octubre 21, 2020

Pobreza franciscana

Inmediatamente después de la elección del Cardenal Bergoglio como el mandamás de la iglesia católica, se puso en marcha una maquinaria mediática impresionante destinada a posicionar una imagen pontificia distinta a la que habían mostrado los últimos dos jerarcas católicos. Una imagen de humildad, de sencillez, de pobreza, de cambio en la iglesia romana fue la que la estrategia comunicacional vaticana desplegó por todos los medios del orbe.

Nada fue casual, porque en la capital del catolicismo nada es casual, nada puede ser casual. Todo comenzó, para los medios, con el nombre; haber elegido el nombre de Francisco, el de aquel fraile amante de los animales, de la naturaleza y amigo de los pobres, fue una primera señal en ese sentido. La procedencia tercermundista del prelado fue otro de esos mensajes.

La iglesia agobiada por múltiples problemas, oscuros manejos económicos, tráfico de poder, escándalos sexuales y acusaciones continuas y permanentes de pedofilia, que fueron no sólo la causa de la renuncia de Benedicto XVI, sino que son las que están marcando una severa crisis al interior del clero y un paulatino, aunque lento, desmoronamiento de ese poder acumulado durante siglos.

Que el nuevo papa haya determinado dejar ciertos privilegios que fueron habituales en sus antecesores no es nada más que un elemento de esta campaña mediática que busca, como objetivo estratégico, mostrar a través de lo que hace su máxima autoridad, que se avecina un tiempo de cambio en la iglesia.

Nada más alejado de la realidad, el poder acumulado durante siglos por la iglesia católica no va a cambiar de la noche a la mañana y menos por la simple voluntad del papa, pues detrás de él existe una enorme estructura que ha vivido, y seguramente lo seguirá haciendo, bajo el cobijo protector de la iglesia, que más allá de la actividad espiritual que debiera marcar su accionar, se ha movido al medio de importantes intereses políticos y económicos.

La llegada de Francisco, que pretende dar un aire nuevo a la alicaída iglesia, no va a pasar de ser una movida mediática, puesto que en estas primeras semanas no hemos escuchado más allá de la humildad y el renunciamiento del pontífice al automóvil de lujo, al apartamento papal, al sillón o algunas otras indumentarias, algo que permita avizorar verdaderamente un giro en la orientación del poder romano.

Nada se ha dicho sobre el castigo a los curas pedófilos, tampoco sobre cuál será el destino de las redes de prostitución homosexual vinculadas a la curia romana, el lavado de dinero o la vinculación de las finanzas vaticanas con la mafia internacional.

La iglesia católica hace mucho que está alejada de los pobres y nada parece indicar que esto pueda cambiar. La jerarquía puede asumir poses de humildad, pero no pasarán de ello. La fortuna de la iglesia católica que a la vez significa la base de su poder, nunca va a servir para combatir el hambre o la pobreza de cientos de miles de los propios católicos del tercer mundo o de las barriadas de la tierra del propio Francisco rioplatense. La acumulación de riqueza es parte de la razón de ser de esa jerarquía y si a aquello sumamos la orientación política conservadora de quienes tienen a su cargo la conducción de esta estructura religiosa, podremos concluir sin dudas en que ni el papa Francisco ni el entorno vaticano, nada tienen que ver ni con la humildad, ni la pobreza, ni menos el enorme amor por la naturaleza y por la humanidad del Francisco, el fraile de Asís, ni con la campaña de construir una imagen diferente del pontífice.

La iglesia es y seguirá siendo un imperio poderoso, en declinación es cierto, pero que nada tiene de parecido con la pobreza franciscana.

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