diciembre 6, 2021

Dios, ha muerto…

El hombre de hoy, perviviente de esta era de la incertidumbre, asiste a un momento particular de su historia: el instante eterno del desconcierto, del sinsentido, del vaciamiento… el ser, llega a su fin… después, como diría Heidegger, “ya no queda nada”… esta es la época de lo que Nietzsche llamó, “nihilismo consumado”, es el tiempo en el cual la muerte de Dios se hace inminente… el hombre abandona el centro de sí mismo y se dirige hacia la nada, se lanza hacia el abismo de su propia desesperanza… el hombre, asume su colocación en el proceso histórico del nihilismo, comprende que el nihilismo “es su única chance”.

Para Nietzsche, el proceso del nihilismo se inicia con el surgimiento del Dios abstracto de la compasión, el Dios cristiano en Occidente y el budismo en Oriente. Dios es nihilismo, su propia esencia es nihilista porque desvaloriza los valores supremos que habitan la conciencia del hombre; mientras que para Heidegger el nihilismo, es el aniquilamiento del ser cuando éste deviene en valor. El ser pierde su capacidad de subsistencia autónoma e independiente y se somete al dominio y al poder del sujeto. El proceso nihilista transforma el valor de uso en valor de cambio. El nihilismo sería entonces, “la reducción del ser a valor de cambio”.

En el presente, lo que se ha perdido, lo que ha desaparecido no son los valores como tales, sino el valor supremo: Dios. La cultura ha descubierto, ha conocido la “genealogía” de su constitución social, ya no hay más misterio, el mito del “origen” se ha vuelto insignificante, el proyecto cultural de “reapropiación” se ha extinguido para siempre. La muerte de Dios ha sido decretada por el saber narrativo, por la emergencia de los pueblos sin nombres que no necesitan creer en la inmortalidad del alma y la promesa de vida eterna. “Dios muere porque se lo debe negar en nombre del mismo imperativo de verdad que siempre se presentó como su ley y con esto pierde también sentido el imperativo de verdad…” 1 La muerte de Dios reivindica la ausencia de otros valores “más verdaderos” que permanecían silenciados, encubiertos, los valores de las culturas marginadas, de las culturas populares sofocadas por el imperio de la cultura dominante.

El “mundo de la fábula”, donde la experiencia de lo auténtico, de lo verdadero pierde sentido, perece con la muerte de Dios, la desacralización de lo humano se vuelve inminente.

“Los rasgos de la existencia en la sociedad capitalista tardía, desde la mercantilización totalizada en “simulacralización” hasta el agotamiento de la “crítica de la ideología”, hasta el “descubrimiento” lacaniano de lo simbólico (…) no representan sólo los momentos apocalípticos de una deshumanización, sino que son además provocaciones y llamados que apuntan hacia una posible experiencia humana nueva”. 2

La invención de un Ser Supremo, conlleva la presencia de un valor superior a cualquier otro, pero al mismo tiempo implica el aniquilamiento de esta creación, por el roce mismo del Ser Supremo con los demás seres en el mundo. En esta mezcla “todos pueden ser divinos”… lo Sagrado, provoca en el hombre una especie de impotencia y de horror, impotencia ante lo incomparable del valor que posee este sentimiento y horror por el peligro que entraña su misterio. Y, sin embargo, desde la genealogía del tiempo, desde los “orígenes”, antes de que se geste el mito del pecado, la ideología de la culpa, las culturas ya habían ideado sus “dioses”, ya habían sentido la inquietud, el deseo, el instinto del animal, el placer de la destrucción, de la violencia en que se funda el sacrificio, en que se erige la intimidad de lo sagrado. Estos dioses eran objetivos, reales, capaces de insertarse en la vida cotidiana; estos dioses se erigían en representaciones del entorno cercano, de la naturaleza, del propio hombre. Los dioses, encarnaban el destino del hombre en su condición instintual, animal. El rito, expresaba este estrecho tejido de deseo y sentido, de eros y razón.

Dios acaba con el instinto, con el deseo creador, destruye la voluntad de poder, no deja otra posibilidad que el ritualismo monótono y acomplejado, como forma de contrarrestar el avasallamiento y la represión de la animalidad. El hombre se avergüenza de su condición, se agazapa en su propia impotencia, en su mutismo se avizora solo la frustración, el animal necesita inventar una nueva máscara que le permita ocultar su desnudez: la máquina.

El hombre como centro del universo, el hombre como señor del SER…, he ahí la perspectiva del humanismo que entra en crisis en la era post-moderna. Esta crisis está en directa relación con la técnica. Los ideales de la cultura humanista se eclipsan, en su lugar se erige la deshumanización y la robotización del sujeto en su función científica y racionalmente productiva. La idea de Dios se difumina en los flujos mercantilizados de la pirámide eclesial, se disuelve en los corredores de los templos vacíos: Dios, ha muerto, y su muerte ha demostrado que la sociedad real mentía, lo que se ha perdido, no es el valor divino de lo sagrado, sino la verdad social, lo que se ha consumado es el orden íntimo del Ser, la conciencia aguda de la vida común expresada en esta intimidad.

La sociedad post-moderna ha sacrificado a Dios, en aras del deseo, del reconocimiento del otro como igualdad, como intersubjetividad no compasiva… lo ha ofrendado (donado), en el altar de una utopía: la libertad.

El nihilismo como chance, visualiza esta alternativa de libertad: por un lado, a través de la recuperación del imaginario simbólico de las culturas como resistencia, como destino frente a la “desrealización del mundo”, frente al renacimiento de los nuevos “valores supremos” de la conciencia culpable; y por otro, mediante la disolución de la historia falseada, en historias emergentes que tejen los cuerpos que diseñan los recorridos y los circuitos del tiempo y el renacer del deseo dinamizador que permite que sean estos hombre concretos quienes con su accionar impriman las huellas de su propia emancipación.

“Es el Deseo quien transforma al Ser revelado (…) El ser mismo del hombre, el ser consciente de sí, implica pues y presupone el Deseo. Por consecuencia, la realidad humana no puede constituirse y mantenerse más que en el interior de una realidad biológica, de una vida animal. Pero si el Deseo animal es la condición necesaria de la Conciencia de sí, no es condición suficiente. (…) Al contrario del conocimiento que mantiene al hombre en una quietud pasiva, el Deseo le vuelve in-quieto y le empuja a la acción. Habiendo nacido del Deseo, la acción tiende a satisfacerlo, y no puede hacerlo más que por la “negación”, la destrucción o por lo menos la transformación del objeto deseado: para satisfacer el hambre, por ejemplo, hay que destruir o transformar el alimento. De este modo, toda acción es “negadora”. 3

Sólo destruyendo el Imperio de Dios se puede recuperar el sentido de la humanidad… La Conciencia del Deseo y del placer, sintetizan la voluntad de poder que subyace en la Conciencia del Vencido, en los ojos del esclavo… no más amos… Dios, ha muerto… Hoy, el hombre ha parido su libertad.

1          GIANNI VATTIMO. EL FIN DE LA MODERNIDAD. De. Gedisa. Pag. 27

2          Idem. Pág. 29

3          Alexandre Kojeve. INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE HEGEL. Citado en Georges Bataille. TEORÍA DE LA RELIGIÓN s.n.

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