noviembre 26, 2020

Integración

por: Luisa Valenzuela 

En el corazón de la pampa húmeda el corazón humano late con ritmo acelerado, ya sea agresivo o enamoradizo. Al menos así lo temían Giuseppe y Giovanna, los padres de Isabella, llegados tiempo atrás a esas desaforadas latitudes. Por eso mismo nunca dejaban de imponerle a su única hija ciertas condiciones cada vez que le permitían ir sola en el sulky al almacén de ramos generales que bullía al lado de la estación del tren.

Para Isabella esas incursiones eran invalorables. Con las compras para la semana podía elegir sus hilos de bordar, y podía con suerte convencer al almacenero de que encargara novedosos colores, a veces hasta degradés o cambiantes.

El padre le ataba la yegua al sulky y nunca nunca dejaba de obligarla a llevar la carabina. Y su madre, quizás por no ser menos, la obligaba a usar la capelina.

Para Isabella, carabina y capelina constituían un par inseparable. Y no sólo por la homofonía. Sin saberlo con todas las letras, Isabella comprendió muy pronto que ambas eran armas de defensa: la carabina contra los improbables maleantes del camino, la capelina contra el sol implacable de las pampas.

Y tras una hora de trote llegaba al almacén de ramos generales, que por supuesto era también pulpería, frente a la parca estación donde el tren sólo se detenía los martes y los viernes. Ataba entonces las riendas al palenque y avanzaba hasta el mostrador con paso que pretendía ser seguro. Invariablemente, los ojos de todos los criollos que antes parecían dormidos se posaban en ella. Y cuando el almacenero ya le había cargado las compras en el sulky e Isabella hacía restallar el látigo anunciándole a la yegua la partida, nunca faltaba alguno o algunos que saltaran sobre sus cabalgaduras para empezar a perseguirla como quien no quiere la cosa, al tranco algo burlón. Parecían imantados por esa tez tan clara apenas entrevista bajo la ancha ala de la capelina.

Entonces, invariablemente y sin perder demasiado tiempo –sólo un poco, como para tomarle el gustito–, Isabella alzaba la carabina y pegaba unos tiros al aire. Algo rasantes, los tiros, y los hombres de a caballo comprendían el mensaje y se alejaban casi siempre riendo o meneando la cabeza, o haciéndole a Isabella un gesto de despedida con la mano, obsceno a veces. Hasta la próxima, parecían decirle, y así, semana tras semana, la perseguían y ella los ahuyentaba y ellos quizá incubaban la esperanza de que algún día, quizá, se le acabaran las municiones o se le despertaran las ganas.

Y los años pasaban, y al cumplir los quince Isabella empezó a peinarse con el pelo recogido en la nuca, cayéndole en bandos sobre la cara, y el padre empezó a admirar esa piel de magnolia. A la siguiente salida en el sulky fue don Giuseppe quien la conminó a usar la capelina, y a donna Giovanna no le quedó más remedio que alcanzarle la carabina.

Sólo cambió el orden de las órdenes. Capelina, decía el padre. Carabina, la madre. Semana tras semana, como antes, y los criollos abandonaban sus vasos sobre el mostrador y se largaban a perseguirla cuando Isabella partía, siempre atraídos por ese clarísimo fulgor de piel entrevisto bajo el ala del sombrero. Y a Isabella parecía nunca acabársele las municiones ni venirle las ganas, pero los hombres de a caballo parecían mantener viva la esperanza. Hasta que cierta tarde el padre, muy enfermo, obvió su recomendación e Isabella en el apuro por ir al almacén de ramos generales a buscarle la medicina olvidó la capelina.

Se sintió feliz en el trayecto de regreso, con las píldoras salvadoras en el bolsillo del delantal y el pelo al viento, la caricia del sol en pleno rostro. Semejante libertad. Tras sus sempiternos perseguidores tiró los tiros más alegres de su vida, bien altos en el aire esta vez, como si fuera fiesta.

Con el tiempo el padre recuperó su salud pero la capelina quedó olvidada en el perchero. Fue cuestión de un mes, o mes y medio, y a su vez la carabina devino innecesaria. Ni hablar de perseguirla: los hombres frente al mostrador habían dejado de mirarla, ni se dignaban a levantar los ojos de sus copas cuando ella entraba al almacén con paso que se había vuelto en verdad decidido. Era casi su casa, ahora, el almacén de ramos generales donde ninguno le prestaba atención ni aguardaba su partida ni trataba de vislumbrar el brillo de magnolia de su piel que ya era otra, es decir, era idéntica a la de las demás muchachas que atinaban a arrimarse por el almacén a hacer sus compras. Los soles y los vientos pampeanos habían hecho suya a la bella Isabel hasta convertirla en una hija más del país, con la piel del dorado color de la tierra. Como todos.


* Tomado de revista Casa no. 245.

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