, estable, predeterminada, que han llevado a la construcción de estereotipos de identidad, que se asignan a las/os individuos de acuerdo a determinadas características, generalmente físicas, que comparten con un grupo determinado. Así, si eres de un sexo determinado se presupone que deberás tener un género determinado; si eres de un determinado color de piel y tienes determinadas facciones, es decir, si se te asigna una raza, se presupone que deberás tener una forma particular de comportarte, de mirar el mundo, de relacionarte, de espiritualidad.

Que esto sea cierto o no, no es sólo el problema, también lo es el comprender que el hecho de que existan estos elementos comunes tiene que ver con una historia común de opresión, más que con una naturaleza común. ¿Qué es ser mujer más que lo que nos han dicho que seamos, lo que se nos ha impuesto, lo que nos ha encarcelado? ¿Qué tienen las mujeres y las/os negras/os en común más que aquello que sirvió para su opresión? Dígame una característica de un grupo subordinado y le hablaré de su subordinación.

De tensiones, opresiones e identidades

Hemos vivido dentro del movimiento feminista tensiones muy fuertes producidas por la necesidad de reconocimiento de las múltiples opresiones que viven las mujeres, que las hacen ser sujetas de múltiples identidades. La ilusión de una identidad común entre las mujeres ha llevado a una política de representación que reproduce el sistema de exclusión y privilegio entre las propias mujeres, de acuerdo al grupo de identidades de otro tipo (raza, etnia, clase, opción sexual) que asuman.

De igual manera, se han producido tensiones fuertes entre el llamado movimiento negro y el movimiento feminista, siendo que en el primero se ha producido un rechazo amplio al reconocimiento de la existencia al interior de la comunidad negra, de la subordinación de las mujeres, así como de otras formas de opresión.

Lo que ha pasado innumerables veces es que las mujeres, doblemente subordinadas como mujeres y como “negras”, han tenido que priorizar una de sus opresiones. Sólo para poner un ejemplo traigo aquí el caso de O.J. Simpson, donde las mujeres negras estadounidenses se vieron en la encrucijada de optar por admitir que Simpson era un homicida y agresor de las mujeres, es decir, denunciar la doble moral patriarcal o por denunciar la doble moral de la justicia blanca y, en lo concreto, defenderlo. Como sabemos, las mujeres afroamericanas decidieron que su primera lealtad era con su comunidad negra y se hicieron así, cómplices del sistema común de subordinación de las mujeres que atraviesa tanto a la sociedad blanca como a la afroamericana.

Dentro del feminismo la cosa ha ocurrido al contrario, debido a que las negras han tenido que subordinarse a la primacía de origen blanco, productora de teorías y de los discursos interpretativos de las mujeres. En esa medida han quedado, la mayoría de veces, excluidas.

Hasta ahora, la estrategia del movimiento de mujeres negras dentro del feminismo ha sido la de incorporar la categoría de exclusión por raza al interior del discurso de las identidades, asumiendo la idea de múltiples discriminaciones que operan en las mujeres; como también el recurso al respeto a la diversidad, asumiendo en todo momento el sexo-género como el eje primario y común de opresión. Esto ha tenido un efecto moderado: todavía las negras, las indígenas, las lesbianas, son colocadas en las mesas de los paneles en representación de su llamada identidad, no por el valor de sus discursos y sus aportes teóricos.

Así, el problema queda planteado en términos que diluciden de qué manera el feminismo va a lograr ser el espacio de todas, al mismo tiempo que apela a una solidaridad de identidad primaria. Como bien comienzan a señalar las feministas de la deconstrucción y de la indecibilidad, apelar a una identidad común de las mujeres comienza a resultar un ejercicio poco movilizador, cuando no legitimador del sistema binario de poder. Las mujeres no son las mujeres a secas y tenemos que ir profundizando acerca de los procesos de subjetivación de las mujeres a partir de la interrelación de las variables múltiples de identidad: sexo, raza, clase, orientación sexual. En este sentido, como pregunta Elam 1: “¿Qué pasa cuando un individuo se identifica con múltiples categorías de diferencia? La lesbiana negra, ¿es primero una negra, después una lesbiana, y después una mujer? ¿O es vista como una lesbiana negra, que primero es una lesbiana, luego una negra, y luego una mujer? El ama de casa blanca, ¿es primero blanca, luego una ama de casa, luego heterosexual, y luego una mujer?”

Reconocer lo que no encaja

Me parece importante recuperar las propuestas de la tradición del feminismo de la diferencia … Habrá por igual que apelar a la restitución de los orígenes africanos de nuestra identidad de hoy, no para ser africanas/os, no para perpetuar lo que somos hoy, esa mezcolanza de seres que intentan olvidar parte de su procedencia o que sistemáticamente se las han hecho olvidar (como a las mujeres), sino para que, partiendo de este reconocimiento de lo que hemos sido y lo que somos, de los mecanismos de incitación, de subyugación, que han operado en estas definiciones de identidades, comencemos a abrirnos a las posibilidades de construcción de nuevas identidades, no prefiguradas, ni estables, ni polarizadas. Comencemos a reconocer en nosotras/os lo que no encaja, lo que hemos tratado de ocultar para ser aceptadas/os y reconocidas/os dentro del sistema binario de identidad. El reto está en cómo construir una política que abandona lo fácil de la certidumbre, que nombra en la partida, para luego desconstruir lo nombrado.

*     Activista feminista dominicana, psicóloga, con una maestría en ciencias sociales con orientación en educación otorgada por FLACSO.

  1. Elam, Diane. “Hacia una solidaridad sin fundamento”. Revista Feminaria, No. 20, octubre de 1997, Argentina (Síntesis del ensayo “¿Hasta dónde nos sirven las identidades?: Una propuesta de repensar la identidad en los movimientos feministas y étnico- raciales”).

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