junio 18, 2024

Motivos para celebrar y razones para preocuparnos

Si, como cantaba el Zorzal Criollo, veinte años no es nada, treinta parecen muy poco. Sin embargo, somos los seres humanos los que dotamos de densidad ontológica al tiempo, y es por eso que lo que pudiera parecer una nimiedad en otras latitudes, entre nosotros cobra extraordinario significado.

Bolivia se liberó de la maldición cíclica latinoamericana de quiebres de la democracia, que lamentablemente está lejos de ser un capítulo del pasado: ahí están Honduras y Paraguay, además de las intentonas en Venezuela, Ecuador y nuestro propio país, que se suman a diversos procesos destituyentes en la última década. De aquella secuencia golpista nos queda el funesto gallardete de haber sido miembros fundadores del Plan Cóndor, víctimas de la primera narcodictadura del planeta, sobrevivientes de un programa de recepción y empleo de torturadores profesionales argentinos, testigos de criminales metamorfoseados en demócratas, e inaudito material de estudio para historiadores que contabilizaban azorados más asonadas que años de independencia nacional…

La espesura mencionada de estos treinta años de democracia continua dejan algunas certezas y no pocos retos. Entre las primeras, la capacidad inobjetable del pueblo movilizado para impedir nuevas aventuras y a la vez honrar la memoria de mártires, encarcelados, exiliados y perseguidos. Una suerte de heroísmo sin penacho, extendido en innumerables testimonios de resistencia de hombres y mujeres que padecieron la indiferencia y sordera de sucesivos gobiernos. Por otro lado, la voluntad organizativa para poner freno al festín neoliberal y librar dos contiendas paradigmáticas: la del agua y la del gas. Una tercera certeza es la disposición de avanzar en la refundación del país, repensando y rediseñando, entre otras aspiraciones, las formas de la democracia conocida y padecida. Esfuerzo inédito, absolutamente infrecuente en el continente, caracterizado como la expansión política de la sociedad civil, y que funcionará hasta el día de hoy como bisagra que abre la compuerta hacia los retos.

En este ámbito de los desafíos es que encontramos una llamativa paradoja del actual período de transición, ya que las propuestas emancipatorias populares están claramente afirmadas en la Constitución Política del Estado, pero la materialización de ese horizonte utópico sintetizado en el concepto “proceso de cambio” está aún lejos de producirse. Y como en política no existen los espacios vacíos, el concepto mencionado comienza a cargarse con contenidos contradictorios. En el plano de la cotidianidad sigue siendo el capital el que subyuga y ejerce hegemonía ideológica, asaltando y ocupando muchos de los marcos otorgadores de sentido de manera automática, masiva e invariable. Ya en El Poder Dual Zavaleta advertía que “ha sucedido muchas veces que una clase social sirva como protagonista de la conquista de un poder que, administrado por otra, sirve finalmente a las necesidades históricas de una tercera”.

Preocupantes contrasentidos que tienen su correlato en una sorprendente faceta de la administración del poder estatal; esto es, la manifiesta incapacidad de funcionarios y funcionarias para faltarle el respeto a los hábitos, conductas, modos y rituales de nuestro Estado patriarcal, verticalista y autoreferencial, y comenzar a ejercitar de una vez por todas la forma democrática participativa y comunitaria, clave de la “construcción cotidiana desde abajo” y una de las pocas garantías de cambios profundos y duraderos. Al respecto, y ya que estamos en una semana de aniversarios luminosos y señeros, no estaría de más volver a la lectura atenta de la carta que Ernesto Guevara le dirigiera al uruguayo Carlos Quijano, sintetizando el fervor revolucionario necesario para la construcción de una sociedad nueva. Misiva que incluye con franqueza, cómo no, una amplia carga de provocaciones, preguntas, dudas, fracasos, certidumbres, avances y convicciones.

Si las primeras frases del párrafo anterior resultan un tanto ásperas, debo decir en mi descargo que quizá esté yo prejuiciado por la invisibilidad, o bien la adaptación a las reglas del peor juego democrático tradicional en las que ha caído buena parte de los asambleístas y concejales del IPSP en Santa Cruz, que es el lugar desde donde intento interpretar el país (aunque debo admitir que han sido hábiles en la utilización de la gestualidad y dramaturgia típicas de la izquierda: puño en alto, lemas altisonantes y gran capacidad para endilgar todas las culpas y males a “la derecha”).

Resumiendo, este aniversario treintañal debe ser indudablemente celebrativo; sin embargo, nos halla entre los estertores de una forma democrática fracasada y el parto aparentemente interminable que nos pudiera conducir a otro modo de hacer las cosas. Nadie sabe qué es ni cómo funciona la democracia participativa, pero precisamente por eso es necesario experimentar, entrenar e inventar. Lo otro es de sobra conocido; también sus límites.

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