noviembre 29, 2020

¿Y si el sujeto ha enloquecido?

El autor, que hace una amena comparación de los personajes y movimiento de un corto de Disney, sostiene que en el extremo del desquiciamiento del sujeto que ha producido el capitalismo, se producirá un acontecimiento que necesariamente transforme el descalabro.

Es conocida la frase del Manifiesto Comunista en la que Marx y Engels señalan que: “la burguesía no ha forjado solamente las armas que deben darle muerte; ha producido también los hombres que empuñarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios”.

Una lectura sencilla deja en claro que el ‘sujeto’ revolucionario para Marx es el proletariado. Pero si suspendemos las identificaciones como “la burguesía” o “el proletariado”, esta frase nos dice otra cosa: que hay un sujeto que crea a su sepulturero (o en su versión larga un sujeto -burguesía- forjará armas y creará a otro sujeto -proletariado- que le dará muerte).

Un sujeto que crea a quien le dará muerte. Quedémonos con esta idea inicialmente. Marx no señala cómo se le dará muerte a la burguesía, sólo asevera que se lo hará con las armas que se forjaron para su dominio, mismo dominio en el que se forja al sujeto que la sepultará.

Marx, también en el Manifiesto, señala que “toda esta sociedad burguesa moderna que ha hecho surgir tan potentes medios de producción y de cambio se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros”

Esto me hace recuerdo al Aprendiz de hechicero, un corto animado que es parte de la película “Fantasía” de Disney. Tal vez el corto más político de la película, junto con el flamenco que juega al yoyo. Pablo Feinmann, el filósofo argentino, ya hacía este paralelo entre las potencias infernales que ha desencadenado el capitalismo y el corto protagonizado por el ratón Mickey. “El brujo se va a dormir, deja olvidado su bonete, Mickey se lo pone y desencadena todo lo que luego no podrá controlar. Bien, el mago burgués es el ratón Mickey, ahí, alucinado, sin poder controlar las escobas” dice Feinmann (Filosofía y el barro de la historia. Buenos Aires – Editorial Planeta. 2010, página 177).

Pero lo que no se llega a concluir es si esas escobas enloquecidas son una representación del sujeto que dará muerte al mago burgués. Claro, en el corto de Disney reaparece el brujo y mitiga todo el desorden. El brujo es el cierre en tanto ‘acontecimiento’, que está más allá de la relación entre el aprendiz de hechicero y las escobas. Sobre el brujo retornaremos más adelante.

¿Pero si el corto de Disney escondiera un mensaje distinto? Veamos, el arma y el sujeto fueron forjados juntos. Arma y sujeto se co-constituyen, como la escoba que es hechizada por Mickey para traer agua en cubos de madera al sótano. Si miramos con atención se trata de una escoba con dos manos, una escoba humana, que empieza a trabajar para Mickey. A mitad del corto Mickey se pone a dormir y sueña que puede dominar el mundo, el universo y la naturaleza, de pronto despierta y se da cuenta que la escoba humana de tanta agua que acarrea está inundando el sótano. Mickey toma un hacha y da muerte a la escoba hechizada, pero de cada astilla que quedó de la escoba se levanta una nueva escoba con dos manos y empieza la locura de llenar de agua el sótano del aprendiz de brujo. Mickey ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con su conjuro. Está a punto de ahogarse, se refugia en el libro de hechizos (un libro de fórmulas, un libro de leyes), pero ya es tarde, las escobas han enloquecido. La misma fuerza que hizo a las escobas es la que permite la destrucción del aprendiz de mago. Son miles, millones de desquiciadas escobas con dos manos que cargan dos cubos de agua y que buscan ahogar a quien las ha creado. Mickey no ha forjado solamente las armas que deben darle muerte; ha producido también al sujeto que empuña esas armas.

El sujeto en la versión de Disney ha enloquecido. La música que pertenece a Paul Dukas colabora con esta imagen también de locura. Silencios y repentinos aumentos de volumen y una repetitiva melodía pegadiza. ¿No es posible pensar, entonces, que el sujeto revolucionario en el estadio del capitalismo actual hubiera enloquecido resultado de las potencias infernales del capitalismo? ¿No son las mareas de personas que marchan en distintas partes del mundo una imagen similar a las miles, millones de escobas inundando de agua en busca de ahogar a quien las hizo?

Y la intromisión al final del corto animado de Disney, de un mago que pone orden a estas potencias infernales, puede ser entendida como el acontecimiento necesario que aparece en el momento extremo de la potencia esquizofrénica a la que nos lleva el sujeto revolucionario contemporáneo. Es decir, en el extremo del desquiciamiento del sujeto que ha producido el capitalismo, se producirá un acontecimiento que necesariamente transforme el descalabro.

Es como en el cuento del “sicario contratado para matar a un asesino”. También contando por Pablo Feinmann. Voy a intentar un resumen ajustado.

Un hombre contrata a un sicario, para que de muerte a un asesino. La paga es de 5000 pesos ahora y otros 5000 una vez que el asesino esté muerto. El hombre le explica al sicario con detalle donde podrá encontrar al asesino y le proporciona el arma con la cual debe matarlo. El sicario llega al lugar que le señalaron y presencia un asesinato, que confirma la identidad de su víctima (el asesino). El sicario se precipita contra el asesino, lo acuchilla con el arma que le dieron. Pero antes de morir el asesino revela su rostro: es el hombre que había contratado al sicario, entonces éste saca de su bolsillo los 5000 pesos restantes y le dice “gracias, alguien tenía que detenerme”.

Y en el ejemplo de este cuento, el sujeto que crea a quien le dará muerte no es un sujeto ético, no está tratando de parar el mal, sino todo lo contrario, es un sujeto en el extremo de la locura que busca incluso hacer de su muerte un asesinato más de su autoría, en el mismo sentido que cuando se dice que el burgués le venderá al proletario la soga con la cual será colgado.

En este sentido, si el sujeto revolucionario ha enloquecido, no debería esperarse una revolución al estilo del siglo XIX o principios del XX, pues no debe olvidarse que los hombres piensan y elaboran sus pensamientos basados en el tiempo que les tocó vivir, y para Marx el siglo XIX era un siglo de revoluciones, era lo que podía pensar. Lo que puede suceder hoy es la propagación de la locura, del desquiciamiento con tal intensidad que ya no habrá posibilidad de dominar las potencias infernales que se han desencadenado. La burguesía puede haber creado un sepulturero loco, trastornado, desequilibrado y altamente destructivo no sólo de la burguesía sino también de si mismo.

No creo que esta lectura del sujeto revolucionario sea del todo novedosa, es más, si prestamos atención a las formulaciones políticas y religiosas, la mayoría de ellas tienen este soporte apocalíptico del fin de los días y la llegada de la revolución o del reino de dios. Lo que si me animo a plantear como diferencia, es que posiblemente el sujeto revolucionario no sea bello, guapo, con buenos modales y valores intactos, y posiblemente no se presente bajo el dualismo vencedores – vencidos, sino simplemente como metástasis de lo que ha creado el capitalismo y lo que le dará muerte.


El sujeto es aquel que puede ver

El sujeto no es un punto de partida. No se nace sujeto, sino que se hace al sujeto. Pero el sujeto tampoco es un punto de llegada. Si el sujeto fuera algo hecho de manera definitiva, de manera lograda de una vez y para siempre el sujeto no sería capaz de si mismo, sería simplemente una cosa, una piedra, un esclavo.

El esclavo no puede ser sujeto. El esclavo es cosa. El día en el cual el esclavo empieza a pensar y cuestiona que él no es cosa, pues ese día deja de ser cosa, deja de ser esclavo y empieza a preguntarse por lo que le hicieron.

Jean Paul Sartre decía: Uno es lo que hace con lo que hicieron de él.

Entonces el sujeto no puede ser nunca un punto de llegada, sino siempre será sujeción fallida. El sujeto tendrá que ser una anomalía y un proceso fallido frente a las formas más acabadas de dominación, como la educación.

Tomemos un ejemplo, imagine que usted se encuentra en una obra de teatro, durante 30 minutos su pensamiento y sentimientos han entrado a la obra, se ha sumergido usted en ella, se ha emocionado, ha reído, se ha alegrado, ha llorado, pero de pronto una puerta mal puesta en el escenario, una puerta que no es puerta, un hilo de un vestido que revela que no es un vestido, es decir, un ‘algo’ que lo despierta y se da cuenta que está en un teatro. Usted puede optar, aunque de seguro reprimirá esos detalles y buscará una vez más sumergirse en la obra, pero por un momento, la sujeción ha fallado.

Esto supone que el sujeto, y mucho más el sujeto revolucionario será siempre una anomalía del proceso de sujeción. Este sujeto anómalo es aquel que puede ver.

Retornemos al ejemplo del teatro, la presencia de este ‘algo’ (puerta falsa, hilo descosido) le ha permitido ver. Pudo ver lo que no se podía (o no se permitía antes ver). Ha habido un momento de sensibilidad distinta. Vayamos ahora al ejemplo del esclavo. Decíamos que en el momento en que se piensa a mismo deja de ser esclavo y empieza a cuestionarse lo que hicieron de él. Es decir puede ver algo que antes no veía. Está claro que así como uno puede volver a concentrarse en la obra de teatro, este ser humano que se cuestiona por su esclavitud, puede dejar de hacerlo y esforzarse por reprimir estos pensamientos.

Pero el sujeto, está ahí. Es anómalo, es posible que hubiera enloquecido, es posible que se conjure en su contra, pero está ahí. Es posible que no logre hacer nada, pero posee algo que muchos otros no: puede ver.

Hay algo parecido a lo que Ranciere llamaría un espectador emancipado.

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