por: Richard Blanco
Una peseta olvidada en un bolsillo con pelusas, en una servilleta de hace una semana un número que ya tenía memorizado como el sabor del agua. Te marco. Crepita mi voz con la estática del teléfono público. Respondes mi llamada dominguera con un «hola», homónimo de ola en nuestra lengua de haches mudas y una playa silenciosa donde nos encontramos como si pudiéramos resolver algo, como si contemplando la vastedad del universo que congela al Atlántico cualquier cosa pudiera ser menos importante por contraste. Esta noche, Géminis es dos luciérnagas sobrevolando la punta de mi dedo y yo podría ser la Estrella Polar o una luna o un grano de arena. Casi indefenso estoy ante toda esta paradoja. Esta noche, fácilmente podría acabar ahogado en la garganta de las olas, dejar que sus bocas espumosas me sellen en un sepulcro de coral. O podría fundirme con el fino cuarzo que desciende por tus ojos verdes, convertirme en una pequeña duna en la palma de tu mano y ahogarme, pero en el «hola» de tu saludo, de tu voz en español que es una guitarra rasgueando un tórax colmado de latidos negros y arrebatándole olas a la obsidiana de la noche y el mar. Esta noche, duermo con el sabor de tu sal, con arenilla entre mis dientes.
* Tomado de la revista Casa No. 282.

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