octubre 15, 2021

¿Anticolonialista es lo mismo que Anticapitalista? La letra chica debajo de estos conceptos

El proceso de cambio ha ido sustentando un concepto sumamente importante, como es el anticolonialismo.

La formación social y económica boliviana caracterizada por la articulación de varias formas y modos de producción donde el modo de producción capitalista es el dominante y subordina y ordena a los demás bajo sus premisas, presenta una configuración compleja por la forma en que se han ido tejiendo las lógicas económicas en sus urdimbres políticas, jurídicas y de concepción del mundo.

En ese sentido entendemos que la colonización como concepto implica la interacción de dos realidades, una hegemónica y la otra subordinada, una de centro la otra periferia, una subyugante la otra subyugada.

En este contexto, para que pueda existir el colonialismo, será condición sine qua non la aceptación o legitimación de una parte sobre la otra. Dicho de otra manera, solo hay colonizador cuando el colonizado lo permite.

Lo evidente es que en este juego de dos, el dominante y el dominado, para seguir existiendo en las condiciones históricas que les tocó vivir, coexisten pues ambas se necesitan para reproducirse tanto en su parte hegemónica como en su parte dominada.

Es entonces que aparecen los mix, es decir las mezclas, que producen una cultura mestiza, forjada por puntos de encuentro que configuran realidades insospechadas, donde hegemonía y resistencia cobran formas inéditas al actuar en el mismo tiempo y el mismo espacio, pero con lógicas diferenciadas, que es necesario saberlas leer.

Y estos mestizajes son muy ricos, por lo que son capaces de producir, Implican mucha creatividad, desarrollo de ideas, propuestas de encuentro y creación de iniciativas que muchas veces son superiores a lo que una sola de las vertientes, colonizadora o colonizada, pudiera producir.

Pero la colonización siempre tiene su lógica perversa. Pues, pese a los escenarios de articulación, determina la existencia de la desigualdad por la dominación de una parte sobre la otra. Siempre el dominador impondrá por lo menos oficialmente, su cosmovisión, como la verdadera, la real, la deseable de alcanzar.

En ese contexto, en muchos casos, los dominados empiezan a desear la realidad de los dominadores, como algo también conquistable para sí.

Entonces cambiaran sus pautas culturales, su estética, su idioma, su religión por las del colonizador y casi siempre serán implacables con sus antiguos iguales, que en su condición de dominados, mantendrán sus costumbres, tradiciones, creencias, siendo estas calificadas, por los nuevos autónomos, como expresiones de barbarie y salvajismo, de “no desarrollo”.

Así funciona la modernidad, subyugando en función de un modelo ideal de progreso producido por las metrópolis. Así la modernidad trabaja sobre la cabeza y los corazones de los colonizados.

Por esto, la lucha anticolonial se puede volver estéril, si los hasta ayer colonizados, y hoy en condiciones de igualdad, al haber producido procesos de ruptura con las metrópolis, buscando solamente su propio agenciamiento y titularidad, produciendo dinámicas, económicas, políticas y culturales, de manera autónoma y directa.

Esto generará la constitución de nuevas élites, que desplacen a las hasta ayer intermediarias criollos y mestizos y jueguen un papel de titularidad en los procesos políticos y sociales, dándole a las nuevas condiciones socio-políticas-culturales, su propia impronta.

Lo curiosa de estas nuevas élites, será la negación de sus hasta ayer iguales, pero ahora diferentes por no haber querido asumir el concepto de la modernidad y el progreso, y al mismo tiempo, la negación y desprecio profundo de los criollos que hasta ayer eran los intermediarios entre las élites y los subyugados.

En estas profundas transformaciones sociopolíticas que es lo que permanece sin cambio alguno? Las relaciones económicas, políticas y culturales, de las nuevas élites con la metrópoli. Es decir, las profundas transformaciones se convierten en sólo transformaciones simbólicas, liberales, jurídicas, de igualdad.

Sin embargo, en términos económicos se mantiene la misma formación social y económica, con dominación del modo de producción capitalista, aunque con la titularidad de nuevos actores: los ayer subyugados y hoy integrados a la lógica de dominación capitalista.

Por eso, habremos de ser muy claros al plantear que la lucha anticolonialista no siempre es anticapitalista. Puede ser sólo simbólica, superestructural y jurídica, sin tocar las relaciones capitalistas. Si de veras se quiere transformar la formación social y económica boliviana, hasta hoy teñida de profundas desigualdades, deberemos forjar un proceso profundamente anticapitalista

*          Fernando Rodriguez Ureña es zoociologo, con maestría en quimeras. Hizo su doctorado en la pluriversidad de Los Sauces en Lian Ma He Nan Lu. Alguna vez fingió como diplomático.

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