octubre 30, 2020

Asignatura pendiente

por: Manuel Canelas Jaime

Decía Javier Marías en un viejo artículo que la hipocresía a veces podía indicar ciertos cambios positivos de las actitudes sociales; es decir, todos recordamos como no hace tanto, diez o quince años como mucho, en las cotidianas conversaciones familiares, en las cenas, en los encuentros de gente que se reconocía como clase media (alta) en nuestro país, las observaciones racistas, los epítetos discriminadores, más o menos matizados, estaban a la orden del día y eran expresados sin empacho alguno. Para colmo ninguno de los presentes en dichos encuentros (salvo, quizás, el viejo tío “izquierdista” o el joven primo que había vivido años fuera del país y por lo tanto no lo entendía) se pronunciaba en contra de la pretendida verdad que contenían esos insultos. Acaso alguien piensa que el motivo real por el que, durante los años de su apogeo, los 90, se impedía la entrada de cierta gente a la discoteca Forum tenía algo que ver con que “justo esa noche se realizaba una fiesta privada”? Eso en el caso de que los guardianes de la puerta o los propietarios, que solían estar allí, pensarán que hacía falta alguna excusa…

El criterio real para impedir el ingreso a esa discoteca era el mismo que se usaba para valorar por qué la Universidad Católica perdía prestigio o los motivos que se esgrimían para dejar de ir al restaurante favorito: se estaba llenando de indios (taras, si se prefiere). Quizás el aspecto irreversible del proceso de transformación societal que vivimos sea precisamente que esos injustos techos de cristal se han quebrado definitivamente (eso no significa bajar la guardia contra la resignificación de las fronteras, siempre en marcha); esto lo podemos observar desde los saludables cambios estructurales: reconocimiento constitucional de nuestra condición plural, normativa específica para combatir la discriminación, etc. Pero resulta quizás más interesante la observación a nivel del suelo: cómo han cambiado esas conversaciones cotidianas, donde el familiar o el amigo racista, en varias ocasiones, se ve en la obligación de ser hipócrita, ante el miedo de tener una discusión con algún miembro distinto al tío izquierdista y quedar en franca minoría.

Seguramente sigue habiendo mucha gente a quien le molesta que, en determinadas horas, la otrora bendita calle 21 de Calacoto no se distinga mucho de la Pérez Velasco: por el tráfico, por la actividad comercial, por la composición socioeconómica de buena parte de los transeúntes, etc. Lo mismo sucede con muchos barrios, colegios y restaurantes. Sin embargo, quien piensa así está casi obligado a mascullar su descontento y podemos entender su obligada hipocresía social como señal inequívoca de que, aún a regañadientes, reconoce que algo está cambiando, que la ciudad, que el país, que sus calles son propiedad de más personas y que esto no tiene vuelta atrás.

Pues bien, lamentablemente esto no sucede si hablamos de las valoraciones sociales sobre las mujeres. A pesar de algunos cambios positivos en lo estructural (aún claramente insuficientes), en el nivel micro, las actitudes han variado poco respecto a décadas pasadas: sigue teniendo gran aceptación social el uso de una serie de lugares comunes machistas que consideran a la mujer un ser de condición inferior y, por lo tanto, legitimo su abuso (no necesariamente físico). El sentido común del proceso de cambio sigue siendo patriarcal y los intentos por parte de las mujeres de mejorar su situación son fuertemente contestados. No se ven muchos hipócritas en este campo, ya que no ven necesario el ocultar sus opiniones y esto es claramente una asignatura pendiente para el proceso que vivimos y todos somos responsables de esta situación.

La aprobación de la ley contra la violencia de género es imprescindible ya que, como decía un monje dominico: “entre el rico y el pobre, entre el fuerte y el débil, entre el amo y el esclavo es la libertad la que oprime y la ley la que redime”. Las mujeres se encuentran en una posición de clara debilidad y es por eso que el Estado debe intervenir favoreciéndolas para procurar equilibrar esta relación. Este esfuerzo quedará en nada si no viene acompañado por la presión social que consiga que, del mismo modo que en lo referente a la discriminación racial, empiecen a aparecer más hipócritas en nuestras calles.

*          Doctorando en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid

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