diciembre 3, 2021

Ruiz de Bolivia

Neruda decía: “la vida es solo lo que se hace” y Jorge Ruiz Calvimonte (Sucre, 16 Jorge Ruiz Calvimonte (Sucre, 16 de marzo de 1924 – Cochabamba, 24 de julio de 2012), hizo mucho, muchísimo, y muy bien. Ya nunca tendremos otro como él. Los podrá haber más galardonados, con más éxito comercial y multitudes de espectadores, quizás inclusive más prolíficos. Pero ya nunca como él. Jorge Ruiz fue un pionero y lo fue en grande. Las posguerra del Chaco, que en tantas cosas reinventaría la patria, significó también la desaparición del cine nacional. Cuando Ruiz hace su entrada en escena, al final de los años 40, viene a reinventar ese cine nacional desde sus cenizas. Ruiz es el ave fénix, pero su mérito no es sólo el de reanimar un arte extinta, sino el hacerlo con nueva potencia estética y con una técnica irreprochable, a pesar de las estrecheces obvias y lacerantes. Dentro de un arte industrial, Ruiz es un artesano y, casi se podría decir, un inventor. A Ruiz debemos las primeras películas sonoras, las primeras en color, las primeras con pueblos indígenas, las primeras en obtener galardones internacionales. A Ruiz le debemos, nada menos, el primer intento serio y logrado de mostrar la patria como es y como quisiéramos que fuera.

Hizo literalmente cientos de películas, pero apenas un puñado fueron películas hechas por iniciativa propia y no por encargo. Pero, en cada una, supo ser artista e imprimir su visión propia e intransferible, con la sencillez (que no simplicidad) del genio. Ahora que el cine y las demás artes, nos parecen tan a menudo un ejercicio egocéntrico y onanista, Ruiz deslumbra con la variedad de su propuesta, que va desde lo etnográfico hasta lo histórico, de lo cultural a lo económico, de la ecología a la sociología, y todavía un largo etcétera. Combinó el cine documental con el cine de ficción, tal vez porque intuía que los compartimentos estancos no le permitían expresar la riqueza de nuestra realidad boliviana y latinoamericana. Y en eso también fue un pionero. Como John Grierson, que lo consideró “uno de los seis documentalistas más importantes del mundo”, luchó y demostró que el Estado y las instituciones de un país deben comprometerse en hacer posible el cine. Esta es quizás la mayor enseñanza y posibilidad que nos deja su obra. Pero todavía espera ser aprendida y asumida, sin sectarismos, sin mezquindades, sin miopías.

Todos los cineastas bolivianos somos hijos de Jorge Ruiz. Él es nuestro padre fundador. Duele pensar, sin embargo, que quizás nuestro cine ha dejado de visitar su obra, que la desconoce en gran medida o que simplemente la ignora por completo. Hay una generación nueva llena de talento y entusiasmo, cada día más formada y fogueada, más visible dentro y fuera de nuestras fronteras. Una generación que sin duda llegará a más. Pero a esta generación le cabe la autocrítica de no pensar su cine, suficientemente, desde Bolivia y para Bolivia con el rigor, el amor y el conocimiento de Jorge Ruiz. Solamente Jorge Sanjinés ha sabido tomar la posta y ampliar cada vez más el surco iniciado por Ruiz, y así, sólo así, superarlo y llevarlo a nuevas alturas. Mientras nuestros únicos referentes sean Godard o Tarkovsky (que están muy bien) y no nuestro cine boliviano y latinoamericano (que están mejor y son nuestros), poco de nuevo tendremos que decirle al mundo y casi nada de valor a nuestro pueblo.

Jorge Ruiz, maestro, mi mayor homenaje es despedirme para ir a ver y aprender de tus películas. Ahora descansa en paz, ya hiciste mucho.

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