diciembre 4, 2020

Venezuela y Estados Unidos: un nuevo telón de acero

por: Rudy Alí López González

El pasado 18 de diciembre de 2014, y en una clara muestra de injerencia, el Presidente Obama firmó las sanciones aprobadas por el Congreso contra Venezuela. Estas buscan restringir la emisión de visas, así como el congelamiento de las cuentas bancarias o bienes a funcionarios del gobierno.

Las sanciones fueron refutadas por el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela. El organismo recordó al país norteamericano que no tiene jurisdicción alguna para aplicar leyes, normas o sanciones fuera de sus fronteras.

A pesar de ello, el Secretario de Estado, John Kerry, amenazó a Venezuela el pasado 25 de febrero de 2015 con la implementación de nuevas sanciones: “estamos trabajando en este momento con el Consejo de Seguridad Nacional y el Departamento del Tesoro, para implementar las previsiones de la ley de sanciones, y nos estamos moviendo lo más rápido posible. He elevado el problema sobre Venezuela a líderes de la región”, fueron las declaraciones de Kerry, justo después de que la Casa Blanca fuera vinculada por el gobierno de Nicolás Maduro con el reciente intento de golpe de Estado.

Las relaciones entre Estados Unidos y Venezuela se han mantenido en un clima hostil desde que Hugo Chávez asume como Presidente. La nacionalización del petróleo y otros recursos y empresas estratégicas provocaron reacciones negativas en Washington, que ha promovido una campaña tanto al interior de Venezuela como en el exterior.

Actualmente nos encontramos con dos escenarios. Por un lado, una Venezuela que lucha día a día por mantener su soberanía e independencia, forjando el respeto al gobierno, al Estado y sus instituciones, así como el resguardo de la democracia participativa y protagónica. Mientras que, por el otro, encontramos al gobierno norteamericano que vuelve a arremeter contra ese país, en una agresiva injerencia (desde el financiamiento a partidos políticos hasta la promoción de hechos violentos). Washington sabe que mientras exista la Revolución Bolivariana, seguirá perdiendo hegemonía en la región.

Pero, ¿cómo comenzaron las relaciones entre EE.UU. y Venezuela?. Para responder a esta interrogante es necesario remontarse en la historia. Sin embargo, nos detendremos brevemente en 1914, cuando se descubren los primero fosos petroleros en el Lago de Maracaibo. La entonces dictadura venezolana de Juan Vicente Gómez tomó la decisión de entregar en concesión a empresas extranjeras (sobre todo estadounidenses) el control, la explotación, la producción, el refinamiento, el transporte y el mercadeo del petróleo. Esto le permitió disminuir la deuda externa venezolana y ganarse la confianza de aquel país, para ese entonces, pujante nación que ya se perfilaba como potencia mundial.

Las relaciones con Estados Unidos pasaron al nivel de injerencia en 1922, cuando Juan Vicente Gómez permitió a las empresas extranjeras, en su mayoría norteamericanas, la redacción de la ley de hidrocarburos. Éstas, además de reducir los tributos y regalías, aprobaron que todas las concesiones otorgadas desde 1918 se ajustaran a la nueva ley, disminuyendo así sus aportes fiscales.

A pesar de las nacionalizaciones vividas durante los gobiernos de la IV República, desde las reformas a la antigua ley de hidrocarburos hasta la creación de PDVSA en 1976, las relaciones con Estados Unidos se mantuvieron inalterables. La razón de esto es que a pesar de las modificaciones a las leyes que daban mayor beneficio al Estado en el cobro de impuestos o que tiempo después PDVSA obtuviera el monopolio petrolero de Venezuela, las empresas foráneas seguían recibiendo grandes ganancias. Mediante la compra de acciones de Petróleos de Venezuela, empresas como Chevron o ExxonMobil, entre otras, amasaron grandes fortunas, enriqueciéndose a costa del pueblo venezolano.

Es notorio que el tema económico ha sido y sigue siendo el principal determinante para las relaciones entre países desarrollados con países en vías de desarrollo. Así como el petróleo fue la columna vertebral de las relaciones, también lo fueron temas como los productos de primera necesidad. Esto llegó a tal punto que la canasta básica venezolana estaba conformada en su mayoría por marcas extranjeras, demostrando el grado de dependencia económica que existía para la época.

Pero no sólo fue en el ámbito económico que Venezuela estrecha lazos con el vecino del norte. En la arena política y social, los distintos gobiernos venezolanos de la IV República llevaron a cabo matanzas, torturas, desapariciones y exilios como formas de aplacar a los movimientos insurgentes de izquierda que lucharon durante los años 70 y 80. Mientras, la Casa Blanca y los medios mostraban a la falsa democracia venezolana como un ejemplo a seguir, en un continente sumido en dictaduras, a las cuales pocas diferencias se les podía encontrar con los gobiernos de Punto Fijo (pacto entre los partidos Acción Democrática y Copei para la alternancia en el poder).

Luego de la crisis del petróleo de los 80, que afectó al país severamente, Carlos Andrés Pérez asume un segundo mandato en 1989 y recibe una Venezuela quebrada, con una moneda devaluada, una inflación del 81% y la deuda externa más alta en su historia. Para solucionar esto, Carlos Andrés decide aplicar un paquete de medidas para solventar la crisis, entre las que se cuenta un plan de austeridad, privatización de empresas no estratégicas como la de telefonía, congelamiento de salarios y pedir un financiamiento al FMI, entre otras medidas que terminaron por destruir la ya escasa soberanía venezolana. Todo esto generó un fuerte descontento en la población, hecho que desembocó en el denominado “Caracazo”.

Es en medio de esta conflictividad que aparece la figura de Hugo Chávez, quien en 1999, con la redacción y promulgación de la nueva Constitución, recuperó la soberanía nacional. Entre las medidas adoptadas por el mandatario se cuenta la nacionalización irrevocable de PDVSA y de empresas básicas, estratégicas y no estratégicas. Medidas que no cayeron bien para el gobierno de los Estados Unidos.

Bajo la administración Bush se inicia una campaña de desprestigio y conspiración en contra del gobierno bolivariano. Campaña que encuentra su punto más álgido durante el 11 de abril de 2002, donde un golpe de Estado exitoso logra sacar del poder, momentáneamente, a Hugo Chávez.

Después del fracasado golpe de Estado de 2002, comienza a re articularse la ofensiva, esta vez con el rostro de la guerra económica que se desarrolló fuertemente durante el paro petrolero y que se ha mantenido incesante. La guerra económica se ha recrudecido en los últimos dos años, con la esperanza de generar un descontento en la población venezolana

El tema económico no fue el único punto de discordia entre la Casa Blanca y Miraflores. Hugo Chávez, al proponer un mundo pluripolar y multicéntrico, así como apoyar los cambios democráticos a favor de los pobres de la tierra en América Latina, desafió la autoridad que por más de cien años había mantenido Estados Unidos y que se reforzó después de la caída de la Unión Soviética. Ahora, un país pequeño del patio trasero se atrevía a cuestionar el liderazgo de un imperio y demostrar que la doctrina Monroe estaba caduca y que simplemente no podía ser aplicada para una región que comenzaba a dibujar su futuro.

Bajo el lema de “libertad y democracia”, Estados Unidos ha derrocado gobiernos, iniciado guerras y dividido países enteros. Pero si algo ha demostrado Venezuela es que un pueblo organizado, una ciudadanía consciente, pueden hacer frente a las embestidas más duras y vencer.

Desde el 2000 hasta ahora, las administraciones norteamericanas, con todo su aparato Estatal, han practicado una política exterior hostil hacia Venezuela, levantando un nuevo telón de acero, ya no entre oriente y occidente, sino que entre norte y sur. Como dijo Bolívar: “parecen destinados por la providencia a plagar de hambre y miseria a la América en nombre de la libertad”. Libertad de la que sólo disfrutarían unos pocos.


* Rudy López González, es un joven politólogo chileno–venezolano.

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