diciembre 5, 2020

Intuiciones

por: Sergio Zapata

Agosto invita a pensar el país, sus formas e imágenes. En este sentido es que Santiago Espinoza desarrolla una serie de intuiciones para pensar la relación campo-ciudad en la cinematografía boliviana, esto como elemento inteligible para pensar algo igual de provocador: la sociedad del Estado Plurinacional.

Las películas bolivianas del último tiempo consuman un viaje de retorno al mundo rural andino, pero que no es definitivo: vuelven para conocerse, encontrarse, pero con la sospecha de que no se puede vivir de forma permanente y exclusiva en el campo.

En El corral y el viento (Miguel Hilari, 2014) y Quinuera (Ariel Soto, 2014) no somos testigos del viaje del campo a la ciudad, ese periplo es pasado, fuera de campo, asumido. Ese viaje del pasado se entendía y aún se entiende en la medida en que en el país se es (o se era) una vez que se sale del campo para superarse en la ciudad.

Desde comienzos de siglo –década representada por un cine más urbano– se ha producido en la cinematografía local una suerte de “reconciliación” con lo rural, que coincide con los cambios políticos de los últimos 10 años.

Así, esa cuota de idealización del mundo andino-rural, que se desprende de su condición ficcional, parece finalmente estar cediendo a una visión más terrenal y compleja, que se refleja en su condición documental.

El cine reciente trasciende esa visión de la ciudad como espacio-monstruo que impusieron filmes canónicos como los de Sanjinés. Hay asombro, el mismo que vemos en el personaje de Enterprisse (Kiru Russo, 2010), que por un momento se olvida de su condición de indio, cargador, pobre y oprimido para entregarse al éxtasis de un juego del parque de diversiones.

Actualmente el cine que aborda los tránsitos entre campo y ciudad, ilustra un sujeto que no se define únicamente por su origen o por su destino sino por su capacidad de circular en más de un espacio, por su cualidad de irse y regresar, regresar e irse.

El campo bien podría asumirse como la infancia de este país, pero también como la infancia del cine boliviano. Sin embargo, el campo es también su presente, más allá de los discursos políticos en boga. Y es su futuro, en la medida que es la promesa de reencuentro con el territorio, con el paisaje y con uno mismo.

Tal como el indio se deja ganar por la nostalgia o el llamado de la tierra y de las raíces culturales para retornar cíclicamente al campo, el cine boliviano parece también obedecer a esta dinámica cíclica para retornar a su pasado, ceder a la nostalgia, atender a la convocatoria de su infancia y volver a posar la mirada sobre el campo. Puede que ya no lo haga con el idealismo ideológico o la militancia política de sus padres y abuelos, pero no por eso ha perdido la capacidad de fascinación ante el paisaje y el ethos del mundo rural, el respeto por la dignidad de los otros (que pueden encarnarse en los propios realizadores) que lo habitan y el compromiso para acompañar esos viajes de ida y vuelta entre el campo y la ciudad que han construido y siguen construyendo la historia de este país.

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