marzo 31, 2020

La concertación, la cooperación y la integración en la historia de América Latina -I-

El artículo muestra como en la historia de América Latina se observa una mayor gravitación de los esfuerzos de concertación que en la apuesta hacia una verdadera integración, en medio del dominio estadounidense.
Gran interés despierta el surgimiento en los últimos años en América Latina y el Caribe de varios mecanismos intergubernamentales de concertación política, cooperación en diversas esferas y/o integración económica. Los más recientemente creados son la Asociación de Naciones Sudamericanas (UNASUR) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). La característica más sobresaliente de este último es que agrupa a todas las naciones del subcontinente, explicitemos que sin la participación de los Estados Unidos y Canadá, atributo que sugiere una asociación de ideas con los sueños de unidad de muchos hijos e hijas de la que José Martí llamó Nuestra América.

Los antecedentes históricos de la problemática de la concertación, la cooperación y la integración latinoamericana y caribeña datan de hace más de 520 años. Mediante la dominación colonialista, el aplastamiento socio-étnico-cultural, el sometimiento de los aborígenes a formas de trabajo semiesclavo y la importación de esclavos africanos, Nuestra América fue incorporada a la entonces naciente formación económico social capitalista como apéndice suministrador de riqueza que abonó el proceso de acumulación originaria del capital. [1] Se fija así su ubicación subordinada y dependiente en la división internacional del trabajo, que muta acorde con las exigencias de cada estadio de desarrollo del capitalismo, pero sin que deje de llevar, junto a Asia y África, la peor parte de los efectos de la Ley del desarrollo económico y político desigual.

Saqueada del oro y la plata de sus minas en los siglos XVI, XVII y la primera mitad del XVIII -sin recibir a cambio bien europeo alguno-, y luego sujeta a diversas modalidades de intercambio desigual de productos primarios por productos industriales, que repercute en una siempre creciente deuda externa, y por momentos incluso “desconectada” de las principales potencias capitalistas, [2] de esta historia de dominación, explotación, subordinación y dependencia, se deriva que cada una de las naciones latinoamericanas estableció -y sigue aprisionada por- relaciones económicas, comerciales y financieras verticales con potencias extra regionales. Lo mismo sucede con los países de habla inglesa, francesa y holandesa del Caribe que accedieron a la independencia en la segunda posguerra mundial. El correlato de esas relaciones verticales es la desintegración o falta de integración económica del subcontinente. A pesar de los mecanismos regionales y subregionales de “integración” creados a partir de la década de 1960, esta sigue siendo una utopía, entendida según la conocida definición de Eduardo Galeano: mientras más caminamos hacia ella más se aleja, pero nos impulsa a caminar.

Es común oír, en genérico, alusiones a los mecanismos intergubernamentales existentes en América Latina y el Caribe como mecanismos de integración. Si bien esas funciones se interrelacionan en mayor o menor medida, en el caso del subcontinente se ha avanzado mucho más en la concertación y la cooperación, mientras que en la “integración” priman los acuerdos comerciales y de inversiones basados en el regionalismo abierto, que refuerzan la histórica relación vertical de cada nación latinoamericana y caribeña con los centros de poder mundial y, por consiguiente, impiden una genuina integración regional orientada a satisfacer las necesidades de los pueblos. En rigor, no puede decirse que en todos los países de América Latina y el Caribe exista la conciencia, la voluntad y la decisión de construir esa genuina integración. Esta todavía una batalla que debemos librar “cuesta arriba”.

Las primeras ideas de unidad latinoamericana fueron de Francisco de Miranda (1750-1816), quien concibió un imperio llamado Colombia, formado por los territorios de Hispanoamérica y Brasil. Quien más hizo para tratar de forjar esa unidad fue Simón Bolívar (1783-1830), cuya visión era la de una república federal también llamada Colombia, que abarcara a toda Hispanoamérica. Con ese propósito, concluido el proceso de independencia de esta última, a instancias de Bolívar, en 1826 se celebra el Congreso Anfictiónico de Panamá. Sin embargo, este fracasa debido a tres factores: la extensión y diversidad de las repúblicas hispanoamericanas, [3] la carencia de un desarrollo económico y un mercado capitalistas que sirvieran de base para asentar una unidad nacional; y la oposición de los Estados Unidos e Inglaterra. [4] De modo que la naciente América Latina resultó incapaz de establecer vínculos políticos, económicos y sociales que cimentaran su unidad.

Aunque Inglaterra fue la principal metrópoli neocolonial de América Latina entre las décadas de 1850 y 1920, a la larga fueron los Estados Unidos los que, partiendo de su supremacía inicial en la Cuenca del Caribe, progresivamente lograron vencer las resistencias y afianzar su dominación política, económica, militar y cultural en todo el continente. Esa dominación fue impuesta mediante la combinación de dos mecanismos, a saber, las acciones unilaterales de fuerza y la construcción de un sistema de relaciones intergubernamentales hegemonizado por esa nación.

Las acciones unilaterales de fuerza contra las naciones latinoamericanas y caribeñas comienzan durante la fase de expansión territorial de los Estados Unidos en la masa continental de América del Norte (1776-1853), período durante el cual se produce, entre otros, el despojo de más de la mitad de los territorios de México mediante la Guerra de 1847 y la Compra de Gadsen (1853). Por su parte, la construcción del llamado Sistema Interamericano comienza en el período en que los Estados Unidos ingresan en la fase imperialista del capitalismo, con la celebración de la Primera Conferencia Internacional de las Repúblicas Americanas (1889-1890) y la Conferencia Aduanera Internacional Americana (1891), y solo logra materializarse alrededor de cinco décadas después -a raíz del ascenso de los Estados Unidos al peldaño de principal potencia imperialista, ocurrido en la Segunda Guerra Mundial-, mediante la creación de la Junta Interamericana de Defensa (JID, 1942), el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR, 1947) y la Organización de Estados Americanos (OEA, 1948), complementado después del triunfo de la Revolución Cubana con la fundación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID, 1962).

En los primeros tres lustros de la posguerra, la hegemonía estadounidense sobre el resto de las naciones imperialistas fue reforzada en virtud de su papel protagónico principal en la guerra fría, la reconstrucción posbélica y la carrera armamentista, mientras en América Latina su dominio se extendió y profundizó con la imposición de dictaduras militares y gobiernos civiles autoritarios dóciles a sus dictados, justificada con el pretexto de combatir la “amenaza extracontinental del comunismo”. En los años cincuenta, la época del macartismo y el rock and roll, los afiebrados delirios de conquista, dominación, explotación y “grandeza” de los “padres fundadores” (founding fathers)parecían haber encarnado -en una magnitud y con un alcance que ellos no podían siquiera haber imaginado-, en un supuestamente sólido sistema de dominación imperialista mundial que, sin embargo, resultó no ser tan sólido porque se resquebrajó e hizo crisis entre finales de los años sesenta e inicios de los setenta.

La reconstrucción de la planta productiva europea occidental, la conversión de la industria militar alemana y japonesa en industria civil, y el crecimiento de la capacidad productiva y exportadora de los “tigres asiáticos” -fomentado por las potencias imperialistas en función de sus intereses geopolíticos-, repercutían en el desemboque de una creciente masa de mercancías y capitales en un mercado mundial cuya capacidad de absorberlos crecía a un ritmo mucho más lento, y en el que los Estados Unidos seguían volcando su propia masa de mercancías y capitales, con igual o mayor intensidad que en los años precedentes, cuando era prácticamente su único abastecedor. Ello provocó el agravamiento de la crisis general del sistema capitalista de producción, cuyos efectos el mundo sigue y seguirá padeciendo, cada día más.

La correlación mundial de fuerzas pasó a ser menos desfavorable para la URSS en virtud de que esta logró emprender la construcción de vehículos intercontinentales portadores de armas, lo cual repercutía en el establecimiento de una paridad nuclear estratégica, y también por el entonces aparente achicamiento de la brecha económica y científico-técnica que la separaba de las potencias imperialistas en la “competencia Este-Oeste”. En estrecha asociación con lo anterior, esa correlación se inclinaba a favor de las luchas independentistas y revolucionarias en el “Tercer Mundo”, en la medida en que la descolonización de África del Norte y Asia coadyuvaba a intensificar la lucha anticolonialista en África Subsahariana, la acción del Movimiento de Países No Alineados y la demanda de un Nuevo Orden Económico Internacional.

En la América Latina de la década de 1960, el agotamiento de los proyectos nacional-desarrollistas que paliaron la desconexión sufrida por la región a partir de la crisis de 1929, el creciente rechazo a la opresión y represión características de la guerra fría y la repercusión del triunfo de la Revolución Cubana, ocurrido el 1ro. de enero de 1959, provocan un auge de las luchas de la izquierda y el movimiento popular que incluye: el flujo y reflujo de la lucha armada revolucionaria, coronado con el acceso al gobierno del Movimiento de la Nueva Joya en Granada, en abril de 1979, y el triunfo de la Revolución Popular Sandinista en Nicaragua, en julio del mismo año; experiencias relevantes de lucha electoral como el gobierno de la Unidad Popular en Chile (1970-1973) y la construcción del Frente Amplio en Uruguay (1973); y los gobiernos militares progresistas de Juan Velasco Alvarado (Perú, 1968-1975), Omar Torrijos Herrera (Panamá, 1978-1981), Juan José Torres (Bolivia, 1970-1971) y Guillermo Rodríguez Lara (Ecuador, 1972-1975).

En los Estados Unidos, el opresivo y represivo clima macartista -no así el antisovietismo y el anticomunismo prevalecientes- sucumbían bajo la presión de los movimientos de protesta que estremecieron a esa nación en las décadas de 1960 y 1970, entre los cuales resaltan los movimientos por los derechos civiles, estudiantil, antibélico y de la contracultura, al tiempo que Europa Occidental también era escenario de protestas típicas de las entonces llamadas sociedades afluentes, cuya máxima expresión fue el mayo francés de 1968.

La erosión del poderío del imperialismo norteamericano “toca fondo” entre finales de los años sesenta y la primera mitad de los setenta. Baste mencionar acontecimientos destacados de ese momento como las Conversaciones sobre Limitación de Armas Estratégicas entre los Estados Unidos y la URSS (1969-1972) concluidas con la firma del tratado SALT I; los “shocks de Nixon” (1971-1973), que incluyen la cancelación de la paridad dólar-oro establecida en los Acuerdos de Bretton Woods; el Escándalo de Watergate (1972), que obligó a la renuncia del presidente Nixon y el vicepresidente Agneu; y, como colofón, la derrota sufrida en la Guerra de Vietnam, que obliga a los Estados Unidos a firmar los Acuerdos de París (1975).

Tras la defenestración de Nixon, durante la presidencia de su sucesor constitucional, el entonces presidente de la Cámara de Representantes, el republicano Gerald Ford (1974-1977) y también durante el mandato del presidente demócrata James Carter (1977-1981), en los círculos de poder de los Estados Unidos se libraba una encarnizada guerra en torno a una opción estratégica: ¿cómo reaccionar ante la declinación del poderío del imperialismo norteamericano? ¿Aceptarla como irreversible y negociar, con aliados y enemigos, una nueva repartición de cuotas de poder menos ventajosa -pero ventajosa, a fin de cuentas- para los Estados Unidos? ¿Utilizar la supremacía militar estadounidense, como elemento de presión sobre los aliados y de chantaje contra los enemigos, para recuperar el terreno perdido en el ámbito económico?

La administración de Ronald Reagan (1981-1985-1989) es la que “resuelve” las disputas sobre el rumbo estratégico que adoptaría el imperialismo norteamericano durante las últimas décadas del siglo XX y en lo adelante, es decir, impone el llamado consenso bipartidista que hasta hoy impera en los asuntos medulares de ese país. En relación con la disyuntiva acerca de la conveniencia de adoptar una política interna y externa conciliadora o agresiva, tanto en la condición de candidato presidencial en 1976 y 1980, como en su carácter de presidente de 1981 a 1989, Reagan mantuvo una postura invariable a favor del uso de la represión y la fuerza. Con él no habría un “balance de poder mundial” como había propuesto Kissinger apenas años antes. Los aliados tendrían que compartir los costos -más que los beneficios- de la dominación mundial, mientras que a la URSS no solo se le negaría el reconocimiento de sus “esferas de influencia”, sino incluso el de su propio derecho a existir: la doctrina de la contención sería sustituida por la doctrina de la reversión del comunismo (roll back).


*    Doctor en Ciencias Filosóficas, profesor-investigador del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU) de la Universidad de La Habana, miembro de la Asociación de Escritores de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), coordinador de la colección Contexto Latinoamericano de la editorial Ocean Sur, y editor-jefe del sitio web (contextolatinoamericano.com).

1    El término acumulación originaria designa a la riqueza producida fuera del sistema de producción capitalista que se invierte en su formación y despegue.

2    Ello ocurrió en dos ocasiones: primero, entre las décadas de 1820 y 1850, cuando ni Inglaterra ni los Estados Unidos tenían condiciones para afianzar su dominación neocolonial en el subcontinente; y, segundo, entre las décadas de 1910 y 1950, cuando la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión (1929) y la Segunda Guerra Mundial mantuvieron cortado el acceso de América Latina a los mercados norteamericano y europeo.

3    Téngase en cuenta que la extensión y diversidad de las recién surgidas repúblicas hispanoamericanas eran mayores que en la actualidad, pues el 1826 México aún no había sido despojado de más de la mitad de su territorio por parte de los Estados Unidos.

4    La idea bolivariana de la unidad no incluía al Brasil independiente porque seguía siendo un imperio (no una república), mantenía la esclavitud (hasta que en 1888 fue la última nación de América en abolirla, y pretendía anexarse territorios del Cono Sur hispanoamericano.

Be the first to comment

Deja un comentario