noviembre 26, 2020

La historia que Peñaranda no escribirá jamás

Algún fantasma borró mi texto del facebook sobre Raúl Peñaranda. Acaba de hacérmelo notar José Luis Exeni. Pues bien, como las ideas son precisas y no hay que extenderse mucho, van los criterios otra vez:

Raúl Peñaranda no escribirá jamás una historia totalizante de la manipulación mediática a la que fue sometida Bolivia entre 2006 y 2009, cuando el embate cívico prefectural separatista buscaba tumbar el nuevo proceso político triunfante en un país que ya tenía nueva constitución.

Raúl Peñaranda sólo puede escribir los retazos de la problemática mediática en Bolivia en consonancia con los intereses patronales de su tocayo y jefe, Raúl Garafulic Lehm, porque Raúl es un periodista “independiente”, de esos que sólo escriben sobre los fragmentos útiles a sus fines.

Su remoto librito vale por lo que no dice, por lo que soslaya con premeditación: El gobierno no tuvo otro camino que animar a empresarios conmovidos con las transformaciones que estaban comenzando a producirse en nuestro país, a que invirtieran en la compra de medios a fin de instalar un equilibrio informativo necesario en un sistema democrático y plural, porque la dictadura mediática de los Kuljis, los Monasterios y afines producía encerronas televisivas para trapear dirigentes indígenas y campesinos, para azotar a intelectuales de izquierda, en otras palabras, para seguir dando manotazos de resistencia a la victoria popular nacionalizadora a través de la televisión privada fundamentalmente.

Eso no está en el titulado “Control remoto”. No estará. Como si la historia de los medios en Bolivia comenzara con la nueva propiedad de un diario o un par de estaciones televisivas que ahora se encargan de mostrar lo que el gobierno hace, aparte de las tareas que realizan los medios gubernamentales. El origen de los que Peñaranda llama “medios paraestatales” es la abominable manipulación, el falseamiento de las verdades que en Bolivia empezaban a quedar al descubierto, y gracias a estas decisiones, se ha podido ponerle freno a la olímpica antiética de esos medios reaccionarios a los que Peñaranda homenajea.

Esa es la verdad completa. No la que con una grosera deshonestidad intelectual, plantea Peñaranda, todo porque un ministro lo trituró, cuando dirigía Página Siete, y no tuvo la entereza para defenderse desde la silla que le pusiera Garafulic, su jefe vitalicio.

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