noviembre 24, 2020

Gestión macroeconómica de corto plazo y pugna distributiva inflacionaria

por: H. Ernesto Sheriff B.

Es evidente que la economía boliviana atraviesa un periodo de bonanza cuya explicación no se limita a la coyuntura externa exclusivamente, hay una serie de indicadores que demuestran que la mano humana – la gestión – está detrás de la mano invisible del mercado. La gestión de la demanda interna, el manejo del tipo de cambio, la administración de la inflación, el manejo de las reservas internacionales, entre otros, han jugado un rol en el resultado impulsado por la bonanza externa: altas tasas de crecimiento, aumento de los salarios reales, disminución del desempleo hasta su cuasi tasa natural, baja inflación, superávits gemelos fiscal y externo, disminución del endeudamiento externo, bajas tasas de interés, alto grado de monetización doméstica, etcétera.

Hay una serie de efectos colaterales en cuya corrección aún la gestión puede también influir en algo. Una burbuja inmobiliaria que está mermando la competitividad de los transables no tradicionales en el largo plazo, una explosión del consumo suntuario por parte de las clases beneficiadas con la combinación externa y gestión (cooperativistas, exportadores de soya, constructores, contrabandistas, narcotraficantes, gremiales, y resto de economía subterránea) y los sectores que venden servicios a estas clases (bancos), que está presionando sobre la demanda agregada y – dado el pleno evidente – sobre la inflación. La realidad de la gestión macroeconómica ortodoxa ensayada hasta ahora, es que debe ahora aunque tarde evitar lo que se conoce como inflación derivada de pugna distributiva.

Los sectores no beneficiados por la bonanza, buscarán vía precios mantener su participación en la renta nacional. A su vez el Estado vía intervenciones directas en el mercado laboral, estimula esta pugna, que exigirá a la gestión mayores y mas variadas medidas de esterilización, la suma final son resultados que ya se están viendo, ligeras modestas limitadas mejoras en la calidad de vida de la mayoría de la población, al mas puro estilo del modelo chileno ensayado con el arribo de Pinochet, que reforzó una clase dominante empresarial, indujo un boom de construcción e hizo crisis abrupta en 1982.

El Estado debiera aumentar la presión tributaria en los sectores ganadores con la bonanzas, casi ninguno de ellos tributa, y si lo hace son montos insignificantes. Debiera aumentar la regulación laboral sobe dichos sectores que de paso, son altamente informales y, en aquellos que son delictivos debiera eliminarlos como corresponde en Ley, es inconcebible que parte de la bonanza beneficie a contrabandistas y narcotraficantes.

El Estado debiera orientar el crédito hacia sectores menos beneficiados con la bonanza como la industria y la agricultura tradicional, ahora es más fácil financiar un auto último modelo que un nuevo negocio industrial o de servicios. El Estado sufrirá un fuerte desgaste desactivando sector por sector la pugna distributiva, si no lo logra la tasa de inflación alcanzará un nuevo mayor punto estacionario que políticas ortodoxas como las ensayadas hasta ahora no podrán disminuir en el corto plazo. El Estado debe pasar de la política ortodoxa a la economía política, buscar por todos los medios una participación equitativa de todos los agentes en la renta, con iguales derechos e iguales obligaciones, por lo menos en el plano tributario.

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