noviembre 29, 2020

Basta

La madrugada del pasado jueves una banda de sicarios irrumpió en la casa de la líder indígena hondureña Berta Cáceres (42 años), asestándole tres tiros en el pecho y uno en la cabeza. Mejor suerte corrió el activista mexicano Gustavo Castro Soto, dado por muerto tras ser baleado en tres oportunidades, hoy único testigo del horrendo crimen de su amiga y colega.

De Nicolás Maduro a Leonardo DiCaprio, pasando por el líder de PODEMOS Pablo Iglesias, la comunidad internacional de manera transversal ha condenado este asesinato que no obedece a delincuencia común sino a uno “por encargo”, pagado por el capital trasnacional que busca apropiarse de los recursos naturales de Honduras, entre ellos el río Gualcarque, defendido con uñas y dientes por las comunidades indígenas del pueblo Lenca, al que pertenecía Berta. René Pérez, el “Residente” de Calle 13, escribió sin dobleces: “Quieren detener el incendio que se propaga pero hay fuegos que con agua no se apagan. El asesinato de Berta Cáceres multiplicará la lucha”. 

Según informes de la Comisión de Investigación de Atentados a Periodistas-Federación Latinoamericana de Periodistas (CIAP-Felap) Honduras se convirtió en el segundo país de la región con más periodistas asesinados en 2015, registrándose 10 casos. Igualmente, durante la última década esa cifra se ha elevado a casi sesenta muertos, acciones agravadas tras el golpe de Estado contra Manuel Zelaya en 2009, siendo imposible informar y denunciar los atropellos a la población.

Ubicado en el corazón de Centroamérica Honduras tiene un territorio doce veces menor que el de Bolivia y una población que alcanza los ocho millones de habitantes. Rico en petróleo y metales, es su tesoro natural el que atrae los intereses de los capitalistas de las potencias centrales.

Coordinadora del Consejo de Pueblos Indígenas de Honduras (COPINH), Cáceres lideró las luchas medioambientales contra aquellas potencias centrales que intentan apropiarse de su país, destacándose por doblarle la mano al Proyecto Hidroeléctrico Agua Zarca, cuyos planes de manejo contemplaban el desplazamiento forzado del pueblo Lenca. En 2013 denunció los planes de EE.UU. por instalar una base militar en territorio hondureño para monitorear y eventualmente invadir a países vecinos, particularmente a Nicaragua.

En las últimas semanas medio centenar de familias lencas de la comunidad de La Jarcia habían sido fuertemente reprimidas y desalojadas por vigilantes y promotores de Agua Zarca. La propia Berta denunció el asesinato de cuatro comunarios activistas medioambientales.

Aquellas denuncias propiciaron que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) solicitara a las autoridades locales medidas cautelares y protección especial para Berta, contra quien se habían acentuado las amenazas de muerte. El pasado jueves, día del crimen, el patrullaje policial rutinario no se llevó a cabo.

Hace poco más de un siglo y medio un pensador alemán principió su manifiesto político señalando: “la historia de todas las sociedades que ha existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”. Berta Cáceres inscribe su nombre, pensamiento y acción, al lado del de cientos de hombres y mujeres que han luchado por un mundo mejor. Ahora dependerá de nosotros decir: ¡Basta! ¡No a la impunidad!

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