diciembre 4, 2020

La ciudad de los cholos

El libro de Ximena Soruco hace énfasis en la construcción de una clase que ha estado al margen de los discursos de poder y del poder mismo durante décadas y que, sin embargo, fue y es el verdadero poder económico de ciudades como La Paz, Oruro, Cochabamba y Potosí.

Acabo de leer una extraordinaria investigación de Ximena Soruco Sologuren, socióloga, comunicadora y doctora en literatura, titulada La ciudad de los cholos, tesis doctoral publicada en libro por el PIEB y por IFEA. Javier Sanjinés, tutor del doctorado, afirma en el prólogo que este libro “describe el ascenso de este significativo sector social a lo largo de los siglos XIX y XX, con el propósito de reordenar el discurso sobre las identidades. De este modo el libro no explora lo cholo desde una vertiente exclusivamente sociológica e histórica, sino que articula diferentes disciplinas bajo una mirada novedosa que cuestiona el modelo de asimilación cultural impuesto ‘desde arriba’, es decir desde el poder”. 

Su lectura me trajo recuerdo a un episodio que viví el año 1993, cuando era Oficial mayor de cultura de la ciudad de La Paz. Resulta que un grupo de señoras de pollera fueron a tomar té en una confitería del Hotel Presidente y no las dejaron ingresar por considerar que el espacio era exclusivo para cierto sector social encumbrado, es decir de señoras copetudas y que la presencia de mujeres con mantas, sombreros y polleras podía incomodarlas. Informado al respecto, busqué una ordenanza municipal emitida en la década de los cincuenta y armado del documento me dirigí a la administración del hotel a clausurarlo por tamaña discriminación y racismo. Mientras discutíamos con el gerente, apareció el dueño del hotel y se deshizo en disculpas y quedamos que para reivindicarse el hotel haría una recepción para las maestras mayores de los mercados paceños. Así fue, para la noche de la fiesta se dispuso de mesas para 15 personas. Las damas fueron llegando con sus mejores prendas y joyas: finas mantas de vicuña, elegantes sombreros borsalinos, polleras de seda y topos, aretes y anillos de oro y plata incrustados con piedras preciosas; a medida que ingresaban al salón, funcionarias de la Alcaldía las acompañaban hasta las mesas asignadas, mezclando a las representantes de los mercados. Al cabo de una hora se me acercó una funcionaria, muy preocupada y me dijo que las maestras mayores de un mercado en particular querían hablar conmigo. Me acerqué a ellas y las escuché, me reclamaron airadamente que las hubiera sentado con las cholas de un mercadito humilde, cholas campesinas recién llegadas a la ciudad, cuando ellas eran cholas que venían de familias tradicionales de La Paz. Tuve que cambiarlas a otra mesa y aprendí la lección de que en todo lugar se cuecen habas. Ximena afirma en su libro que “la cultura chola tiene en nuestro país una ‘élite’, un sector reducido, acomodado y con patrones propios de afirmación cultural (inestable, de tránsito) con capacidad de irradiarse a los nuevos migrantes indígenas en las ciudades”. La reivindicación de lo cholo fue parte central del discurso del alcalde Julio Mantilla (gestión 1992-1994) y la verdad es que a Julio le faltó por lo menos un periodo más como alcalde de la ciudad de La Paz para consolidar su discurso con el apoyo de instituciones poderosas como la Asociación de fraternidades del Gran Poder, nombre simbólico si lo hay en la urbe paceña para designar a una clase de comerciantes con gran poder económico. 

El libro de Ximena, hace énfasis en la construcción de esta clase, que ha estado al margen de los discursos de poder y del poder mismo durante décadas y que, sin embargo, fueron y son el verdadero poder económico de ciudades como La Paz, Oruro, Cochabamba y Potosí. Ximena parte de su propia interpretación de Pueblo enfermode Alcides Arguedas, para quien la contaminación racial había resultado en una enfermedad de la cual Bolivia no podría recuperarse y que era la causante de todos los males nacionales y lo contrapone con Creación de la pedagogía nacional de Franz Tamayo -que fue publicada en la misma época-, para quien la fortaleza de la nación radicada en la energía telúrica del indio. Además de estos libros, Ximena toma varias novelas bolivianas para ir desarrollando su entramado conceptual e interpretativo, entre ellas La candidatura de Rojas, de Armando Chirveches; La chaskañawi, de Carlos Medinaceli; El Cholo Portales, de Enrique Finot, Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre y todo el teatro popular de un dramaturgo injustamente olvidado como lo es Raúl Salmón de la Barra. 

Ximena se afirma en la capacidad de convocatoria de las obras de Salmón para demostrar como la élite letrada las despreciaba y las ignoraba por considerarlas populacheras y, por tanto, poco cultas; sin darse cuenta que cuestionaban la realidad social al mostrar las contradicciones y las esperanzas de una clase emergente que intentaba hallar su lugar en las ciudades y que era repudiada tanto por los indígenas del campo, como por los blancos de las ciudades. A propósito del teatro popular en un escenario paceño, Ximena se pregunta: “¿Qué procesos culturales bullían en aquel espacio casi clandestino, desconocido para la sección cultural de los periódicos bolivianos? ¿Qué hacían esas seiscientas personas apiladas en la representación de ‘Mi compadre el ministro’ y ‘La birlocha de la esquina’? (…) era un escenario entre la realidad y la mentira, entre la risa y el dolor frente a uno mismo, entre la voz irreverente de un público que hacía suya la función., reconociéndose en ella. Era también un espejo distorsionado, cada personaje ridiculizándose a sí mismo, exorcizando el estigma colonial que se le impone en la vida diaria. Pero también era ver al otro, al urbano exitoso que todos aspiran ser, confesando que pese a todo, él también es un ‘hijo de chola’”. 

Por otra parte, Sanjinés dice: “Observa Soruco que “La Chaskañawi es la principal novela de todo el ciclo narrativo que registra la evolución de la ‘mirada criolla’ sobre la chola. Me parece importante reafirmar el giro metafórico que la chola da en La chaskañawi, a la que Soruco define como ‘madre simbólica de la nación’” y eso es algo que noté desde la lectura de esta emblemática novela en mis años de colegio, allá por la década de los setenta. En uno de sus ensayos, Carlos Medinaceli afirma: “La chola es el elemento básico de la nacionalidad”, así el “encholamiento” se convierte en un posibilidad de hacer y ser nación. 

En las conclusiones, Ximena toma un cita de la novela Felipe Delgado de Jaime Sáenz, de la cual copio una oración: “Usted sabe que comprenderse a sí mismo es cosa difícil” y por eso mismo los dejo con una afirmación y dos preguntas que se hace Ximena Soruco: “Si los cholos han inundado las ciudades, los centros de dominio cultural criollo, reactualizando, transformando y dando vitalidad a la matriz indígena en su expresiones culturales y políticas, ¿hoy se vive solamente una reafirmación indígena, aymara, quechua, guaraní urbana y cómo difiere o no de su raíz comunitaria; es decir, cómo se está recreando la cultura indígena en las ciudades?, y ¿Qué procesos identitarios se están dando en esta etapa?”. Tarea para la casa.

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