diciembre 3, 2021

Los debates feministas no entran a la escuela (I)

por: María Edit Oviedo 

En esta segunda entrega de materiales para el debate sobre educación y feminismo, María Edit Oviedo nos ofrece un par de artículos muy interesantes y complementarios entre sí. El primero versa sobre la ausencia de los debates feministas en la educación regular que, en muchos sentidos, continúa la tradición rousseauniana de hace dos siglos atrás. El segundo se refiere al 21 de junio, “Día Internacional de la Educación No Sexista”, planteando un horizonte de transformación educativa radical.

Para continuar una discusión entre feminismo y educación, hay que retomar algunos planteamientos que nos permiten leer la educación hoy desde una perspectiva histórica y política que develan una larga tradición de una educación sexista, que no la llevaremos a la antigüedad pero sí a varios siglos atrás.

A la educación sexista de la modernidad la podemos rastrear a partir del filósofo liberal J.J. Rousseau (1712-1778), padre de la pedagogía moderna, que tendrá una influencia profunda sobre las propuestas pedagógicas de los dos siglos siguientes. Rousseau plantea de manera revolucionaria que no debía haber una escuela para pobres y otra para ricos sino que la educación tenía que ser igual para todos. Sí, para todos los hombres, pero no para las mujeres, por no ser consideradas sujetos de razón y menos aún sujetos políticos.

Coherente con la concepción de la diferencia de destinos sociales, Rousseau construye ideales diferenciados para hombres y mujeres, situación que la plantea claramente en el Emilio. A los hombres había que educarlos en ciencias exactas, en matemáticas para ser exactos, libres y autónomos —entre otras muchas capacidades— mientras que la educación de las mujeres debía estar referida a los hombres, hacerse amar y honrar por ellos, serles útil, hacerles la vida agradable y dulce …éstos son los deberes de las mujeres de todos los tiempos. O sea una educación liberadora para los hombres y otra dependiente —de otros— para las mujeres.

Y nos preguntamos ¿Algo de lo planteado por el autor sigue vigente en la prácticas educativas y comunicativa actuales? Esta pregunta podría ser muy motivadora para ingresarla hoy en los procesos de cambio que vive el país.

La gráfica del profesor y las alumnas muestra que la situación sigue vigente, es cierto que en unos espacios más que en otros, pero que esta es una muestra de lo que sucede en los cotidianos de la escuela y otros espacios educativos.

Pero seguiremos con nuestro análisis. Hasta el siglo XX, los sujetos educativos eran los niños. Los sistemas educativos han construido y seleccionado contenidos para hombres, o sea contenidos para un solo sexo, contenidos en definitiva sexista, o sea que privilegiaba a un sexo sobre otro.

En Bolivia, Adela Zamudio, que nació en 1854, aprendió a leer y escribir en la escuela católica de San Alberto, solamente hasta el tercer curso de primaria, porque en esos tiempos era la máxima educación que se le ofrecía a la mujer. En 1911, la poetisa, fundó la primera escuela de pintura para señoritas —una escuela para ellas, sexista en los contenidos— ya que no se permitían escuelas para niñas, a pesar de que las políticas liberales de la época inician el planteamiento de una educación mixta, que no se refleja en la práctica, hasta pasadas cuatro décadas.

Siguiendo la exploración, nos encontramos con espacios divididos, a partir del siglo XX la educación se imparte en escuelas diferentes para niñas y para niños, y por lo tanto con contenidos diferentes, la educación era sexista en el acceso, en la forma y por supuesto en los contenidos.

En 1931, uno de los elementos de la revolución pedagógica de Warisata, es la escuela mixta en el espacio rural. Sin embargo el proyecto político del ingreso de las niñas rurales a la escuela recién se produce en 1952.

El sistema educativo patriarcal seleccionó los contenidos correctos para lograr las mejores capacitaciones para ellos, así fue que los músicos, los matemáticos, ingenieros y los científicos, ocuparon las páginas de los libros que también tuvimos que leer las mujeres. Lo que planteo es que las mujeres accedimos a las escuelas, pero ¡cuidado! entramos a escuelas sexistas y racistas, escuelas en las cuales debimos subir los escalones a pasos esforzados y a manotazos si era necesario; espacios educativos permeados por un currículo oculto -no escrito, no planificado y a veces ni comprendido-. “Dicho en otros términos, se trasmiten formas de aceptar las jerárquicas y asimétricas relaciones entre los sexos -currículo oculto de género-, las jerarquías económicas o de clase -currículo oculto de clase-, o las jerarquías raciales -currículo oculto de raza-, entre otras variedades de currículos ocultos. Las relaciones sociales están permeadas de subtextos de clase, de género, de raza, de sexo o culturales. Pues bien, estos subtextos, estos currículos ocultos, son recibidos por nuestro alumnado sin saber que están recibiendo paquetes de valores que refuerzan en tantas ocasiones la red asimétrica y jerárquica de relaciones sociales en las que estamos inscritos desde el mismo instante en que nacemos y que en buena medida nos configurará para el resto de nuestra vida.” (R. Cobo, inédito)

Las feministas han comprendido que el género es una construcción social y cultural, cimentada por una concepción política que puede remontar procesos emancipadores o de dominación. Éstas apuestan desde su inicio a los primeros, el feminismo nace como una teoría política de la liberación de la mujeres, y por lo tanto creemos la educación debe apelar a él para construir nuevos modelos de crítica y reflexión, que permitan empoderar a las mujeres desde los primeros años de la escuela como un sujeto transformador pero transformador en y desde la acción educativa.

Esta perversa selección de destinos y contenidos, ha tenido consecuencias devastadoras en la vida de las mujeres. Los datos de violencia que muestran la reacción de los hombres frente a los avances de la mujeres, la violencia en la escuela que muestra que las más vulnerables frente a violencia son las niñas, la feminización de la pobreza, los embarazos adolescentes nos siguen interpelando para ingresar a los espacios educativos con una conceptualización que permita reflexionar y romper una educación que sigue siendo conservadora en los contenidos, en las metodologías y por supuesto en la construcción de las relaciones.

Podemos recorrer incansablemente las propuestas educativas de las feministas, de las cuales existen una cantidad importante tanto en número como en cualidad, pero esto no significa que el debate se haya abierto en el marco de los y las educadoras, o que se discuta entre estudiantes y lo que es más aparezca en el currículo. ¿Qué pasa que a pesar de los avances teóricos y metodológicos, se cierra la puerta a esta discusión esencial para la igualdad?

Y finalmente, como dice Rosa Cobo “Quizás, las feministas tenemos que volver la mirada a la educación y trabajar en la transformación de esa institución como un objetivo político feminista prioritario”.

Creo que tenemos un terreno abonado desde la ley de educación 070, “Avelino Siñani y Elizardo Pérez”, que es la única ley en este momento que propone la despatriarcalización como base fundamental del sistema, superadora de la anterior ley que nos planteaba la equidad de género como un dispositivito, como una transversal, ahora está puesta en el núcleo central del sistema, en los principios.

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