noviembre 24, 2020

La poesía, un arma de la revolución

El ciclo de revoluciones europeas comenzado en Rusia (1917) tuvo su último aliento con la Segunda República Española (1931–1936), experiencia truncada por las hordas falangistas del gral. Francisco Franco.

Paralelo al cúmulo de experiencias organizativas –comunales de base– del pueblo hispano, esta experiencia parió un movimiento artístico y cultural prodigioso, ocupando la poesía un sitial especial y, al interior de ella, Miguel Hernández siendo el hijo predilecto.

Hernández nació en 1910, en Orihuela, debiendo ayudar a sus padres en la crianza y pastoreo del ganado a temprana edad. Siendo adolescente se inicia en las letras, utilizando su propio ambiente (campiña, huertas, animales, etc.) para la temática de su obra.

Reconocido rápidamente en los círculos intelectuales madrileños, sin embargo, decide probar su suerte en las fuerzas defensoras de la Segunda República Española, siendo destinado como “Altavoz del Frente” de Andalucía (1937). Ese mismo año el Socorro Rojo le publica Viento del pueblo.

Con 31 años de edad muere en una prisión franquista de Alicante (28 de marzo de 1942).

Su obra poética se presenta como símbolo de compromiso con su pueblo, siendo musicada por cantautores como Joan Manuel Serrat, Paco Ibáñez, Silvio Rodríguez y Víctor Jara.



Aceituneros

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma, ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.

Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma ¿quién
quién amamantó los olivos?

Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.

No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.

Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.

¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?

Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.

Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.

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