diciembre 8, 2021

Antes de la Revolución

Porfirio Díaz gobernó México por 33 años, pero manteniendo la mascarada de una democracia que se renovaba elección tras elección. Díaz “ganó” siete veces. Lo hizo en base a la violencia, pero también, no olvidarlo, gracias a su alianza con el capital y las potencias extranjeras. En 1910, Francisco I. Madero derrotó a la dictadura con la consigna “Sufragio Efectivo, No Reelección”. Así nacía la Revolución Mexicana y un largo y turbulento período de violencia. Los caudillos que se impusieron finalmente (luego de asesinar a los revolucionarios que dieron verdadero contenido social a la Revolución: Zapata y Villa), fundaron el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Y así, fundaron la dictadura perfecta. El PRI dominó por 71 años. Lo hizo con similar violencia y con iguales aliados que el porfiriato; solamente tuvo la delicadeza de renovar caudillo elección tras elección. En 2000, el Partido Acción Nacional (PAN) venció al PRI. Pero realmente poco cambió. Su nombre es más bien, en el mejor de los casos, una casualidad; en los hechos, una mentira. Como la Constitución mexicana prohibía partidos confesionales, sus fundadores no pudieron llamarlo Partido Acción Católica, como era su deseo, y lo llamaron Nacional. Por eso, entre el PRI y el PAN, hay tanta diferencia como entre lo oscuro y lo sombrío.

El fraude electoral está inscrito en el código genético de la derecha mexicana. No se puede esperar otra cosa de ella. Conciben la alternancia sólo si el poder permanece en las mismas manos. Así, con fraude, escamotearon la victoria a la izquierda mexicana de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 y 1994, y a la de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en 2006. Y lo vuelven hacer hoy. Se trata apenas de una confirmación. El PRI y el PAN han llegado a un acuerdo tácito: el poder sólo para ellos, jamás para la izquierda, los votos salen sobrando, son una anécdota que puede modificarse según necesidad. El fraude electoral en México, se ha convertido en una tradición más profunda y permanente que los mariachis y la tortilla. Sus ejecutores no sólo tienen experiencia, sino que demuestran mucha creatividad. La sombra del fraude de 2006 sobrevoló durante todo este proceso. Por eso afinaron los métodos, sin renunciar a los de ya larga data.

Marx advertía que la historia se repite, la primera vez como tragedia y la segunda, como farsa. La derecha mexicana ha logrado enmendarle la página y dejar corto al alemán universal. Hoy, la historia se repite como telenovela. Pero montar un fraude no es cosa sencilla, después de todo. Primero, se buscaron un candidato con pinta de galán de culebrón (Enrique Peña Nieto); luego, le consiguieron, cómo no, una esposa actriz de telenovela; después, a tiempo de desprestigiar por todos los medios posibles a AMLO, presentaron a Peña Nieto como la única opción posible. Todas las encuestas lo proclamaron ganador por un amplísimo margen; hasta por más de un 31%. Televisa y Tv Azteca se encargaron de sembrar el desconsuelo, porque no podían cometer el mismo error de 2006, cuando AMLO fue el candidato puntero. Ahora tenían que robarle la elección desde un principio y las encuestas debían aplacar cualquier esperanza popular desde el primer minuto. La trama continuó con una campaña multimillonaria; claramente, varias veces por encima de cualquier raciocinio y plagada de sospechas en cuanto a su origen. Se afianzó con el discurso único en los medios y se puso a prueba en la misma jornada electoral. Los otros dos candidatos perdedores, se apresuraron en salir a aceptar su derrota cuando no se habían escrutado ni el 10% de los votos. Y terminaron su parte de guión, exigiendo a AMLO que se diera por derrotado de inmediato. Pero todavía sobraba tiempo que no podía ser llenado con un corte a comerciales. De inmediato, otros gobiernos llamaron a Peña Nieto para felicitarlo por su “victoria”. El escrutinio preliminar fija la diferencia entre Peña Nieto y AMLO en solo 6,51%; pero más de 113 mil mesas, de un total de 143, presentan irregularidades graves, que el Instituto Federal Electoral (IFE) no ha sabido resolver, más ocupado en proclamar la ejemplaridad de los comicios. La violencia real también tuvo su parte en toda esta historia. El PRI ha mantenido su estilo conocido. Al menos dos personas de la campaña de AMLO, fueron asesinadas durante la jornada electoral; una urna fue robada a mano armada e incontables denuncias de coerción y compra de votos se extienden por todo México. Este martes, miles de personas en el área metropolitana de Ciudad de México, abarrotaron los supermercados de la cadena “Soriana”, intentando canjear alimentos con las tarjetas que el PRI había repartido a cambio del voto. El pánico cundió cuando se desperdigó el rumor de que el PRI bloquearía dichas tarjetas en caso de anularse las elecciones. Una posibilidad que gana en coherencia a medida que se perfila el alcance del fraude perpetrado.

Pero no está dicha la última palabra. AMLO disputó un partido donde hasta los pasa pelotas estaban comprados. El árbitro, es decir, el IFE, tiene aún que responder a los cuestionamientos, permitir el recuento pormenorizado de la totalidad de las urnas y, en su caso, anular las elecciones. Como es fácil suponer, grandísimos intereses se oponen a la voluntad popular. Visto en contexto, el fraude electoral es apenas un eslabón en la larga cadena que atenaza a México. Al odio visceral contra la izquierda, se une y da sentido el plan del gran capital transnacional, que aspira a hacerse con la joya de la corona: Petróleos Mexicanos (PEMEX), una empresa estatal con ventas superiores a los 100 mil millones de dólares al año y que Peña Nieto ya ha amenazado con privatizar. Y, al mejor estilo de la Guerra Fría, cabe preguntarse también si los Estados Unidos pueden permitirse un gobierno de izquierda al otro lado de la frontera; esa frontera que es más bien una herida abierta. Hoy más que nunca.

Por el momento, esa gran humanidad de mexicanos (112 millones) y, en especial, de mexicanos pobres (75 millones), asisten desde las tribunas a este espectáculo circense con el que se pretende arrebatarles, una vez más, un gobierno que los represente verdaderamente. Pero el PRI, el PAN y sus aliados y patrones nacionales y extranjeros, se equivocan al pensar que ese pueblo al que hambrean y mantienen en la ignorancia, no conoce o intuye la máxima martiana: “los derechos se toman, no se piden; se arrancan, no se mendigan”. Es una hora crucial para nuestra América.

Be the first to comment

Deja un comentario