noviembre 29, 2020

“Cocho a cuchara parada” (o receta para recordar a mi padre)

por: Hernán Rivera Letelier

“Concreto armado” le llamaba mi viejo. Y este alimento fue como la leche materna de mi infancia. Mientras lo preparo, solo en casa ­—mi mujer y mis niños han ido de paseo—, mientras vierto cuatro cucharadas grandes de harina tostada, tres de leche y dos de azúcar, pienso en mi padre muerto, en su silencio bíblico, en la lucha épica de su vida de minero. Lo veo llegar de las calicheras entierrado y maltratado como un zorro del desierto, muerto de cansancio, enrabiado contra la explotación, pero extrayendo desde el fondo de su ánimo una sonrisa para cada uno de nosotros, para cada uno de sus hijos que lo esperábamos a la puerta de nuestra casa de calaminas. “¿Han comido cocho, mis rotitos?”, preguntaba con ternura, besándonos a todos de uno en uno y clavándonos en la cara las púas de su barba agreste. En sus ojos color arena, desvaídos por el cansancio, temblaba la redondela del horizonte coronada por la aridez criminal de los cerros pelados.

Mientras mezclo en mi taza los ingredientes (recordando que su tazón personal tenía la palabra Felicidades escrita en letras doradas, regalo de mi madre en un día de san Agustín), veo al viejo en el patio lavándose el cuerpo por partes en un gran lavatorio enlozado —restregándose el pelo con quillay y los pies con piedra pome— para luego, pulcro y ceremonioso como un sacerdote, sentarse junto a nosotros en una mesa grande como barco.

Mientras vierto en mi taza el agua recién hervida, y en la soledad de mi hogar suena una antigua canción mexicana, me imagino al viejo levantándose de madrugada para partir los durmientes y encender la fragorosa cocina de barro en donde hacía hervir el agua para el desayuno (en invierno el agua también había que partirla con un hacha). Lo veo, ensimismado y grave, eclesiástico en sus rituales, preparándose una buena porción de esa suculenta mezcla (“puro concreto armado, hijo”) que lo animaba a partir de nuevo al cerro, que le daba bríos para comenzar una nueva jornada de sol a sol, que le renovaba las fuerzas para seguir triturando hasta el día del Juicio Final, a puro pulso, esas piedras de caliche grandes como casas y duras como el corazón mismo del desierto de Atacama.

Tras verter el agua hervida sobre la mezcla aromosa de los ingredientes, comienzo a revolver lenta y metódicamente (hay que revolver hasta dejar una mazamorra dorada y espesa como el sol, tan espesa que la cuchara se pare sola, de ahí su nombre: “cocho a cuchara parada”). Mientras, de pie en la cocina, con la taza en la mano, revuelvo sin aguantar las ganas de probar el primer bocado humeante de mi cocho solitario, pienso (y sonrío con ternura mientras lo pienso) si no sería este básico alimento —harina, leche, azúcar y agua— lo que, además de darle fuerzas a mi viejo para soportar cuarenta años de trabajos pesados, le dio el empuje y la entereza suficientes para amar y mantener a tres esposas durante su vida, y, como si eso fuera poco, para soportar con nervios de acero la algarabía de una chorrera de hijos descalzos e inquietos, cuyo juego favorito era perseguir remolinos de arena —como si fueran sueños verticales— por las blancuras infinitas del desierto más huraño del mundo.

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