noviembre 30, 2020

Todos somos keynesianos

por: Pedro Montes

Las últimas decisiones del BCE a primeros de septiembre han dado lugar a muchos comentarios sobre su significado y su impacto para remediar la crisis económica europea, o, con más precisión, el estancamiento que sufre la zona euro. Tengo la impresión de que los análisis de la política del BCE están desorientados y que hay pocas razones para la esperanza: las expectativas de mejora que han suscitado las medidas del BCE son falsas pues se tiene que seguir imponiendo la austeridad y, quizás peor aún, conducen a un desastre mayor en el futuro porque engrosarán la montaña de deuda que sepulta las economías reales.

Un nuevo escalón de una política fracasada

Dos son los cambios introducidos por Draghi en su última comparecencia. Por un lado, la disposición a comprar activos a la banca privada para inyectar liquidez por una cantidad que se dice puede alcanzar el billón de euros; por otro, la irrelevante, aunque llamativa, bajada del tipo de interés al que presta dinero el BCE, del 0,15 al 0,05%. Desde hace tiempo, el BCE, sorteando su ortodoxia, viene proporcionando mucha liquidez al sistema financiero a tipos de interés extremadamente bajos, como por otra parte ha hecho la Reserva Federal norteamericana y el Banco de Japón.

No obstante, hay algo de novedoso en la política anunciada por el BCE que rompe las prácticas que aplicaba hasta ahora y que debe interpretarse como un signo de la preocupación y desesperación de los dirigentes europeos. Hasta ahora el BCE, no pudiendo adquirir deuda pública de los Estados, inyectaba liquidez a través del sistema crediticio admitiendo deuda pública soberana como cobertura de los préstamos concedidos, una forma denunciada con reiteración debido a los beneficios que otorga a la banca por la diferencia entre los tipos a los que presta el BCE y a los emiten deuda pública los Estados.

A partir de ahora el BCE comprará directamente activos privados de la banca, con la intención de que las instituciones crediticias se animen y concedan créditos al sector privado productivo -con el mismo fin, el BCE ha elevado del 0,10 al 0,20% el tipo de interés negativo a los que remunera los depósitos de los bancos, encareciendo, por tanto, la liquidez ociosa). Todas las cuestiones sobre las repercusiones de esta nueva política del BCE se reducen a especular sobre cómo reaccionará el sistema bancario de cada país a estas nuevas facilidades. No se han aclarado ni el monto, ni los ritmos, ni cuál será la distribución de esa liquidez que llevará a cabo el BCE entre los distintos países, un tema este último no desdeñable que creará tensiones y disputas entre los gobiernos y que remite a una de las fallas de la conformación de la zona euro: un único banco emisor ha de proveer de liquidez a 17 economías distintas que sobrellevan problemas muy diferentes (es la misma dificultad latente que impide prosperar las propuesta de permitir el acceso directo de los Estados al BCE o de realizar emisiones de los llamados Bonos europeos).

El descenso del tipo de interés a ese simbólico 0,05% no puede tener ningún efecto significativo sobre la economía real. La crisis tiene raíces profundas y la situación es demasiado compleja como para que este gesto de Draghi cambie un panorama desolador, plagado de grandes incertidumbres, incluidas las políticas.

Estas nuevas medidas del BCE para suministrar abundante liquidez a tipos de interés irrisorios y la última bajada ponen de manifiesto el fracaso de la política monetaria del BCE, que, con matices, viene aplicando desde 2009. Además, revela lo mal que deben ver la situación los analistas del BCE y su falta de confianza en que la zona euro salga de la paralización. Pretende infundir optimismo reduciendo todavía más los tipos de interés, pero hay una conclusión clara: las economías no reaccionan a las indicaciones y políticas del BCE.

La trampa de la liquidez

De esta constatación debiera inferirse algo que ya estudió la teoría económica y que fue un elemento crucial en la revolución keynesiana en los años 30. Es lo que se denomina la “trampa de la liquidez”. En una situación económica determinada, descensos adicionales del tipo de interés no tienen ningún impacto en la economía real ni incrementan la inversión, que supuestamente está determinada por los tipos de interés, porque, a partir de cierto nivel de tipos de interés, la demanda de dinero es, en lenguaje económico, infinitamente elástica, es decir, los agentes económicos prefieren mantener liquidez a emprender inversiones reales o financieras.

¿En estos momentos, cómo está funcionando esta trampa en la economía española? El BCE ofrece liquidez sobrada a la banca, pero ésta, en lugar de a dar créditos a los clientes, prefiere mantenerla por diversos motivas: su altísimo endeudamiento, con muchos compromisos de pago pendientes que conviene tener cubiertos, por la debilidad de sus balances, con grandes necesidades de capital y por las muy altas tasas de activos fallidos. Tampoco encuentra mucha demanda porque, en las actuales condiciones de depresión económica y gran incertidumbre, los inversores no abundan. En fin, demandantes de crédito desesperados existen muchos, pero, ahora y ante todo, la banca tiene que garantizar la solvencia de sus créditos y no está por la tarea de asumir más riesgos, menos aún si dispone del fácil circuito de adquirir deuda pública, cuyo volumen sigue aumentando por la persistencia del déficit público.

Esta ineficacia de la política monetaria no elimina el peligroso fenómeno de que se sigue alimentando el endeudamiento, lo que predice tiempos revueltos en el futuro. La sed no se aplaca con agua salada y más liquidez y más deuda, como ahora practica el BCE, pueden producir algún alivio en un momento dado pero al precio de hipotecar el futuro.

Cabria decir que la política monetaria, hasta ahora una de las palancas esenciales de la política económica, ha quedado invalidada, y, como Keynes propuso en los años 30, ha de recurrirse a la política fiscal si se quiere impulsar la demanda y reactivar la economía. El neoliberalismo arrumbó al keynesianismo a partir de los años 80 e impregnó hasta sus últimas consecuencias la construcción europea bajo el tratado de Maastricht. Ahora Keynes se toma la venganza y nos recuerda que para salir del desastre provocado por el neoliberalismo se requiere volver a estudiar su Teoría general. La historia se repite, ahora con mayor dramatismo. La economía neoclásica -fuera el Estado de la economía, todo lo resuelven los mercados- estuvo en el origen de la gran depresión de 1929 y fue incapaz de resolver los problemas económicos y sociales generados, con el paro como inmenso drama. Ahora, destruida la capacidad de intervención de los Estados en la economía, la supremacía del neoliberalismo ha vuelto a gestar una crisis histórica que no encuentra solución en sus fundamentos y recetas.

Keynes debería salvarnos otra vez. Es necesario recurrir a la política fiscal para recuperar la actividad productiva mediante el impulso de la demanda pública y de agrandar transitoriamente los déficit fiscales, gastando el Estado más recursos que los que detrae, hasta que de nuevo se ponga en marcha la maquinaria productiva. En el fondo, toda la izquierda parece compartir más o menos explícitamente esta alternativa, cuando reclama al gobierno otra política, sin austeridad y sin más ajustes, con mayores compromisos de gasto sobre todo de carácter social y más inversiones públicas. Esquemáticamente pero sin confusión, de podría decir que todos somos keynesianos. Queremos hacer una política activa contra la crisis, dejar de recortar y degradar el estado del bienestar y, sobre todo, combatir la abrumadora situación del paro.

No basta querer otra política, es necesario poder practicarla

Ahora bien, para implantar una política keynesiana es necesario un contexto propicio y disponer de unos instrumentos que lo permitan. Aquí surge un problema esencial sobre el que la izquierda sigue confundida y sin aclararse Cuando Keynes propuso el estímulo fiscal de la demanda, las economías se correspondían con Estados con fronteras económicas y con múltiples resortes para ejecutarlo, de modo que el incremento de la demanda generaba aumento de la actividad productiva interna y no se desviaba a los mercados exteriores, efecto ahora incontrolable dada la existencia del mercado único y la globalización en todos los sentidos. Pero más importante que esto, cuando Keynes propuso el manejo de la política fiscal como medio para combatir la crisis y crear empleo, los Estados disponían de soberanía monetaria y fiscal, y de una completa autonomía para generar y financiar los déficit públicos, ya que no hay deuda más inocua y menos comprometida que la que tiene un Estado con su propio banco central.

Ahora nada de esto es posible por la pertenencia a la unión monetaria: ninguno de sus Estados dispone de política monetaria ni de política fiscal propios. Y peor aún, el alto endeudamiento público y los compromisos vigentes sobre la estabilidad presupuestaria estrangulan a la economía e impiden remontar la sima en que está hundido el país. Las fuerzas de la izquierda, bastante coincidentes en sus análisis y propuesta, no pueden pasar por alto que nos encontramos maniatados. Sin recuperar la soberanía económica es imposible resolver la crisis económica y social. Las esperanzas justificadas que existen sobre cambios profundos obligan a la izquierda en general, y a IU, al PCE y Podemos por su preeminencia, a encontrar soluciones a los graves problemas de los ciudadanos. Defraudarlos constituiría un drama histórico.

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