noviembre 29, 2020

Villarroel y la clase obrera

La política del presidente Gualberto Villarroel posibilitó una inédita aproximación laboral a la política dieron a entender que no sólo era posible, sino también deseable, la acción colectiva estructurada de obreros, campesinos y sectores medios como los soportes del “nuevo” Estado boliviano. Es de reconocer que el reformista militar, más padrino que progenitor, arbitró, mediatizó y canalizó las demandas laborales. A no dudar fue más permisivo que organizador, pero su modus operandi consistió en la “omisión represiva”. No desbarató de cuajo los emergentes sindicatos, como sucedía anteriormente. Funcionó, como un paraguas que pudieron aprovechar mejor aquellos sectores laborales que, como los mineros, incorporaban en su formidable avance una tradición de largas y ásperas jornadas por el derecho a la organización y la vida. No debe olvidarse que la propia creación de la FSTMB en 1944, pese a los fuertes antecedentes organizativos que portaba la memoria minera, requirió de apoyo del Estado. Las relaciones entre el Poder Ejecutivo y los mineros se basaban en un sistema de tolerancia mutua que contribuía a limar asperezas y desencuentros radicales e irreversibles.

La política social de Villarroel, su condescendencia hacia los trabajadores mineros y su política de apertura, hacia el mundo indígena y obrero generaron pavor en las elites dominantes y una parte de la izquierda marxista. Contrastando con el aquelarre urbano que culminó con el colgamiento del Presidente Villarroel y dos de sus colaboradores el 21 de julio de 1946 en la Plaza Murillo, en las minas se vivió un ambiente de protesta. El ambiente estuvo motivado por la sensación de desamparo emanada de la certeza de que la muerte del Estado paternalista, como en otras oportunidades, sólo traería nuevas desgracias. La desesperación no se limitó a la congoja, sino que se convirtió en ira. Varios distritos mineros, como Oruro, se declararon huelgas y se asaltaron puestos de policía o patrullas del Ejército en busca de armamento, mientras los trabajadores procuraban medios para trasladarse a la Ciudad de La Paz en un postrero intento de defender a Villarroel, el “tata” de los indios o el “amigo” de los mineros.

Poco importa si la extraviada izquierda que participó en el derrocamiento de Villarroel pensara que la caída del “nazifascismo criollo, sería apenas un medio que les abriría las anchas puertas a la “verdadera” revolución social. El resultado objetivo fue que facilitaron el retorno de la “rosca” y las fuerzas de la derecha a las esferas del poder.


*    El autor es historiador
     keynes73@yahoo.com

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