Hacia 1973 de Nikolái Ivánovich Bujarin, abrevé el “A.BC: del Comunismo” una suerte de catecismo con más luces y desafíos —pero recetario al fin— que aquel que punta de sanciones me enseñaron a recitar los hermanos franquistas de La Salle. De “La economía mundial y el imperialismo”, obtuve una visión del comportamiento planetario de la acumulación capitalista en su fase más depredadora de las economías dependientes, que como Bolivia, se anclaban en la producción de materias primas mientras el imperio se industrializaba a nuestra costa. Bujarin fue considerado por Lenin el “teórico más valioso y destacado” cuadro Bolchevique, pero este ponderación no lo salvó de caer víctima de las furiosas razias de Stalin. Fue arrestado en 1937 y en marzo del año siguiente ejecutado con otros veinte prominentes cuadros de la revolución soviética, acusados por la policía secreta de “traición” de otras falsas tropelías. Como Saturno, la revolución se tragaba a sus propios hijos e hijas (según una premonición atribuida al jacobino Danton).
Con los años me olvidé de Bujarin, aunque de vez en cuando me rencontraba con su “Economía Política del Rentista”, una sustentada crítica de la doctrina marginalista que se enseña en nuestras carreras de Economía. A punto de ser sacrificado por la revolución que había contribuido a construir, Bujarin escribió una carta a Anna Larina, su compañera. Recién en julio de 1992 llegaría a sus manos. Para entonces, como Bujarin vaticinó en 1937, el poder burocrático soviético estaba a punto de desmoronarse y volver al capitalismo. Acertó también en el trágico destino que aguardaba a Larina y su familia. Ella fue condenada y separada de su hijo Jurka que tenía solo once meses cuando sus progenitores fueron detenidos. Recién pudo verlo 19 años más tarde. Larina por su parte pasó dos décadas en un gélido gulag. El poder estalinista no solo era injusto y despótico, sino frío y cruel. Usó su voluntad omnímoda para eliminar a sus adversarios y crear una nueva clase al amparo de la propiedad estatal.
Con la Perestroika, el buen nombre de Nikolái Bujarin fue “rehabilitado”. Sus obras salieron de los herméticos archivos del Kremlin, donde permanecieron presos por casi seis décadas, entre ellos una novela autobiográfica redactada al pie del patíbulo. Larina publicó en 1991 su denuncia “Lo que no puedo olvidar”; un rencuentro con Bujarin al que conoció cuando solo tenía 16 años: “Debo decirte que jamás me he arrepentido de haber unido mi vida a la tuya. ¡Es imposible olvidarte!
* El autor es historiador
Correo: keynes73@yahoo.com

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