noviembre 26, 2020

Una nueva economía circular

por: Laura Zamarriego Maestre

Producir, comprar, usar, tirar. Así funciona el modelo de producción y consumo. El creciente impacto de la huella ecológica, el agotamiento de recursos naturales, la acumulación de residuos, la contaminación en grandes ciudades o los desastres naturales inducidos por el cambio climático son sólo algunas de las consecuencias de un sistema sometido a la dictadura del crecimiento.

“Nuestra economía se ha desarrollado bajo un modelo lineal basado en la hipótesis de la abundancia, la disponibilidad, la facilidad de obtención y la eliminación barata de residuos”, advierte Paz Nachón, senior manager de Accenture Sustainability Strategy. “Cada año, en Europa, se utilizan un promedio de 16 toneladas de materiales por persona para mover nuestra economía. Y además, alrededor de 6 toneladas por persona se convierten en residuos, de los que casi la mitad termina en vertederos”, explica el comisario europeo de Medio Ambiente, Janez Potocnik.

El político esloveno se aferra a la idea de la economía circular –un ciclo cerrado donde los residuos sean la principal fuente de materia prima fiable– que no es del todo nueva. En la década de los noventa, el arquitecto estadounidense Bill McDonough y el químico alemán Michael Braungart desarrollaron el concepto Cradle to Cradle. Bajo la premisa de la eco eficacia, consiste en diseñar los productos de tal manera que la esencia del material se mantenga y sea fácil extraer sus componentes para su regeneración o su devolución a la tierra.

También Walter Stahel, arquitecto y analista industrial, esbozó un modelo económico de bucle cerrado con cuatro objetivos principales: la extensión de la vida del producto, los bienes de larga duración, las actividades de reacondicionamiento y la prevención de residuos.

Y en 1994, el emprendedor belga Gunter Pauli propuso una teoría similar, a la que bautizó como economía azul, que pretende imitar a la naturaleza. Sus ideas no tardaron en materializarse. Eiji Nakatsu se inspiró en el martín pescador, un ave que apenas genera onda expansiva en el agua cuando se sumerge en busca de alimento, para rediseñar el tren bala de Shinkansen. Gracias a su morro de acero de 15 metros, aumentó su velocidad y redujo el uso de energía en un 20%. También para minimizar el uso de energía, la empresa Regen diseña electrodomésticos cuyo funcionamiento sigue el mismo algoritmo que el de las colmenas de abejas. Son sólo algunos ejemplos: de la misma manera se han inventado turbinas eólicas que se inspiran en las aletas de las ballenas jorobadas, células solares que calcan la fotosíntesis de las hojas o captadores de agua de la niebla que replican el caparazón de los escarabajos del desierto.

“¿No deben nuestras ciudades rendir lo mismo, en términos de servicio de ecosistema, que los sistemas nativos a los que han reemplazado?”, Janine Benyus, madrina de la bionímesis.

“No somos los primeros en procesar la celulosa ni en fabricar papel ni en intentar optimizar el espacio; ni en impermeabilizar, enfriar o calentar una estructura. No somos los primeros en construir casas para nuestros hijos. Otros organismos de la naturaleza están haciendo cosas muy similares a las que nosotros necesitamos hacer, pero de una manera que les ha permitido vivir con elegancia en este planeta durante millones de años”, explica. Benyus insiste en que Darwin ha sido malinterpretado: la teoría de la evolución no se reduce a la supervivencia de los más aptos. La naturaleza teje conexiones, fomenta la cooperación y la interdependencia entre los organismos y construye así ecosistemas prodigiosos y resilientes.

Hace poco más de un año, más de 100 líderes empresariales participaron en Resource, la principal conferencia de Europa dedicada a la economía circular. Stephen Gee, director del evento, cuenta que, tras diez años trabajando en la gestión de los residuos, se percató de que algo fallaba en nuestra “obsesión” por el reciclaje.

“¿Por qué esperar hasta el final del proceso? ¿Por qué no actuar antes para que todo se reaproveche al máximo? ¿Por qué no crear una economía que sea capaz de regenerarse?”, se preguntaba.

Del mismo modo que la naturaleza establece interdependencias entre organismos, la economía circular establece un sistema de cooperación dirigido a ofrecer más servicios con menos recursos y relativiza concepciones muy arraigadas como la propiedad o el precio. ¿Por qué si no estarían tan presentes debates sobre la economía colaborativa o el precio justo?


* Laura Zamarriego Maestre es periodista en la revista Ethic, Twitter: @LZamarriego

http://www.alainet.org/es/articulo/172333

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