diciembre 3, 2020

Consecuencias de una guerra

Es innegable que la derrota boliviana en la Guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay consumada entre 1932 y 1935 contribuyó a profundizar la crisis larvada de hegemonía de la sociedad oligárquica. Si el presidente Daniel Salamanca —”El hombre símbolo”— pensó detener el creciente malestar social que se agudizaba desde frentes urbanos y rurales, desde universitarios, trabajadores e indígenas desde fines de los años 20 del siglo pasado con el conflicto bélico y merced a un posible triunfo frente al Paraguay, las cosas tomaron precisamente el rumbo opuesto y más bien las ideas nacionalistas y marxistas las que se habían empezado a propagar a fines de los años 20, se difundieron por los sectores de intelectuales y trabajadores.

Las ideas liberales y republicanas ingresaron en crisis y cada día tenían menos adeptos ente jóvenes reformistas que entonaban un coro entre reformista y revolucionario. Los miles de muertos y heridos en las desoladas arenas del sudeste pesaron definitoriamente en la balanza de la historia. La conciencia nacional se enfrentó con su destino, convocada por nuevos actores sociales que fueron construyéndose a la medida que elaboraba una crítica a la sociedad oligárquica. De la sensación de derrota colectiva que impregnó en la sociedad civil la contienda, salió un poder mucho más débil y cuestionado en su liderato moral e intelectual. Su propia base de sustento, el Ejército que sucesivamente había desbaratado las protestas mineras y sus intentos de organización en las décadas precedentes, se quebró desde dentro.

Se abrió un ancho e irreversiblemente hacia tendencias nacionalistas y de izquierda marxista convencidas de su misión de modernizar el país, si era preciso, por encima del propio cuerpo de la apostrofada “rosca” minero-feudal que dominaba con injusticia y segregación social y racial la República desde su fundación en 1825 del Estado Oligárquico monocultural, clasista y racista. Las nítidas consecuencias de la crisis de dominación fueron el nuevo marco de recepción para las demandas obreras, cobijadas en el corazón mismo del sistema político. El gobierno boliviano emergente de la guerra, que hasta entonces había funcionado como un “Estado Mayor Oligárquico” atendiendo con prestancia sus requerimientos para domesticar la mano rebelde del trabajo y desbaratar, incluso por la fuerza y la sangre, cualquier intento de organización laboral, buscó con timidez colocarse equidistante del gran capital minero de los Barones del Estaño y los latifundistas que usufructuaban la fuerza de trabajo indígena


* El autor es historiador.

   keynes73@yahoo.com

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