diciembre 8, 2021

Las nuevas versiones del racismo

Estamos, pues, en un punto crucial donde se anudan los intereses de clase con un racismo beligerante. Pareciera como si hubiese llegado la hora de enfrentar al gobierno para destruir lo que hoy son las conquistas más importantes del proceso de cambio: la voluntad de los indios de no dejarse aplastar, de tomar su destino en sus manos y no permitir que otros decidan por ellos.

¿Creímos por casualidad que el racismo iba quedando lentamente en el pasado? ¿Que los aberrantes hechos del 24 de mayo de 2008 eran sólo un problema de los universitarios de Sucre? ¿De las pulcras católicas de Santa Cruz? ¿De los oligarcas de la media luna?

Las movilizaciones del último mes están para demostrarnos que no. Que el racismo nos constituye identitariamente de la cabeza a los pies. Somos racistas. Retomando una idea del viejo Kant, diríamos que el racismo actúa como un determinante solapado de nuestra voluntad, de nuestras acciones, de nuestra socialidad. Por eso, cuando las acciones de los indios no condicen con nuestras buenas intenciones de transformación del mundo nos invade la ira y arremetemos con insultos, gesticulaciones, palos si es preciso. Atacamos, claro. Faltaba más: indios de mierda, ¡atreverse a enfrentarnos!

¿Que no es así?

El paro médico ha sido pródigo en ejemplos. Lo que parecía en un principio una mera demanda sectorial ha terminado mostrando su verdadera cara. Ya nos parecía sospechoso el discurso contra las 8 horas. ¿Por qué no quieren trabajar 8 horas? ¿Porque ellos son “doctores”? ¿Sólo los indios trabajan 8 horas (o más)? ¿Los “doctorcitos” sólo trabajan 6 horas? ¿Y de dónde habían salido “conquistas” de ese tipo? Igual ocurre en la “U”: los “doctorcitos” son los únicos que con menos carga horaria tienen tiempo completo. ¿Por qué? ¿Piensan más? ¿Trabajan más? ¿Valen más que cualquier otro profesional? ¿Ellos son profesionales de primera? ¿Y a los demás que se los coma el perro?

Claro, era inevitable que esta clase feliz (trabajan menos, ganan más) reaccionara biliosamente cuando los indios atrevidos reclamaron lo que a todo el mundo tiene que parecerle lógico: primero, que trabajen y, segundo, que trabajen como cualquier persona de a pie, 8 horas. La actitud que asumió Luís Larrea, Presidente del Colegio Médico de La Paz, en la entrevista que le hizo PAT la semana pasada fue por demás elocuente. Con un despotismo más que cínico alegó a favor de la “conquista” de las 6 horas y pidió a su interlocutora “respeto”. ¿Conquista? Que sepamos, las conquistas son para toda la clase trabajadora. Cuando las “conquistas” son sólo para un sector, por encima de los derechos y obligaciones de todos, se le llama “pri-vi-le-gio”. ¿Qué han hecho los médicos para tener privilegios? ¿Qué les debe el país a ellos? ¿Alguna vez se han preguntado más bien qué es lo que le deben ellos al país? ¿Se les ha ocurrido siquiera tener un ápice de gratitud y la voluntad de devolver parte de lo que recibieron? Reciprocidad, dicen en el mundo andino. Pero reciprocidad, gratitud, son palabras que no están en el vocabulario de los médicos. Una vergonzosa racionalidad instrumental guía sus actos. Utilizan al país para empoderarse y desde allí escupir sobre el esfuerzo colectivo que les permite ser lo que son.

Y lo hacen, además, a título de “saber”. Aquello que han recibido del Estado y de todos los ciudadanos contribuyentes que ayudamos a sostener las universidades públicas, el conocimiento médico, es el mecanismo que utilizan para empoderarse. Desde ahí dividen el mundo entre “los que saben” y “los que no saben”, una de las múltiples formas de esconder el racismo que los atraviesa. Si de saberes se trata, más de un médico debiera pasear por las calles con orejas de burro pero como tapan sus errores con tierra no es fácil ponerlos en evidencia. Tienen el cinismo de obligar a la gente a firmar documentos que los liberan de responsabilidad cuando de operaciones se trata. ¿Y entonces de quién es la culpa de una muerte? ¿Del muerto? Como el tema de los dos recién nacidos que murieron por negligencia médica. Encima, cobardes.

Esos “sabihondos” son los que han sacado letreritos “denunciando” que el Presidente no es bachiller, acusándolo de ignorante. ¿No me cree? Si usted, amable lector, va a emergencias del Hospital Obrero, podrá leer en la entrada, en un papelógrafo, la siguiente frase: “Por eso me alegro de no haber ido a la universidad (Evo Morales) [sigue abajo diciendo] Nada es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda”. No podía ser de otro modo. Había que mentir y falsear. La frase del Presidente responde a un contexto, el rechazo a la deformación política que es propia de las universidades estatales, a su falta de compromiso con la población. Para ser gente, no se necesita ir a la universidad y ese es el caso del Presidente. En cambio otros, como los médicos, ni con toda una vida en la universidad podrían aprender a ser gente. No tienen amor por este país.

Pero, en el tema de fondo, ¿qué es lo que muestra la soberbia médica? Su racismo frente a los indios atrevidos que quieren que trabajen y, sobre todo, su bronca contra “el indio” Presidente. ¿Cómo, pues, un indio se va a atrever a quitarles sus privilegios? ¿A ellos, a los “doctorcitos”? ¿No era suficiente con haberlos obligado a renunciar a sus jugosos salarios con la ley financial? ¿Cómo un indio ignorante les va a dar clases de compromiso con el país? ¿Compromiso? ¿Qué es eso? Y entonces, sólo queda una salida: tumbar al indio. Ahí sí: ¡hasta las últimas consecuencias! Todos juntitos, médicos y universitarios, patrones y lacayos. ¡Movimientistas… sin miedo, uníos!

Pero el racismo no es un tema sólo de los médicos. Estamos en una convergencia de movilizaciones de distinta índole pero de un mismo tenor: la reactivación de un racismo profundo que se expresa en distintas formulaciones. Tan igual es la consigna “el que no salta es masista”, vergonzosamente característica de los universitarios en proceso de blanqueamiento cultural y elitización profesional, que “el que no salta es transportista”. El enfrentamiento de “los vecinos” de la zona sur con los transportistas el martes 8 fue sin duda un enfrentamiento de clases pero, sobre todo, un ejemplo del racismo que se despliega en actos y discursos. La agresividad de la pequeña burguesía de la zona sur no fue casual. ¿Quiénes eran esos indios para cortarles la circulación? ¿Qué son los transportistas sino indios? Por eso mismo, era un tema de territorialidad: estaban en su espacio, invadiéndolo, y no había otra alternativa que no sea sacarlos. El dominio del territorio no es sólo un acto físico sino, sobre todo, simbólico y político. Expulsar a los transportistas significaba expulsar a los indios, no permitir que ellos impongan por la fuerza su voluntad, por eso el enfrentamiento duró todo el día, sin que disminuyera el nivel de agresividad.

El tercer ángulo está asociado a toda la construcción discursiva que se ha hecho en torno al TIPNIS. El argumento que se ha utilizado para desvirtuar el pedido de la construcción de la carretera es que quienes lo promueven son cocaleros y que el “móvil” sería un mejor flujo del narcotráfico. Igual que “masista”, decir hoy “cocalero” es casi un insulto. La prensa ha llegado al extremo de oponer “cocalero” a “ciudadano”. Entonces, ¿los cocaleros no son ciudadanos?, ¿los indios no son ciudadanos?

La arremetida de todo el pensamiento colonial contra el proceso de cambio ha reactivado una caracterización racista de lo indígena. Hace 500 años, decir “indio” significaba decir flojo, vicioso, ignorante, amoral, violento, etc. Hoy, decir “indio” significa todo eso más otras notas: colla, llama, cocalero, masista, bloqueador… El único indio bueno es el que no se subleva, el que se somete, el que pide las cosas “por favor” al patrón, el que no atenta contra sus intereses, el que se deja comprar. Como los TIPNIS, como los Adolfos Chávez, los Rafaeles Quispes, que agachan la cabeza y extienden la mano ante los gamonales y oligarcas. Esos sí son “hermanos indígenas” (pero, por sí acaso, mejor que vivan allá en la selva, colgados del árbol al lado de los monos, decorando el paisaje). Para ellos todo: la dádiva pero también la lástima.

Estamos, pues, en un punto crucial donde se anudan los intereses de clase con un racismo beligerante. Pareciera como si hubiese llegado la hora de enfrentar al gobierno para destruir lo que hoy son las conquistas más importantes del proceso de cambio: la voluntad de los indios de no dejarse aplastar, de tomar su destino en sus manos y no permitir que otros decidan por ellos, de distribuir la riqueza de manera más equitativa, de construir otros caminos de desarrollo. Las clases medias braman echando espuma por la boca, proclamando su derecho a ganar más, infinitamente más —como los docentes universitarios— pero, sobre todo, su voluntad de que ningún indio de mierda les discuta ni se les enfrente. Hay que tumbar al indio, consigna para todos.

Todos somos racistas, sí. La razón colonial nos ha constituido históricamente, pero habemos quienes no estamos dispuestos a seguir reproduciendo los parámetros de opresión y dominación, quienes apostamos por caminos libertarios y emancipadores, los que queremos y somos constructores de otra historia. Somos los que nos pondremos al frente de la barbarie colonial, venga de donde venga. Sería bueno que no lo olviden.

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