diciembre 6, 2021

No hay lugar para “esos casos”

por: Teresa Arteaga

La discriminación de lo diverso tiene su base en la imposición de un modelo patriarcal por lo tanto absolutamente asimétrico y basado en las necesidades del mercado, por lo que todo aquello que no califique en ésta categoría pues no es útil y merece el rechazo e inclusive el descarte como si de objetos se tratara, con la salvedad que quienes sufren discriminación no sólo son víctimas sino importantes sujetos contestarios-as frente al sistema, entonces la tarea segregacionista no se hace tan fácil.

La inclusión de lo diverso en la escuela no ha implicado la superación de preceptos que justificaban las diferencias educativas sino que contrariamente y bajo la apariencia de igualdad, se continúa tratando de manera distinta. Esta forma de trato no sólo está marcada por comportamientos concretos sino por todo un andamiaje subjetivo, oculto e hipócrita pero estructural del sistema educativo, por ejemplo las diversidades genéricas invitan a todo tipo de construcciones irreales, prejuiciosas y por ende discriminatorias y vulneradoras de los derechos humanos.

La investigación “De verdad, no somos iguales” propiciada por la Campaña Boliviana por el Derecho a la Educación, puso en evidencia que aún los maestros-as consideran la diversidad genérica como “aberración” 1, “desvíos”, la califican como “esos casos” e incluso agradecen a dios el que existan pocos.

Las-os Directoras-es explican con orgullo las estrategias que despliegan en “estos casos”, por ejemplo las psicólogas del establecimiento tienen la responsabilidad de contactarse inmediatamente con los padres y madres para iniciar cuanto antes un tratamiento médico; al no existir escuelas especializadas para este tipo de niños-as, afirman, que hacen todo lo posible para incluirlos-as pero siempre bajo la supervisión de un adulto, poniendo el cuidado suficiente para que no se sienta discriminados-as; comunicando a inicio de clases que se trata de “anormalidades” que no son toleradas en el establecimiento ya que “aquí somos hombres y mujeres, no hay centro”.

Similares estrategias son empleadas cuando niños-as con elecciones genéricas diversas sufren discriminación por parte de su grupo de pares, un Director de colegio narró su participación en defensa de los derechos de un niño, el dijo: “Acaso por el hecho de que ha nacido así, ustedes van a tener que discriminarlo a su compañero, es ser humano de carne y hueso igual que ustedes (…) ese es su defecto, incluso genético, ellos comprendieron y lo hablan normal nomás, pero el joven siempre está al lado de las chicas”.

Los y las maestras reconocen que es muy fácil hablar de aceptación, pero cuando “uno de ellos se mete en las aulas”, todos reclaman, incluso los padres y madres presentan quejas si a su hijo le dijeron “gay” ya que se trata de un insulto calificado como grave o solicitan la expulsión de niños-as con diversa elección genérica por considerar que ejercen una “mala influencia” y que sus hijos-as no tienen porqué compartir el aula con “este tipo de niños”.

Esta pequeña pincelada explicita de forma alarmante discursos de falsa aceptación pero que no logran ocultar el hecho de que aún perviven nociones de anormalidad, prácticas de segregación, maltrato y violencia o explicaciones que en realidad desnudan que la calidad educativa es un problema serio, ya que la calidad no sólo debe plasmarse en procesos pedagógicos sino en el respeto y garantía de ejercicio de los derechos humanos de cada una de las personas. No cabe duda que falta mucho aún para reconocer la diversidad como un derecho humano que garantice una vida plena y actuar en concordancia con ello, ni siquiera podemos decir que existe una brecha entre el discurso y la práctica ya que la misma construcción discursiva está plagada de convencimientos esencialistas discriminatorios.

Para V. Muñoz, la educación es la herramienta primaria y fundamental para combatir el patriarcado y para generar ese cambio cultural tan necesario para la igualdad entre las personas. Cuando no se organiza de manera adecuada, el sistema educativo conduce al resultado inverso, perpetuando la injusticia y la discriminación y anulando las diversidades.

El Estado como garante de los derechos humanos tiene la responsabilidad de revolucionar, transformar la educación mediante Políticas Públicas que se traduzcan en planes y programas concretos y que la formación docente sea un eje importante que desmonte prácticas pedagógicas tradicionales y destructivas pero también y quizá prioritariamente, que repare en esferas subjetivas, personales, experienciales que permita el cambio tan ansiado por una sociedad igualitaria, equitativa capaz de generar, alimentar, vivir en una cultura de paz y por lo tanto “vivir bien”.

1          Se encuentran en cursiva aquellas palabras y frases que se rescataron de forma textual de las entrevistas.

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