Se trata del asesinato de la mujer en razón de su género, por odio hacia las mujeres, por rechazo a su autonomía y su valor como persona o por razones de demostración de poder machista o sexista. El feminicidio incluye una connotación de genocidio contra las mujeres. Por esta razón se prefiere feminicidio a femicidio, un término que hace referencia a todos los homicidios que tienen como víctima a una mujer, sin implicar una causa de género.
Cladem
Cada año más de la mitad de los asesinatos que se registran en el país corresponden a las muertes violentas de mujeres a manos de sus parejas o ex parejas, casi la cuarta parte, 23,54% a muertes sexuales, conocido hoy como feminicidio sexual, 18,82% feminicidio infantil, asesinato de niñas a manos generalmente de un conocido, incluso bebés mujeres asesinas sólo por haber nacido mujeres, 4,71% feminicidio familiar, mujeres asesinadas por un pariente, cercano o lejano y 2,35% feminicidio por ocupación estigmatizada, asesinatos de mujeres en situación de prostitución, según datos difundidos por el Centro de información y Desarrollo de la Mujer CIDEM.
El feminicidio, los crímenes de odio y desprecio a mujeres, responde en la mayoría de los casos, a relaciones de pareja donde los maridos, concubinos, novios o ex maridos han ejercido violencias sistemáticas contra sus parejas, desde la sicológica, la física y sexual, hasta que finalmente derivan en muertes casi siempre de enorme crueldad y que la normativa vigente en el país todavía califica como homicidio por emoción u ofuscación violenta y lo que es peor, se atenúa o elude la condena porque al feminicidio inhumanamente se lo sigue defendiendo como —asuntos familiares—, de la vida privada, ahondando aún más la impunidad y la perpetuación de un sistema judicial misógino (odiador de las mujeres) y profundamente discriminador contra la dignidad humana, por ello son escasas las sentencias por esta causa.
El feminicidio es un genocidio que se ejerce sistemáticamente contra las mujeres condenadas cotidianamente a vivir violencias extremas, torturas, violaciones, tratos crueles, inhumanos y degradantes, generalmente en el seno familiar y en distintas sociedades, democráticas o en regímenes autoritarios. A lo que se suman realidades que no se quieren ver como el incesto, el abandono de mujeres embarazadas, de madres solas o los suicidios inducidos por la extrema violencia.
Dolorosamente vivimos todavía en estados genocidas contra las mujeres, con sistemas judiciales anclados en culturas patriarcales y profundamente machistas que siguen culpabilizando y re victimizando a las mujeres, incluso incentivando la conciliación con los violadores y con los agresores, que por lo general son familiares a los que se encubre por los lazos afectivos y cuyos delitos, vejaciones o crímenes quedan en la impunidad, en aras de la defensa de la unión familiar, de preservar el núcleo de la sociedad.
Lamentablemente estamos ante las paradojas y perversidades humanas que transforman el amor en odio, el respeto en vejación, lo noble en degeneración producto de un sistema milenario de opresión, de ejercicio de poder y domino contra las mujeres, un —terrorismo masivo sexista— que ha ejercido históricamente el control sobre las mujeres, a costa de violencias, opresión y muerte.
Por ello se ha emprendido una cruzada a favor de sociedades y estados de derecho, que extingan milenarias violencias, impunidad ante cientos de miles de asesinatos sin castigo, delitos de lesa humanidad, como puntualiza Marcela Lagarde impulsora del feminicidio como teoría y figura legal, y para que el feminicidio se tipifique como delito que se incorpore al Código Penal, con la sanción de 30 años de cárcel, como mínimo, sin derecho a indulto; y que paralelamente, aunemos esfuerzos para transformar la mentalidad de todo un sistema judicial condenatoria a la dignidad y vida de las mujeres, de estados feminicidas.
* Feminista queer y periodista

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