diciembre 2, 2021

Últimas noticias del infierno

Han pasado casi treinta años desde el fin de la última dictadura militar argentina. Parecen muchos años; y lo son, pero hay heridas que nunca cierran por completo, hay crímenes que se cometen de manera incesante. Todavía resuenan en la memoria las estremecedoras palabras del general Alfredo Oscar Saint-Jean: “Primero eliminaremos a los subversivos; después a sus cómplices; luego a sus simpatizantes; por último, a los indiferentes y a los tibios.” Se trataba, pues, de desplegar una guerra sin cuartel contra toda la población. Inclusive contra los aún no nacidos. Miles y miles de documentos prueban el sadismo y brutalidad de los militares argentinos, la activa participación de sectores importantes del empresariado, la prensa, los partidos políticos, la Iglesia Católica y de simples civiles en la instauración del terror. Sólo así se explica que poco más de mil participantes directos en la comisión de delitos de lesa humanidad, pudieran instalar más de 600 centros clandestinos de detención (verdaderos campos de concentración que hubieran sonrojado al mismo Hitler) y provocar cerca de 30 mil desaparecidos. Todos bajo la batuta, el amparo y las directrices de los Estados Unidos.

Tanto dolor no puede olvidarse, tanto dolor no puede perdonarse con indultos aberrantes como el que concedió Carlos Menem a los miembros de las juntas militares. Argentina ha recorrido y recorre todavía un largo camino para encontrar la verdad y la justicia. Su pasión es parte de la historia de todos los pueblos de nuestra América, puesto que compartimos esos años de plomo. Basta tener presente el alcance de la Operación Cóndor, que se extendió por todo el continente, para aniquilar a los disidentes de las dictaduras militares que impuso la Doctrina de la Seguridad Nacional estadounidense.

Por estos días, el Tribunal Oral Federal No. 6, en Buenos Aires, se dispone a dictar sentencia en torno a la organización del plan sistemático de apropiación de niños durante la dictadura militar. Quizás el crimen que más lastima la consciencia de la humanidad en los últimos años. Los esbirros de la dictadura argentina, se apropiaron de alrededor de 500 recién nacidos entre 1976 y 1983. Niños y niñas que perdieron su identidad, que fueron criados por los torturadores y asesinos de sus padres o por cómplices de aquellos. Jóvenes de entre 29 y 36 años de edad, que crecieron creyéndose hijos de quienes en realidad ejercieron la más brutal violencia contra sus verdaderos progenitores. El tamaño del crimen resulta inconmensurable; la reparación, insuficiente; y el castigo a los responsables, irremediablemente irrisorio para semejantes bestias humanas. ¿Cómo castigar tanta barbarie? A pesar de saberla pobre y escasa, insisto en la ardiente fe por recuperar la memoria y la verdad, como único camino de expiación para los pueblos que sufrieron esta violencia, más allá, mucho más allá de la necesaria prisión perpetua, sin atenuantes, para sus responsables.

“Nunca más” es una consigna necesaria, pero que solamente se hace posible en la medida de la justicia, no de la impunidad; de la memoria, no del olvido; de la verdad, no de la ignorancia. En Argentina y Bolivia, en todos los países de nuestra América y del mundo entero, todavía hay viejas y horrorosas cuentas por esclarecer, todavía hay miles de víctimas esperando reparación. No basta con regocijarnos por esta victoria del derecho positivo, hay que militar en la exigencia de pedir cuentas a los estados.

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