octubre 21, 2020

¿Qué hacer ante el colonialismo?

por: Martín Mercado V.

¿Qué hacer ante el colonialismo? ¿Exhumar viejas culturas o crear una nueva? Creo que según el “Discurso sobre el colonialismo” (Césaire; 1950, 1955) la respuesta, aunque problemática, es crear críticamente una nueva cultura. Comprendiendo, qué es colonialismo, podré sostener mi tesis.

Según Aimé Césaire, el colonialismo es la práctica de imposición mundial de un tipo de economía realizada por una civilización. Tal definición, sencilla de comprender, guarda una complejidad impresionante en el análisis de este pensador.

Primero, porque tal imposición se justificó mediante el discurso de civilización. La imposición económica supone la imposición cultural. Segundo, porque esta imposición cultural consiste en afirmar que la cultura dominante es civilizada y las otras no. Pero esto no es superposición, sino contaminación: “la Europa colonizadora ha injertado el abuso moderno en la antigua injusticia; odioso racismo en la vieja desigualdad” (314). Esto quiere decir que el colonialismo intensifica las jerarquías ya existentes en las culturas colonizadas con el fin de establecer una nueva jerarquía de escala mundial. Esto caracteriza al colonialismo de otras relaciones interculturales. Tercero, tal jerarquía produce un resentimiento hacia la propia cultura, en los feudales nativos, como un explosivo sentimiento nacional en los demás. Esta división de los colonizados es reflejada por Césaire en los personajes de Ariel y Calibán en Una tempestad.

Esta interpretación histórica cobra una dimensión ética en su libro, cuando el martiniqués resalta la contradicción performativa del discurso civilizatorio del colonialismo. Ya que la relación entre civilizados y salvajes supone la cosificación de los últimos y el “embrutecimiento” de los primeros. Él afirma: “el colonizador que, para irse haciendo a la idea, se habitúa a ver en el otro a la bestia y a tratarlo como bestia, tiende objetivamente a transformarse él mismo en bestia”. Por lo tanto, la colonización “desciviliza” al civilizado. Esta metamorfosis produce “el complejo de inferioridad, el temblor, el arrodillamiento, la desesperación, el lacayismo” en el colonizado. Por lo tanto la colonización civilizatoria se convierte en cosificación del colonizado.

Si la colonización civilizatoria produce embrutecimiento y cosificación; ésta es un proceso civilizatorio. Así, la colonización civilizatoria produce todo lo contrario de lo que postula su discurso. En este sentido, Césaire afirma que:

Todo esto prueba que la colonización, repito, deshumaniza aun al más civilizado de los hombres; que la acción colonial, la empresa colonial, la conquista colonial, basada en el desprecio al hombre indígena, y justificada por ese desprecio, tiende inevitablemente a modificar al que la emprende…

Por esto, Cesaire afirma que Europa es “moral y espiritualmente indefendible”.

Si esto es así, entonces qué hacer: ¿exhumar culturas hundidas y anegadas por el odio y resentimiento? O ¿Exterminar al enemigo colonial? Ambas opciones no son mutuamente excluyentes; es más, la idealización de las culturas perdidas puede operar como una perfecta justificación para iniciar un proceso salvaje de exterminio. Esta opción no es aceptable según la lógica del texto ya que: “una nación que justifica la colonización —y por tanto la fuerza— es ya una civilización enferma, una civilización moralmente minada que, irremisiblemente, de consecuencia en consecuencia, de negación en negación, clama por su Hitler, o sea, por su condena”. Y es que Hitler, para Aimé, no es otra cosa que la implantación de la fuerza colonial en el seno mismo de Europa. Esto es lo que aterra a los europeos: no el uso de la violencia sin límites, sino el uso de la violencia colonial sobre ellos mismos.

Sin embargo, ante este problema queda la posibilidad de idealizar una cultura y actuar pacíficamente. Esta opción parece más aceptable que aquella. A esta nueva opción, el martiniqués la denomina “apología sistemática”) y opera en la disputa interpretativa de la historiografía del proceso colonial. El problema es que esto puede conducir a la fácil oposición dicotómica en la que a veces cae el “Discurso…”. Lo más indeseable de ello, es olvidar que el colonialismo además de la fuerza, usa el sistema de pactos ya referido, lo que termina encubriendo la violencia interna o colonialismo interno.

Por lo tanto, considero que la “apología sistemática” debe ser comprendida como una herramienta teórica que permite interpretar críticamente no el pasado de una cultura, sino el proceso colonial. “Para nosotros —dice Césaire—, el problema no está en una utópica y estéril tentativa de reduplicación, sino en una superación”. Esta superación consiste en crear una sociedad saludable, opuesta a la enferma Europa, en la que se evite el discurso civilizatorio colonizador. En palabras del martiniqués: “Lo que nos hace falta es crear —con la ayuda de todos nuestros hermanos esclavos— una sociedad nueva, rica en toda la potencia productiva moderna, cobijada en toda la antigua fraternidad”.

¡Exacto! La superación es la creación de una nueva sociedad mediante el proceso de mestizaje: la tecnología moderna europea y la fuerza moral de las antiguas culturas, su “fraternidad”. Crear significa “apología sistemática”como adoctrinamiento moral fraterno y apropiación de la tecnología moderna. ¿Pero, esto es posible?

La respuesta más que negativa parece sospechosa, ya que el referente es la Unión Soviética que “nos da algunos ejemplos”. También se convierte en sospechosa ya que cabría preguntar si los “hermanos esclavos” no tenderán a reproducir las jerarquías coloniales, ya que la colonización, como toda enfermedad potente, siempre deja secuelas en los infectados. Aimé piensa que los colonizados tienen una ventaja moral, saben la verdad, es decir: la farsa del discurso civilizatorio. Pero cabría preguntar si esa ventaja no es más que una ventaja retórica. Y si esa ventaja los liberaría de reproducir la “división social del trabajo” que asuman con la tecnología en su superación cultural que propone Césaire. Estas son preguntas abiertas que no invalidan el aporte de Césaire y como sea que sean respondidas no se podrá negar una afirmación que me llamó la atención: “no se pudren por la cabeza las civilizaciones. Primero es el corazón”.

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