octubre 3, 2022

La hora de Nuestra América

por: Liliet Disotuar Caballero 

José Martí invita al pueblo americano a retomar su rica herencia cultural, llena de historias, mitos, fabulaciones y creencias que en nada envidian a las más grandes hazañas de los dioses griegos y latinos.

La obra literaria de José Martí, considerada una de las más prolíficas en las letras hispanoamericanas, sobresale por la fuerza y claridad de sus planteamientos, dotados de una vigencia impresionante y que se han convertido en brújula para los que hoy día buscamos una América nueva, anhelo acariciado largamente por hombres y mujeres, pero inconcluso en muchos casos.

Ideario de Martí

La figura martiana atrae por su grandeza, conmueve por la esencia en que se trasluce al hombre sencillo, de mirada limpia, que pudo ser literato encumbrado, señor de libros, bibliotecas o reconocido intelectual, pero eligió ser patriota, defensor de su tierra, estandarte de la causa libertaria cubana y símbolo de la hermandad entre nuestros pueblos. Su pensamiento integracionista, concibió la existencia de una sola nación del río Bravo a la Patagonia. Entendió como pocos la necesidad de unir a la gente común, gente de pueblo, los anónimos seres de pies descalzos, para caminar hacia un futuro en que la gran mayoría desposeída pudiera decidir su suerte y construir el porvenir.

Las ideas defendidas a lo largo de toda su existencia, ponen de manifiesto una profunda vocación humanista, latinoamericana, que le sirviera como motivación en las horas más difíciles, en los momentos decisivos y que han impulsado, cual tornado de proporciones incalculables, los grandes acontecimientos que durante el siglo XX, matizaron la historia de la región. Tal es el caso de la Revolución Cubana, que ha servido como paradigma y estímulo definitivo para demostrar que es posible cambiar el orden de las cosas.

Los escritos publicados durante su vida, así como otros textos revelados después de su muerte, conforman un interesante corpus literario, que desde géneros periodísticos como la crónica, la reseña, la crítica, o tal vez arraigado en la poesía –una gran pasión que siempre le acompañó (sin contar los discursos pronunciados para los cubanos de la diáspora y otras labores en las que desplegó su talento como escritor)– nos acercan al ideario más profundo, enriquecedor y fecundo de un hombre que ya figura dentro de la historia del pensamiento de avanzada en el continente.

En este sentido resulta obligatorio, aproximarnos, aunque de modo muy breve, a uno de sus trabajos más reconocidos y difundidos, que sigue aportando visiones esclarecedoras respecto a la cuestión independentista y los retos para los países del área. Se trata precisamente de Nuestra América, publicado en el año 1891 y que ha sido calificado por no pocos estudiosos como la maduración del pensamiento latinoamericanista de Martí, a escasos cuatro años de su muerte.

Nuestra América

Este ensayo es un brillante acercamiento a nuestra realidad política, económica, cultural, social e histórica y pudiera calificarse como un reclamo ante la necesidad de comprender la soberanía como fuente de constante inspiración. Sus páginas llaman a la lucha e invitan a armarnos con el pensamiento y las ideas, vigorosas puntas de lanzas, que allanarán el camino al reconocimiento del entorno verdadero, donde nos identifiquemos con los otros, aprendamos a convivir con ellos y reforcemos los lazos de hermandad que desde antaño van ligando nuestros pasos. Sus palabras exhortan al hombre a despertar del letargo y el enmudecimiento. Convida a las masas a despojarse de avaricias y mezquindades individuales, haciendo que miremos a nuestro alrededor y distingamos las amenazas que se ciernen sobre la patria americana.

Nos percatamos entonces, mediante una lectura pausada del alcance y dimensión real de su legado, en el que Martí da muestras nuevamente de su genialidad, adelantándose a su tiempo, siendo gestor y promotor de un pensamiento cultural anclado en las raíces indígenas, africanas y europeas. Invita al pueblo americano a retomar su rica herencia cultural, llena de historias, mitos, fabulaciones y creencias que en nada envidian a las más grandes hazañas de los dioses griegos y latinos. Reivindica el papel de nuestra cultura como elemento que nos una en un mismo cuerpo, una misma sangre, haciéndonos sentir con un mismo latido.

Surge ante la mirada atenta del lector, una propuesta martiana que lo sitúa como precursor de los estudios que desde la incipiente sociología se ocupan por investigar y comprender la cultura, nutriéndose de los más avanzados postulados de la también naciente teoría antropológica y desarrollando un exhaustivo análisis de los componentes étnicos de nuestro continente. Ofrece datos en su discurso que permiten una comprensión cabal de la identidad como forma de resistencia. Para José Martí la cultura es la salvación y su recate, una asignatura pendiente.

Advierte sobre el desprecio que sienten algunos hombres por ser hijos de América y pretenden olvidar, borrar la huella imperecedera, anular el orgullo nacional. Aquellos que, según el apóstol, reniegan de sus ancestros y prefieren dar su sangre por otros países, en lugar de resistir junto a los suyos en la tierra de la que son fruto. Estos señores que se avergüenzan de llevar “delantal indio” no son más que traidores. Aborrecen la sencillez del hombre simple, subestiman la resistencia del cholo, se escandalizan ante la efervescencia del negro y pretenden burlar la tenacidad del mestizo. Son los mismos que pisan el suelo ensangrentado, queriendo desconocer que esa es también su historia y critican la barbarie de “los incultos”, cometiendo más atrocidades y mutilando su propia verdad.

Martí desecha las figuras de los individuos de soberbios intelectos, que dan la espalda a los problemas cruciales de su tiempo y prefieren pasar las horas criticando y enjuiciando, en lugar de emplearse en actividades productivas, que irradien la rebeldía y siembren la esperanza.

La hora del deber

Nuestra América toca los corazones y convence del deber humano de cambiar la historia para bien, sin implantar fórmulas o doctrinas caídas del cielo, sin censurar, sin arrancar lenguas para acallar los reclamos populares. Su palabra recuerda a los saqueadores de nuestra tierra, que ya va siendo hora de sentir el poder avasallador de la gente y justo en ese minuto final, saldrán desde todos los rincones, para retomar sus derechos, hacerlos valer, pues “es la hora del recuento y de la marcha unida y hemos de andar en cuadro apretado como la plata en las raíces de los Andes”.

Los gobiernos que históricamente reprimieron y acorralaron al pueblo con sus políticas serviles tampoco escapan de la mirada interesada y aquí se ensancha la visión apostólica, definiéndose como estadista, una faceta en la que presenta su tesis sobre los gobiernos en América Latina, sus características, el modo más apropiado para ejercer la democracia desde el contexto americano y cristaliza sus aspiraciones cuando expresara: “El gobierno ha de nacer del país, pero ante todo debemos conocerlo, no como el visitante asombrado ante la exuberancia que encuentra a su paso, sino como hombres naturales, encargados de vencer en la práctica a los letrados artificiales. Gobernar presupone hacer, crear es el único modo de asegurar la liberación de las parásitas tiranías”.

Estos hombres no nacerán de la nada, deben ser conformados acorde a los paradigmas latinoamericanos, han de pensar en el idioma de los pobres, se comunicarán en lengua clara. No nos sirven maniquíes perfectos, sino manos jóvenes, fuertes, que admiren nuestra riqueza y prefieran compartir el pedazo de pan o la cobija junto al fuego, con los suyos. Los libros deben mostrar la verdadera historia de América, la única posible, a pesar de que existen quienes la distorsionan y empequeñecen. Las guerras, sufrimientos, conquistas y derrotas de nuestros imperios serán las materias de estudios en las escuelas, liceos y universidades: “Injértese en nuestros repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”.

Transformación espiritual

Para lograr un cambio y poder alcanzar la verdadera independencia tenemos que comenzar por transformar nuestro espíritu, mudar la piel, eliminar las diferencias que han fraccionado y quebrado las relaciones entre nuestros países, y transformarlas en elementos unitarios, hermanadores, donde se tome lo mejor de cada cultura y se concentre en la creación de una nueva estirpe. Donde no se promueva el odio hacia lo autóctono, pues ese es el disfraz de la ignorancia. No debemos subestimar el talento local para enaltecer el ajeno, como si en ello radicara el verdadero éxito.

Es tiempo de “ponerse la camisa al codo”, entrar de lleno en la realidad, tocar los problemas con las manos, sumar energías y esfuerzos. Aunar actitudes y aptitudes, que sirvan para redimir plena y sinceramente. Los hombres nuevos americanos son a su vez un solo hombre, que será crítico en relación con el sitio que le ha tocado ocupar. Sin resentimientos o resquemores, sin lacerar nuestra identidad en busca de viejos espejismos, guiados por falsos cantos de sirenas, que al igual que el “gigante de siete leguas”, representan un peligro constante, dada su prepotencia e inagotable sed de expansión.

Martí plantea que los Estados Unidos, pujante nación hecha del sudor de inmigrantes provenientes de todas partes, no ven en los pueblos latinoamericanos la presencia sensible de una cultura con la que es posible estrechar fraternales lazos. Para ellos no somos gente, sino trofeos de caza para exhibir. Son incapaces de respetarnos como portadores dignos y auténticos de una historia que también puede ser la suya. Subsiste la mirada de quien nos considera bárbaros, atrasados, salvajes, mientras ellos se convierten en iluminados defensores de una libertad con cadenas, de una democracia, en lo absoluto participativa. Los riesgos están siempre a nuestro lado y son cada vez mayores. Las amenazas se enmascaran de ingenuidad para entrar de modo imperceptible, esperando el justo momento para aniquilarnos. No cerremos los ojos, no pequemos de inocentes, no abramos la puerta a quien nos desprecia.

El antimperialismo que vive y se expresa en cada palabra de Nuestra América, demanda el levantamiento de los hombres valerosos, creativos, que rescaten el ideario de los próceres latinoamericanos y desempolven los sueños de ayer, retomando pensamientos, atemperando estrategias políticas, en relación con la hora actual. Sirva para todos esta lección que desde la Cuba del siglo XIX, vaticinaba el porvenir de la región, haciendo de la igualdad premisa fundamental, incitándonos a unificar los destinos, proponiendo una realidad común, en la que cada pueblo sea piedra angular, pilar sobre el que se cimente un continente multicultural. Desde el pasado se escucha el grito para tomar el futuro por asalto, dar la estocada final al imperio y levantar la moribunda América, madre de tantos dolores y sinsabores, pero responsable de las alegrías de su gente, los cantos, las danzas y las risas de los niños.

La producción martiana resulta, en todo el sentido de la palabra, un esfuerzo valeroso por hacer de la fe y la virtud, constantes dentro del escenario latinoamericano. Su sentido pedagógico, expresado en la forma con que dialoga y hace reflexionar al lector, forma y transforma a los jóvenes, puesto que deposita en sus manos la certeza en el triunfo de la causa revolucionaria.

El verbo incisivo, ardiente, la expresión locuaz que siempre le caracterizó no le impidió ser igualmente, claro y limpio a la hora de hacerse entender y nuclear voluntades “con todos y para el bien de todos”. Nuestra América es un ejemplo de ello. Significó el despertar de la conciencia, el compromiso militante con la realidad. Sin falsedades, decididos a fundar, renovar la tierra, trabajando codo a codo. Viviendo como lo hiciera el apóstol en su momento, entregándolo todo a cambio de nada. José Martí se ha convertido en lectura obligada, tema de investigación para el vehemente estudioso o el interesado amante de su trabajo. Su propuesta es el enfoque necesario para la América. Debemos ser enamorados de la libertad, ardorosos defensores de las utopías, para incitar el cambio que sin lugar a dudas será el motivo que nos haga ponernos de pie y seguir andando.


* Instructora de arte y pedagoga.

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