noviembre 29, 2021

Evocación del Compañero

Antonio Peredo Leigue ha muerto. Su valiente corazón dijo no puedo más y aquí me quedo. En la hora del dolor, siento que su ausencia se agiganta en la medida del vacío que dejan sus virtudes. Escribo estas líneas en su honor y desde el honor inmenso que significa para mí, haber contado con su amistad y su sabiduría. Hay un tipo de historia y de historiadores, que narran el devenir de los pueblos desde las aventuras y desventuras del poder y de quienes lo ejercen. Libros donde la historia es producto de la voluntad de los reyes y los presidentes, de sus más adelantados y temerarios cortesanos. Libros llenos de grandes nombres, de fechas señaladas, de titulares visibles. En el caso boliviano, libros donde, por ejemplo, la recuperación de la democracia y cualquier conquista se debe a la sagacidad de generales y políticos de vieja estirpe y de su capacidad de pactar en nombre de todos, por supuesto, aunque en ello se incluya el silencio sobre la memoria y la justicia; y donde el pueblo es apenas el telón de fondo, desenfocado, que engalana las fotografías oficiales.

Esta historia no contará jamás con el nombre de Antonio Peredo Leigue entre sus páginas, porque Antonio Peredo Leigue luchó todos los días de su vida desde y por el campo popular. Su vida debe contarse entre los nombres del pueblo. No aspira al bronce, sino a la memoria colectiva. No se instala simplemente en la victoria, sino que honra el sacrificio de los mártires. No elucubra coyunturas pasajeras con el viento a favor, sino que esculpe en el tiempo la liberación verdadera y permanente, a pesar de los pesares. Su vida y sus acciones deben recordarse en la lucha cotidiana de varias generaciones de bolivianos: esos anónimos combatientes, de anónimas esperanzas, de anónimas muertes, en anónimas masacres consuetudinarias, perdidos en anónimas sepulturas y que tan pocas veces nos es posible identificar en las vidas y los nombres de algunos de ellos. Mujeres y hombres que redimen del olvido a esos cientos, a esos miles y miles de caídos por el sueño de tener, alguna vez, patria, es decir, tiempo y lugar que los reconozca y proteja como seres humanos verdaderos y valiosos.

Es por eso que, desde el campo popular, esta es una hora para recordar y llorar al compañero perdido. Pero sobre todo, para tener presentes las enseñanzas de su ejemplo, la obligación que impone su conducta modélica. Tres rosas rojas destacan, a mi entender, de entre el ramillete de su apostolado: la humildad, la disciplina y la temperancia. Antonio Peredo, nuestro querido don Antonio, era un hombre de una vasta cultura, producto de una sostenida y escrupulosa afición a la lectura, que le permitía opinar y transmitir sus conocimientos oportuna y sencillamente. Pese a esto, jamás se le oyó o leyó hacer soberbia gala de la prodigiosa información que manejaba. Nunca aplacó ni humilló a un contendiente valiéndose de su erudición. De seguro, porque sabía que ése es un derecho todavía travestido de privilegio y que no debe ser ostentado, sino repartido como el pan de la tierras eriazas. ¡Cuánta falta hace esa humildad ahora, cuando quien algo sabe defiende sus privilegios por saberlo! ¡Cuánta falta hace ese rigor de estudio, esa propiedad en el concepto, esa claridad en las ideas!

Ejerció el periodismo y la política con minuciosidad de orfebre. No confundió nunca la objetividad con la neutralidad, consciente de que su labor superaba a su sujeto histórico concreto y debía ponerse al servicio, minuciosamente, no de quienes escriben la historia, sino de aquellos que la padecen. El estupendo profesional que fue, en el periodismo y la política, estaba lejos, lejísimos, del oropel vano de los grados y las investiduras. Nada más ajeno a él que las solemnidades y los privilegios. Lo suyo, era el oficio cotidiano de quien sabe que en cada gesto se dignifica y reinventa, se depura y ennoblece la faena que se ejecuta. Antonio Peredo y Luís Espinal son sin duda las dos figuras centrales, queridas, del periodismo boliviano, porque retrataron al pueblo y a él se dirigieron, para esclarecerlo, para relatarlo, para darle voz en su voz, sentido en su tiempo, luz en su aurora. Su disciplina todavía espera hallar correlato entre sus colegas, del periodismo y la política, ahora que la mediocridad y la venalidad son las dos caras de la moneda de mayor curso legal; ahora que el vicio es virtud, que la improvisación es método, que la imitación es originalidad, que la sumisión es lealtad.

En un país y un continente, en un tiempo y en un mundo, acostumbrado a desbaratar al enemigo sin el menor remordimiento, Antonio Peredo luchó y defendió sus posiciones sin odios ni resentimientos; sino tan solo armado de la apasionada fe en sus convicciones, de la íntima confianza en la necesidad y la nobleza de sus ideas, de la clara consciencia de que éstas serán un día la luminosa realidad de todos los desamparados de la tierra. Quienes lo persiguieron, encarcelaron y atormentaron su cuerpo, así lo sabían; quienes lo odiaron y despreciaron por su palabra fecunda, así lo temían. Nada más peligroso que un hombre honrado. Nada más incómodo, para propios y extraños, puesto que obliga al mundo a transparentar cualquier lucha en la ética. Por eso su verdad y su ejemplo prevalecerán, porque son el fruto magnífico de un apóstol del desierto. Su honestidad intelectual estuvo hasta el último de sus días, por encima de los cálculos coyunturales y las lealtades de grupo. Si la revolución se hace para liberar al hombre, para que alcance la mejor versión de sí, entonces la revolución no puede prescindir de la consciencia del hombre, no puede esperar su silencio táctico, no puede diluirlo en medio y en nombre de la cerrada formación de sus militantes. Porque si así sucede, entonces no hay revolución ni hay hombre. Si la revolución sólo exige soldados, entonces prescindirá de revolucionarios. Si los revolucionarios, por serlo, es decir, por tener consciencia y palabra, individualidad, son tomados por traidores y apestados como tales, entonces ya no hay revolución, entonces es necesario hacer la revolución, la revolución en la revolución, y devolverle su magnanimidad. La temperancia es virtud de los justos y la radicalidad suele ser rasgo de los ignorantes. Pero yerra más quien asocie temperancia con tibieza y radicalidad con firmeza; puesto que solo demuestra ser comprometido y firme, quien se mantuvo en mil batallas y a pesar de cien derrotas, mientras otros se envilecían a las primeras de cambio. Antonio Peredo demostró esa firmeza y ese compromiso; por eso no necesitaba hacer afán vocinglero de ellas, ni ejercer violencias para persuadir. Por eso tenía valor moral e infundía respeto.

Nadie se llame a error con esta evocación del compañero Antonio. No es una hagiografía ni se olvidan sus equivocaciones o defectos. Los tuvo, claro que si, pero fueron comunes como los de cualquiera. Hablemos entonces de sus virtudes, que sobrepasaron lo ordinario; que harán falta, que ya hacen falta. Aquilatemos la magnitud de la pérdida de este hombre honrado. Que entre tanto hipócrita, fue sincero; entre tanto cobarde, valiente; entre tanto adulador, decoroso; entre tanto sumiso, rebelde; entre tanto intrigante, leal; entre tanto arribista, digno; entre tanto sectario, generoso.

Compañero Antonio Peredo Leigue, amigo, revolucionario, rebelde: “Yo canto para luego tu perfil y tu gracia. / La madurez insigne de tu conocimiento. / La tristeza que tuvo tu valiente alegría.”

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