octubre 15, 2021

¿Para qué gobernar hasta el 2025?

por: Raúl Prada Alcoreza

¿Para qué gobernar hasta el 2025? ¿Qué sentido tiene la prolongación de lo mismo, de la misma continuidad decrépita y de disgregación del proceso? ¿Qué sentido tiene prolongar la agonía del proceso? No tienen ningún sentido histórico y tampoco político, salvo el de la misma continuidad, el de permanecer en el poder. Esto acerca al gobierno de Evo Morales Ayma a los otros gobiernos anteriores y sus partidos, que entre sus objetivos se encontraba precisamente la preservación del poder. ¿Para qué? Sencillamente para seguir administrando la crisis y los intereses de la burguesía intermediaria y de las empresas trasnacionales, además del capital financiero internacional y del orden mundial. La prolongación gubernamental adquiere sentido histórico y político cuando asistimos a la realización de transformaciones estructurales e institucionales, cuando un proceso de cambio está en marcha, materializándose constantemente. En cambio cuando el proceso de cambio entra en contradicciones profundas, se estanca, se detiene y adquiere una dirección curvada, restaurando los aparatos, las estructuras y relaciones del régimen anterior, el Estado-nación, la prolongación de un gobierno pusilánime se hace poco atractivo. Se parece a la circulación de todos los gobiernos anteriores, cuyo sentido era garantizar la misma administración de las cosas y de los humanos, convertidos ambos en objetos y materias de poder. Diagrama de Poder que busca la docilidad y domesticación de los cuerpos.

El problema radica en cómo se asume la política. Una cosa es que se la entienda como sinónimo de democracia y revolución, como respuesta popular a la crisis, y otra cosa que se la use para ejercer dominio, para mantener el orden, usando todos los medios para lograr estos objetivos, convertir la política en un teatro, montando escenarios espectaculares para impresionar al público, que en este caso es el pueblo convertido en tal. Claro está que la política, en sentido pleno de la palabra, es el desborde de la potencia social, de su capacidad creativa, de su participación e incidencia, es la respuesta transformadora popular ante la crisis del Estado y del capitalismo. Empero, de aquí a una parte, los grupos de poder, las clases dominantes, los partidos institucionalizados, los medios de comunicación, hasta la misma ciencia política, han convertido a la política en el procedimiento institucional de gobernar, de garantizar el orden instituido, de repetir la reproducción de lo mismo a través de la competencia electoral. Aquí hay como un acuerdo de caballeros. Todos aceptamos las reglas del juego, competimos, es decir, jugamos a la política, y cuando gobernamos no cambiamos nada sustancialmente, aunque puedan permitirse matices y modificaciones superficiales, acompañadas por delirantes discurso altisonantes. Este es el club de la democracia formal y liberal; es decir, de la democracia fosilizada, no de la democracia vital, entendida como suspensión de los mecanismos de dominación.

Las preguntas son: ¿Por qué un gobierno que tiene el mandato popular del ciclo insurreccional de 2000 al 2005, y que tiene el mandado de la Constitución, ha caído en lo mismo que hacen todos los gobiernos y partidos tradicionales? ¿Por qué ha convertido la política en la hazaña de las astucias criollas, en el uso de los dispositivos del poder para imponer la voluntad burocrática, en el manejo de las maniobras diversas para convencer? ¿Por qué se han descartado las posibilidades de la participación social, de la construcción colectiva de la decisión política, de la ley y de la gestión pública, como manda la Constitución? ¿Por qué se prefirió la construcción del campo burocrático y no la construcción de la democracia plural y participativa? La experiencia de las dos gestiones de gobierno y el análisis comparativo con otros procesos en Sud América nos muestra que el peso de las estructuras estatales, de su campo burocrático, de sus instituciones fosilizadas, sus normas y prácticas administrativas, es gravitante. Tienen una fuerza de resistencia al cambio basada en la reproducción misma de sus instituciones, es decir, del Estado. Reproducción además que funciona en la sociedad misma, es la misma sociedad la que reproduce el Estado, a partir de las propias instituciones sociales del campo social, del funcionamiento de los propios campos derivados del campo social, como el campo escolar, el campo cultural, el campo simbólico, el campo económico. El Estado se reproduce en la efectuación de los habitus de los propios sujetos, que han internalizado las relaciones de poder. A esto hay que añadirle el funcionamiento de otros campos paralelos distorsionantes, los campos relativos a la economía política del chantaje, los circuitos de influencia, las prácticas de coerción, los flujos de corrosión y las formas polimorfas de la corrupción.

Empero, esta gran voluntad que se encuentra en el camino no es una justificación para optar por el conformismo, investido de pragmatismo y realismo político. Los desafíos hay que asumirlos. Se trata de sortear las dificultades con la participación popular, con la movilización y aprendizaje colectivos en la acción política y en la reflexión compartida. Se trata de resolver punto por punto los problemas presentados, buscando la transformación de los contenidos inherentes a las estructuras y relaciones que se enfrentan, vaciarlos de su contenido anterior y llenarlos con los contenidos que requiere la transformación, si es que no se inventan nuevas instituciones, que es a lo que se apunta verdaderamente. Lo importante es tener la voluntad, la estructura afectiva, el deseo de transformación, y no renunciar en las primeras de cambio.

Afrontamos un tiempo político contradictorio, sus estructuras afectivas cambiaron; se paso del deseo de ruptura y de cambiar a la predisposición afectiva por la continuidad y la sucesión temporal. El conformismo es dominante, las opciones preponderantes en el campo popular se han reducido a las reivindicaciones gremiales y sectoriales, las opciones del gobierno son por la expansión del modelo extractivista, paradigma colonial del capitalismo dependiente, y la economía rentista. En este panorama parece difícil, sino imposible, la re-conducción del proceso. Sin embargo, no hay que olvidar que el impulso vital del proceso, desatado en las movilizaciones y eventos insurreccionales de 2000 al 2005, irradiados al proceso constituyente, está latente. Hay como una intuición colectiva por la ruptura y el cambio, una consciencia diseminada de la responsabilidad de los movimientos sociales por el destino del proceso.

Sólo tiene sentido una prolongación de la temporalidad política, entendida como oportunidad de transformación, de invención y creatividad de la potencia social, si es que hay una re-conducción del proceso. Re-conducción quiere decir volver a los causes del proceso, a su inquietud descolonizadora y deseo de transformación, por lo tanto afecto colectivo de ruptura y cambio. Re-conducir quiere decir abolir el Estado-nación y construir el Estado plurinacional comunitario y autonómico, construirlo efectivamente, mediante transformaciones estructurales e institucionales profundas, no simular que se lo hace con demagogia, oropeles y folclorismos.

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