noviembre 29, 2021

Un gran revolucionario

Me niego a reconocer que Antonio Peredo era político. De esos hay muchos. Su testimonio de lucha lo conduce, más bien, al sitial privilegiado de aquellos hombres que, como decía el Che, se han elevado a la categoría de revolucionarios, de los que luchan de todas las maneras posibles para contribuir a la emancipación de la humanidad.

Y como revolucionario que fue, nunca desaprovechó las trincheras que -unas veces construidas por su dinamismo y otras que se le presentaron sin él buscar-, abrían la condición de posibilidad de desarrollar la resistencia contra todas las formas de enajenación. Así lo hizo desde el periodismo -quizá el instrumento más importante del que dispuso en el tiempo-, desde la militancia en el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y desde su condición de senador, aunque también aportando con su pensamiento dentro del pesado aparato estatal.

En el periodismo siempre mantuvo un apego a la verdad, que ya de solo decirla se traducía en un arma contundente contra las mentiras, fetiches y realidades ficticias construidas por el orden del capital. Consecuente con sus ideas, Antonio siempre rechazó el eufemismo de la imparcialidad, que solo sirve para que el pensamiento imperial se reproduzca encubiertamente, pero eso jamás implicó incursionar en la especulación y la manipulación.

Como revolucionario que fue, jamás le restó importancia a la lucha de otros pueblos del mundo y en particular de América Latina y el Caribe. Es más, se compenetró con todas. Las veces que conversé sobre la situación internacional, asumía las alegrías y las tristezas, las expectativas y frustraciones que embargaban a otros pueblos y gobiernos progresistas y revolucionarios del planeta. Particular importancia le brindaba al Chile de Allende y a la revolución sandinista de Nicaragua.

Pero si hay algo que lo atrapaba, como ocurre con los revolucionarios de verdad, es la revolución cubana. Su amor por Fidel Castro y por el pueblo y gobierno cubanos no tuvo límites. De sus labios y de sus manos siempre salieron palabras de compromiso -pues la solidaridad se queda pequeña-, con la revolución más radical que Nuestra América conoce apenas empezada la segunda mitad del siglo XX. Ahí está su pensamiento volcado en contra del criminal bloqueo contra la mayor de las Antillas y exigiendo la libertad de los cinco héroes cubanos prisioneros en cárceles del imperio. Pero también su aporte en la socialización de las conquistas maravillosas que ese pequeño país le he dado al mundo.

La narrativa emancipadora de Antonio combinaba la teoría y la experiencia histórica. Estaba demasiado lejos de anclarse en el pensamiento abstracto, para mas bien aproximarse siempre a la filosofía de la praxis, en lo que lo importante era hacer lo que se decía. Jamás cortaba al que estaba oyendo, pero cuando hablaba era corto, claro y contundente, ya sea para apoyar una idea o para criticarla. En ambos casos ni adulaba ni descalificaba.

Y consecuente con esa manera de decir y hacer, que es la filosofía de la praxis de la que se adolece en una gran parte de la izquierda de hoy, Antonio —que para muchos de nosotros seguirá siendo “Don Antonio”—, siempre fue testimonio vivo de la ética revolucionaria.

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