marzo 2, 2021

Insumos para una Ley de Organizaciones Políticas en Bolivia. Democracia intercultural y organizaciones políticas

por: José Luis Exeni Rodríguez

¿Qué (no) es la democracia intercultural?

La Democracia Intercultural (DI) no es un modelo de democracia “al cual llegar”, como resultado de transiciones y consolidaciones. Al contrario, es el resultado de la disputa por la construcción democrática en un escenario de constitucionalismo transformador y de refundación estatal con experimentalismo democrático.

La DI tampoco se presenta como una democracia alternativa a la democracia liberal-representativa. No pretende desplazarla ni, menos, sustituirla. El propósito de la DI podría definirse como la búsqueda permanente de lo que llamaremos una ecología de las decisiones, como superación de las concepciones que reducen las democracias a la sola monocultura de la autorización.

En el marco del proceso (pos) constituyente en Bolivia, la DI expresa el desafío de la demodiversidad, esto es, el principio de que no hay una sola forma (hegemónica) de democracia, sino diversas concepciones y prácticas democráticas. En ese sentido, desde la continuidad pero también el salto cualitativo, la democracia intercultural implica el desafío de la convivialidad con igual jerarquía entre diferentes formas de democracia.

La democracia intercultural, pues, no existe ni como modelo ideal ni como realización. Ni siquiera habita el discurso de los principales líderes políticos. La DI es un horizonte normativo, una búsqueda en faena de edificación compartida en un escenario de plurinacionalidad. La DI es un rumbo, una (re)significación, un ejercicio de complementariedad.

El origen normativo, la interculturalidad de la democracia

¿De dónde surge la idea de una democracia intercultural? ¿Por qué? ¿Con qué propósitos? Las interrogantes son diversas. En principio es necesario asumir que la democracia intercultural, como denominación, no estuvo presente en la agenda de demandas sociales ni desafíos políticos del período de “crisis, inflexión y cambio” (2000-2005) en Bolivia. Tampoco apareció en las posteriores plataformas electorales y programáticas de los partidos políticos, ni en las propuestas y debates de la Asamblea Constituyente. Más aún: la DI, como tal, no figura en la nueva Constitución Política del Estado.

Pero si bien la DI no aparece de manera explícita en la letra del texto constitucional, está en cambio, con mucha claridad, en su espíritu. Y es que así como el pluralismo jurídico expresa la convergencia entre las jurisdicciones ordinaria e indígena originario campesina, y la economía plural es la síntesis de las formas de organización económica estatal, social-cooperativa, privada y comunitaria; en esa lógica, la democracia intercultural habita en el reconocimiento constitucional (Artículo 11) de las democracias directa y participativa, representativa y comunitaria.

La formulación discursiva de la DI surge concretamente en el proceso de diseño técnico de elaboración de las Leyes del Órgano Electoral Plurinacional y del Régimen Electoral, como parte del mandato constitucional de aprobación, en 180 días, de las llamadas “leyes orgánicas”. El origen de la democracia intercultural, pues, es un origen normativo, esto es, desde el Estado, en un espacio de (re)diseño institucional.

En ese marco, la DI surge con un triple propósito: a) sintetizar en una expresión el ejercicio de complementariedad entre las diferentes formas de democracia reconocidas en la Constitución; b) impulsar el principio de igual jerarquía entre ellas, en especial respecto a la democracia comunitaria; y, c) crear una base para su realización institucional, particularmente con el Servicio Intercultural de Fortalecimiento Democrático (SIFDE) del Órgano Electoral Plurinacional.

Ahora bien, el origen normativo de la democracia intercultural plantea un conjunto de problemas e interrogantes. ¿Qué significa el ejercicio complementario de tres formas de democracia? ¿Cómo se logra? O para empezar: ¿es posible hacerlo? Y es que la difícil articulación entre los principios de representación política, participación ciudadana y autogobierno tiene consecuencias específicas, entre otras, respecto a los sujetos, las temporalidades y, en especial, las escalas. Estos aspectos tienen implicaciones relevantes para pensar una Ley de Organizaciones Políticas.

Y también es fundamental, como tema para la reflexión y el debate, la siempre problemática distancia que suele existir entre el postulando principista y su ejercicio, entre el diseño institucional y su realización, entre lo que se declara-asume como intención y lo que, en las arenas democráticas realmente existentes, se hace.

¿Y qué significa la interculturalidad en la democracia? Si bien esta cuestión no es objeto de la presente reflexión, conviene precisar que el carácter intercultural de la democracia, que presupone la construcción compartida de un “núcleo común”, es diferente que la sola condición de multiculturalidad, que se limita al reconocimiento de la diferencia.

Democracia intercultural, representación, organizaciones políticas

 

¿Por qué es necesaria una Ley de Organizaciones Políticas que remplace a las actuales Ley de Partidos Políticos y Ley de Agrupaciones Ciudadanas y Pueblos Indígenas? ¿Acaso estas normas, que fueron diseñadas en el ámbito de la democracia pactada, quedaron “rezagadas” respecto al actual/nuevo horizonte democrático en el país? O mejor: ¿cuál debería ser la especificidad de una norma que regule la estructura y funcionamiento de las organizaciones políticas en una democracia intercultural que, por definición, las excede? ¿Cómo pensar la representación política, en fin, en un espacio de demodiversidad que, por su naturaleza y alcance, no puede estar centrado, como ocurría antes, en las elecciones periódicas, los partidos políticos y el voto individual?

Estas son algunas de las interrogantes que han sido planteadas y se están discutiendo como parte del actual proceso de diseño normativo de una Ley de Organizaciones Políticas en Bolivia.

En ese marco, a modo de insumo para la discusión propongo tres hipótesis de trabajo en torno a la relación entre democracia intercultural y organizaciones políticas:

  1. La democracia intercultural, en sus principios, en su ejercicio, es mucho más amplia que la sola democracia multipartidaria y, bajo esa premisa, supone un cuestionamiento a la concepción de las organizaciones políticas como actoras privilegiadas, cuando no únicas, de la democracia.
  2. La democracia intercultural no se agota en la sola representación política y, por tanto, difícilmente será expresada a plenitud por las organizaciones políticas, cuya centralidad y desempeño se concentran en una parte de las expresiones democráticas reconocidas en la Constitución.
  3. Una Ley de Organizaciones Políticas no puede abarcar el amplio campo de concepciones y prácticas de la democracia intercultural toda vez que, por definición, los mecanismos de democracia directa y participativa y, en especial, la democracia comunitaria, no requieren mediaciones partidarias para su ejercicio.

Estas hipótesis tienen consecuencias a la hora de pensar el diseño de una nueva norma para las organizaciones políticas en el horizonte de una democracia intercultural y en el ámbito de un Estado plurinacional comunitario con autonomías. De entrada plantea dilemas respecto al objeto y alcance de dicha Ley, pues difícilmente podrá decirse que se norma el funcionamiento de las organizaciones políticas, de igual modo, en todas las parcelas de la democracia intercultural.

¿Significa esto que las organizaciones políticas, y su Ley, se restringen al campo de la representación política y no tienen vinculación con la participación y el autogobierno? No necesariamente. ¿Significa entonces que las organizaciones políticas no son relevantes en/para la democracia intercultural? En absoluto. Significa más bien preguntarnos acerca del papel que habrán de desempeñar las organizaciones políticas en la proyectada complementariedad entre las diferentes formas de democracia.

Así las cosas, señalo dos potenciales tentaciones. Una radica en librar a las organizaciones políticas de su responsabilidad de pensarse y (re)situarse en el horizonte de una democracia intercultural, a cuya construcción debieran contribuir decisivamente. Las organizaciones políticas son necesarias, importan, cuentan, en una democracia intercultural. La otra tentación es forzar la presencia de las organizaciones políticas en espacios y prácticas donde resultan prescindibles. Muchas prácticas democráticas no requieren el concurso de las organizaciones políticas, que en determinadas circunstancias incluso pueden resultar nocivas.

Señaladas así algunas premisas resulta necesario plantear una prevención esencial. Las tres formas de democracia, que en su relación de complementariedad con igual jerarquía configuran la democracia intercultural en Bolivia, no constituyen campos políticos separados y compartimientos estancos. La propia naturaleza de la DI plantea la necesidad de proyectarla no desde sus partes, sino en su articulación en ejercicio, lo que además ya es un dato de la realidad como se registra en la elección de diputados en circunscripciones especiales y en la adopción mediante referendo de las autonomías indígenas.

También es necesario abordar el tema de las escalas a fin de prevenir contra una suerte de “división de funciones”: democracia representativa y sufragio corresponden a la escala nacional; democracia directa y comunitaria corresponden a la escala local-comunitaria. Ya vimos que la representación y el voto también son parte de las normas y procedimientos propios de las naciones indígenas. Y debiéramos asumir que prácticas democráticas como el consenso, la rotación, el ejercicio de autoridad por obligación, la representación cualitativa, la deliberación, los ámbitos de decisión colectiva, entre otras, pueden tener formas de realización más allá de la comunidad, a lo cual apunta precisamente la democracia intercultural.

Ahora bien, llegados a este punto es importante decir algo sobre la relación entre democracia intercultural y pluralismo político. ¿La DI presupone el pluralismo político o, más bien, lo niega? En otros términos: ¿puede haber realización plena del pluralismo político en una democracia intercultural? Sostengo que la DI antes que dar cuenta de la existencia o no del pluralismo político, lo que hace es transformar en esencia esta noción. Lo hace al pensar el pluralismo en la política, en la democracia, no sólo como expresión de alternativas reales y diferentes para elegir y decidir, sino como desafío de reconocimiento de la diversidad política y cultural.

Algunos elementos de síntesis con horizonte

Si asumimos que la democracia intercultural no es un “modelo” predefinido ni un “fin último” al cual llegar, debemos aceptar en consecuencia que estamos ante un campo de disputa, incierto, y un terreno en construcción, experimental. Ello no significa vaciar de contenido a la DI, sino todo lo contrario: implica expresar su horizonte múltiple en términos de demodiversidad en un escenario de plurinacionalidad como el boliviano.

Por definición la democracia intercultural no es, ni puede serlo, una democracia monocultural, a la usanza del canon hegemónico liberal-representativo, ni tampoco una democracia pluri-multi” que se regocija, ampara y detiene en el solo reconocimiento de la diferencia sin puentes/puntos de encuentro. La naturaleza de la DI plantea que sea asumida en términos de complementariedad.

Si asumimos que la democracia intercultural excede a la sola representación y, por tanto, no se agota en las organizaciones políticas; consecuentes con esa premisa la Ley de Organizaciones Políticas debiera asumir el desafío de transitar-a decir de Boaventura de Sousa Santos-de las dualidades a las ecologías. Esto es, no quedarse en la lógica de la autorización y proyectar, en cambio, una ecología de las decisiones; superar la lógica de la escala dominante y asumir una ecología de las transescalas; abandonar la lógica del tiempo lineal e identificarse con una ecología de las temporalidades; y, por último, traspasar la lógica de la naturalización de las diferencias, que discrimina y excluye, y asentarse en la ecología de los reconocimientos. Para el efecto será necesario que la democracia intercultural, y con ella las organizaciones políticas y su Ley, asuman el desafío de la traducción intercultural entre saberes y entre prácticas y sus agentes.

La adopción normativa de la Democracia Intercultural como horizonte de construcción/disputa con experimentalismo constituye un significativo avance respecto al solo reconocimiento de las tres formas de democracia en la nueva Constitución Política del Estado. Empero, el camino de implementación de dicho avance, en especial en las prácticas, puede generar cuestionables señales y síntomas de desconstitucionalización. La atención plena sobre este riesgo debiera estar en la mesa de diseño de una Ley de Organizaciones Políticas.

Por último, si bien es evidente que pueden existir brechas entre el principio normativo y su realización, ello no significa que se deba evaluar/juzgar a la democracia intercultural, como diseño, como ideal, por cuenta de las formas de ejercicio de poder. La DI ciertamente puede contaminarse pero no se define con arreglo a correlaciones de fuerzas ni estilos de gobernar. Y es que la democracia intercultural no es solamente la expresión-resultado de una “ampliación” de la democracia, sino más bien un cambio sustantivo en su cualidad, como si fuera la democracia misma, no sus adjetivos, la que cambiara.

*          Extracto del documento de trabajo presentado por el autor en el Taller sobre “Democracia intercultural y Ley de Organizaciones Políticas en Bolivia”, a pedido de IDEA internacional. Octubre de 2012.

**         Investigador boliviano con especialidad en constitucionalismo transformador y democracia.

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